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Crítica: «Pénélope» de Fauré en la Ópera de Frankfurt

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Autor: Raúl Chamorro Mena
18 de diciembre de 2019

Rescate francés en tierra germana

Por Raúl Chamorro Mena
Frankfurt, 15-XII-2019, Oper. Pénélope (Gabriel Fauré). Paula Murrihy (Penélope), Eric Laporte (Ulysses), Joanna Motulewicz (Euryclée), Bozidar Smiljanic (Eumée), Peter Marsh (Antinoüs), Sebastian Geyer (Eurymaque). Coro de la Opera de Frankfurt. Frankfurter Opern-und Museumsorchester. Dirección musical: Joana Mallwitz. Dirección de escena: Corinna Tetzel.

   Gabriel Fauré (1845-1924) estrena su única ópera (si no consideramos como tal su Prométhée), Pénélope (Montecarlo, 1913), sobre un libreto de René Fauchois basado en La Odisea de Homero, en la fase final de su trayectoria compositiva. Un encuentro con la soprano Wagneriana Lucienne Bréval (que estrenó la ópera junto al tenor Charles Rousselière, que encarnó a Parsifal en el estreno del testamento Wagneriano en el Teatro Real de Madrid en 1913) le impulsó a afrontar su primera y única obra para la escena, que tuvo una lenta gestación debido a los compromisos docentes de Faurè como Director del Conservatorio de París. El músico francés asume los principales postulados Wagnerianos, es decir, continuum dramático y musical, uso de leitmotiv, orquestación copiosa y de rango sinfónico, con armonías elaboradas, muy audaces -en las que brota el impresionismo- propias de quien, como ya se ha subrayado, se encontraba en su madurez compositiva. Todo ello, por supuesto, con el sentido de la medida, la sutilidad y la mesura propias del estilo francés.


   Asimismo, Fauré, en cuya producción predomina la canción, admirador de Gounod y de Massenet, así como del canto italiano, no comulgaba con el tratamiento de la voz en la ópera Wagneriana, tampoco en Strauss, pues consideraba su ópera Salomé, como una especie de poema sinfónico en el que se diluían las voces y el canto. Por ello, el músico francés intenta combinar esos postulados wagnerianos con una escritura para la voz más melódica, con la que las voces asuman un protagonismo, alejándose con ello, asimismo, de una obra claramente antecesora de su ópera, como es el Pélleas et Melisande (París, Opera- Comique, 1902) de Claude Debussy. De igual modo, Penelope se encuadra en esa atracción propia de la primera mitad del siglo XX, por parte de los compositores para la escena, por los asuntos de la antigüedad clásica, especialmente de la mitología griega.

   Ejemplos de ello serían Elektra, Ariadne auf Naxos y Elena Egipcíaca de Richard Strauss, Oedipe de George Enescu, Orfeo y Eurídice y La vida de Orestes de Ernst Krenek, Antigona de Carl Orff y también de Erich Honegger, Oedipus der Tyrann del propio Orff, Edipo re de Leoncavallo, Oedipus Rex de Stravinsky...

   Las dos grabaciones discográficas disponibles de Pénélope son absolumente recomendables para acercarse a la obra. Una de 1956 en vivo protagonizada por Regine Crespin y Raoul Jobin bajo la dirección de Désiré-Émile Inghelbrecht (sello Rodolphe) y otra del Sello Erato, 1980, con un reparto encabezado por Jessye Norman, Alain Vanzo y Jose van Dam con la batuta de Charles Dutoit al frente.


   La Ópera de Frankfurt siempre pródiga en la presentación de óperas poco habituales y en la exploración de repertorios menos programados, ofrecía la oportunidad de poder ver esta Pénélope de tan escasa presencia en los teatros y ello con la garantía de sus magníficos cuerpos estables y el rigor que suele presidir sus producciones.

   En esta ocasión la puesta en escena de Corinna Tetzel resultó fallida pues se limita a transponer de época (como ya es norma habitual) la acción, pero sin ideas, ni sustrato teatral alguno. La escenografía de Rifail Ajdarpasic, además de poco grata a la vista, aporta poco, más allá de colocar una antena parabólica ajada y vetusta como especie de símbolo del paso del tiempo, de ese largo período que Penélope lleva esperando a que su marido Ulises u Odiseo, Rey de Ithaca, regrese de la Guerra de Troya. Ni siquiera, aunque el montaje lo pretende, se aprovecha un personaje femenino tan jugoso como la esposa abnegada que espera fiel y se enfrenta a los cada vez más agresivos pretendientes. Un montaje, en defintiva, insustancial, aburrido y sin fuerza teatral alguna, ni siquiera en ese final en que Ulises disfrazado tensa su arco, pasa la flecha por los anillos y masacra a todos los pretendientes (en este caso ni arco, ni masacre, ni nada, de nada).

   El papel de Penélope destinado a una soprano dramática con centro amplio y aterciopelado, fue desempeñado en la función que aquí se reseña por Paula Murrihy, una mezzosoprano ultra lírica, de timbre modesto, poco atractivo e impersonal. Estamos ante una cantante musical, con cierta elegancia y buenas maneras canoras, con un fraseo bien cuidado, aunque tampoco especialmente variado ni imaginativo. El sonido, como ya he subrayado, muy justo de volumen y expansión, ayuno de riqueza tímbrica, falto de cuerpo y armazón en centro y grave.


   El tenor canadiense francófono Eric Laporte compuso un Ulises idiomático, con buena proyección, fraseado con vehemencia sin caer en vulgaridades, además de mostrar cierto arrojo y vigor interpretativo. Euriclea, la nodriza de Ulises y única persona que le reconoce cuando regresa a Ithaca vestido de mendigo, encontró en Joanna Motulewicz una ajustada intérprete y que exhibió un sonido mezzosopranil más definido y guarnecido en el grave que el de la protagonista. Correcto, pero no más y sin aprovechar sus bellas frases del acto segundo, el Eumée de Bozidar Smiljanic. Muy homogéneo tanto en lo vocal como en lo escénico el grupo de pretendientes y de damas de compañía de la reina.

   Notable la dirección musical de la joven y talentosa Joanna Mallwitz, directora musical de la Ópera de Nuremberg, que obtuvo un magnífico sonido de la estupenda orquesta, diferenció bien los planos orquestales y demostró una gran claridad expositiva. Quizás pudo faltar un punto variedad de colores, de esas embriagadoras sonoridades, tímbricas y detalles de la orquestación de Faurè, pero la labor de la Mallwitz fue indudablemente bien organizada, diáfana, refinada y elegante.

Foto: Ópera de Frankfurt

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