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Crítica: Plácido Domingo como Simon Boccanegra en el Palau de Les Arts

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Autor: Alejandro Martínez
1 de abril de 2014
Placido Domingo Boccanegra

¿HASTA CUÁNDO?

   ¿Hasta cuándo? Eso es lo que me llevo preguntando cada vez que escucho a Plácido Domingo durante los dos o tres últimos años. ¿Hasta cuándo resistirá su cuerpo infatigable? ¿Hasta dónde llegará su obsesión por mantenerse al pie del cañón sobre los escenarios? Cuando, tras quince largos minutos de espera, se nos anunciaba el domingo en Valencia que Plácido Domingo cantaría como Boccanegra a pesar de una indisposición, cabía esperar lo peor. Y he ahí que Domingo volvió a hacer lo imposible, luchando consigo mismo, contra su salud y contra la lógica. Su Boccanegra estuvo muy por debajo del que ofreciera en el Real en 2010, eso es innegable. El tiempo pasa mucho más rápido y con mayor inclemencia cuando se tienen setenta años que cuando se tienen treinta. De hecho, desde ese 2010, la voz ha ido perdiendo frescura, entidad y solvencia año a año. Es algo evidente, a pesar de su magnetismo en escena, puro oficio, donde no defrauda. A todo el público de Les Arts se le encogió el corazón, por ejemplo, cuando Domingo se desplomaba en el suelo en la última escena, con un realismo que asusta. Pero seamos serios: cantar Verdi, y más si cabe Boccanegra, es otra cosa. Plácido Domingo acumuló demasiados indicios en contra, y no son distintos de los que acumula en representaciones en las que no se anuncia indisposición: entradas a destiempo, constantes lapsus con el texto, fatiga general, fiato acusado y entrecortado, portamenti no escritos y algunos sonidos indignos de un maestro de su talla. Donde únicamente sigue estando el gran Domingo es el énfasis sobre algunas frases (M´ardon le tempia… Il mare! Il mare!….), la fuerza de los semideclamados (toda la escena del consejo, antes de la irrupción de la multitud, y la maldición a Paolo que cierra ese cuadro) y en el color milagrosamente incólume de algunas notas centrales. Dramáticamente, pues, el gran artista sigue ofreciendo momentos logrados y con carisma. Pero el timbre de Domingo ha perdido frescura, presencia, protagonismo, personalidad tímbrica y suficiencia. No es fácil decir algo así para un crítico, pero es una realidad que no puede soslayarse y que no conviene maquillar, precisamente porque admiramos y apreciamos al gran Plácido Domingo. Acudíamos a la representación con alguien que nunca antes le había escuchado en un teatro y su decepción al cierre de la función nos parece elocuente. Domingo ya no firma noches extraordinarias. No creo que aspire a ser visto con condescendencia por su público.

   Del resto del reparto, cabe destacar la solvencia de Vitali Kovaliov como Fiesco. A pesar de lo velado de toda su fonación, y a pesar de cierta falta de énfasis en su fraseo, fue un Fiesco compacto y de canto más que aseado. La china Guanqun Yu fue una Amelia Grimaldi muy estimable. De emisión homogénea, solventó su exigente partitura con gran facilidad, aunque quedando algo corta de expresividad. En su caso, la capacidad técnica supera a la desenvoltura artística. Ivan Magri fue un Gabriele Adorno envarado, siempre en forte, inseguro a veces con el texto y en los concertantes. Irregular, cuando menos, a pesar de su bien dotado instrumento. Tosco y genérico el Paolo de Gevorg Hakobyan.

   Desconcertante el trabajo de Evelino Pidò, que alternó momentos rutinarios con otros más inspirados. Pareciera quererlo resaltar todo, buscando una dirección siempre vigorosa, un lirismo siempre dilatado, todo muy intenso y subrayado. Pero a menudo sus briosos ademanes eran más vistosos que los resultados reales de su batuta. La orquesta titular de Les Arts respondió con su habitual lujosa solvencia. Tiene mérito que se mantenga el nivel a pesar de tantos recortes y limitaciones como han ido cayendo sobre la plantilla.

   La producción de Lluis Pasqual con escenografía de Ezio Frigerio es un mayúsculo fracaso. Mediocremente iluminada por Albert Faura, dispone un espacio que es un fingido y frustrado remedo de la gran producción de Strehler que triunfase en la Scala, con una escalinata central y el mar al fondo, reconvertidos aquí en una sucesión ridícula de espejos y pobres texturas de papel de plata. El constante sube y baja de enrejados resulta tedioso y reiterativo, y la dirección de actores se diría inapreciable.

Foto: Palau de Les Arts

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