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Crítica: 'Radamisto', de Georg Friedrich Händel, en el Centro Nacional de Difusión Musical

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24 de abril de 2018

Un nuevo título händeliano cierra la temporada del Universo Barroco del CNDM en la sala sinfónica, con un elenco irregular en el que destacó el triunfo absoluto del barítono Florian Boesch.

¿Radamisto? No, diga Tiridate

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 22-IV-2018. Auditorio Nacional, sala sinfónica. Centro Nacional de Difusión Musical. Universo Barroco. Radamisto, de Georg Friedrich Händel. Carlos Mena, Patricia Bardon, Florian Boesch, Sophie Karthäuser, Christian Hilz, Melanie Hirsch, Valerie Vinzant • Wiener Akademie | Martin Haselböck.

Entiende el efecto mejor que todos nosotros. Cuando quiere, golpea como un rayo.
Wolfgang Amadeus Mozart.

   Con la noticia de la despedida de Antonio Moral al frente del Centro Nacional de Difusión Musical aun candente, se presentaba el último título de la temporada en el Universo Barroco del CNDM en su sala sinfónica –en la de cámara aún restan cuatro conciertos–, que, como no podía ser de otra forma, estuvo protagonizado por Georg Friedrich Händel (1685-1759). Al final del programa de mano de este concierto aparecía una página en la que se muestra una relación de las óperas y oratorios programados por la entidad desde la temporada 2011/2012. Nada menos que un total 13 hasta la fecha, más uno que queda anunciado para la próxima temporada –ya se ha avanzado la programación 208/2019 del Universo Barroco en la sinfónica, y se tratará del oratorio Israel in Egypt, HWV 54, con The Sixteen y Harry Christophers–. Desde luego, hay que agradecer el notable interés y esfuerzo volcados por el CNDM en la figura de Il caro Sassone –especialmente programando aquellos títulos que tienen una menor presencia en los escenarios–, aunque hubiera sido deseable que parte de este esfuerzo se hubiera diversificado en otros autores que bien lo merecen, igual o más que el propio Händel.

   Radamisto, HWV 12 es, precisamente, una de esas óperas que no suelen interpretarse mucho en directo, ni tan siquiera grabarse con la profusión que es habitual en los títulos operísticos de Händel –apenas un par de grabaciones modernas y dos historicistas (una bastante antigua, dirigida por Nichola McGegan, y otra algo más reciente, de la mano de Alan Curtis) están a disposición del ávido operista händeliano–. Todavía más raro es, si cabe, escuchar la versión HWV 12b –interpretada en esta ocasión–, una profunda revisión llevada a cabo menos de un año después del estreno de la versión original, en la que Händel realizó cambios estructurales, de contenido musical y reubicaciones de personajes de gran calado. Quedarse con una o con otra es tarea más que complicada, aunque en esta ocasión debemos celebrar la decisión –que implica la presencia de voces más graves en el elenco– por la inclusión que ello generó en el elenco de un barítono para el personaje de Tiridate –originalmente un tenor–, que fue encarnado aquí por Florian Boesch, el absoluto triunfador de esta velada. La historia, con libreto de Nicola Francesco Haym sobre L’amor tiranno, o Zenobia, de Domenico Lalli, y Zenobia, de Matteo Noris –inspirados a su vez en los Anales, de Tácito–, es la típica historia de intrigas amorosas y de poder entre distintos reinos, quizá no demasiado inspirada, y sobre todo con uno personajes irregularmente abocetados. Desde luego –como, por otro lado, no resulta tan extraño en estos dramas barrocos–, el rol principal no tiene por qué ser el más interesante. De hecho, el Radamisto que presenta Haym resulta un tanto insípido, excesivamente neutro ante sus vicisitudes, mientras que Tiridate se desenvuelve como un personaje de mayor empaque, al menos hasta el giro final un tanto metido con calzador. Aun con ello, y tratándose de una de sus óperas relativamente tempranas, Händel logra conformar un título de notable redondez, especialmente por la belleza de sus arias y números de conjunto, algunos de los cuales están entre los más hermosos de su producción. Por otro lado, y como era habitual, tuvo a su disposición a varios de los mejores cantantes del momento [Senesino, Margherita Durastanti, Matteo Berselli o John Legarde], dignos merecedores de momentos de tal belleza.

   Acudía a la cita con el CNDM la orquesta Wiener Akademie, una formación historicista austríaca de gran trayectoria –fundada en 1985– y extensa discografía, en la que destacan sobre manera sus incursiones en el repertorio sinfónico y sinfónico-coral clásico-romántico, aunque también han prestado una notable atención al repertorio sacro del Barroco centroeuropeo. Albergaba importantes dudas su desempeño en una ópera händeliana, dado que la ópera –de Händel, pero en general la de cualquier autor– no se encuentra entre sus repertorios frecuentes. Debo decir, y con regocijo, que el resultado general de su actividad en esta velada me pareció especialmente satisfactoria, de tal forma que haciendo un balance general entre el concurso del elenco vocal y el orquestal, la balanza se inclina claramente hacia este segundo bloque. Esta ópera –como la mayoría en Händel– se sustenta sobre una poderosa sección de cuerda, por lo que es este el papel primordial que debe defender cualquier agrupación que se precie en este repertorio. Las cuerdas de Wiener Akademie sonaron vigorosas, límpidas, con un gran empaste y empaque sonoro, además de un cuidado y equilibrado balance entre sus secciones. Con una plantilla poderosa [6/5/4/2/2], es necesario destacar el papel del concertino Ilia Korol que, sin mucho efectismo, pero gran con eficacia, supo comandar a unos violines especialmente brillantes. Magníficos, a su vez, los cuatro violistas barrocos, con especialmente mención a la cuerda grave, no solo por su adecuación a esta brillante sección de cuerda, sino por su excepcional desempeño en el continuo. Inmenso trabajo, pues, de los violonchelistas Philipp Comploi –que además bordó como solista las hermosas intervenciones del cello obbligato– y Dieter Nel, así como de los contrabajistas Walter Bachkönig y Herwig Neugebauer. Todo ellos, a los que sumar el fagot barroco de Katalin Sebella –absolutamente soberbia; de los mejores continúo en el fagot que recuerdo en los últimos meses–, y los efectivos claves de Jeremy Joseph y Dimitri Bondarenko, ejecutaron un solvente y sobrio, aunque elocuente, continuo en el que sin embargo se echó en falta el aporte siempre cálido y colorista de la cuerda pulsada. Inteligente y acertada la colocación del continuo en dos bloques a extremos de la orquesta, logrando un resultado realmente bien trabajado. Por lo demás, especialmente acertado el concurso de los oboes barrocos de Emma Black y Sebastian Frese –sobre todo la primera, que además acometió con elegancia y gran delicadeza sus partes a solo–, logrando un magnífico empaste con la cuerda en las partes dobladas. Mención menor, aunque muy solvente, para el viento metal y los timbales en los momentos más álgidos de la orquestación händeliana.

   En lo referente al elenco vocal, es necesario destacar en primer lugar la irregularidad del mismo, con una elección que fue desde lo excelente hasta lo absolutamente incomprensible y casi irrisorio, pasando por lo mediocre y lo notable. Aquello de las agencias de representación y los paquetes de cantantes, ya se sabe… Entre lo excepcional hay que volver a mencionar al gran Florian Boesch, el barítono austríaco que es capaz de acometer con excelencia un Jesús en una de las pasiones de Bach, un recital de lieder de Schubert y Schumann o marcarse un Tiridate de esta altura. Solvente hasta el extremo en lo vocal, con un registro agudo que fluye con una naturalidad asombrosa, así como un registro medio-grave poderoso, de timbre redondeado y carnoso. De una proyección fantástica, no es solo un cantante de bello timbre y una seguridad escénica apabullante, sino que en lo expresivo interpretó el rol más creíble y natural de todo el elenco. El furibundo, airado y soberbio Tiridate no ha tenido, probablemente, mejor representante que este. Impecable en absolutamente todas sus intervenciones, sin duda sus arias fueron las más destacados, logrando arrancar del público el único aplaudo espontáneo tras la últimas de sus arias, Alzo al volo di mia fama. Mención notable merece Carlos Mena en el rol principal, especialmente por sus excepcionales dotes canoras. Sin ser, ni de lejos, un operista ni un animal escénico, lidió con momentos vocalmente convincentes su un punto insustancial papel en lo psicológico, pero realmente complejo en lo técnico, , defendiendo con firmeza el registro realmente agudo y la amplia extensión del papel, la cual le obligó a pasar a la voz de pecho en varias ocasiones, aunque con resultados muy notables merced a un trabajo muy homogéneo en el paso de un registro a otro. De cualquier manera, la voz no fluye en Mena con la misma naturalidad ni el mismo empaque en este repertorio que en los que realmente se adecúan fácilmente a su voz, y por supuesto, la parte expresiva fue poco menos que inexistente. Aun con todo, dejó para el recuerdo un Radamisto de altura.

   Interesante, aunque sin alardes, la presencia de la mezzosoprano irlandesa Patricia Bardon. Es una cantante de largo recorrido, que se adecúa vocalmente bien al repertorio barroco, con un desempeño escénico interesante. Encarnó a una Zenobia bastante verosímil, destacando su registro medio-grave y logrando, en los dúos junto a Mena, algunos de los momentos más hermosos de la tarde. La soprano belga Sophie Karthäuser, que no destaca por su capacidad actoral, pero vocalmente encarnó una Polissena correcta, con una magnífica proyección y una elegante línea de canto, pero que no logró impactar ni emocionar, mostrando una importante frialdad expresiva. Entre lo menos destacable, la presencia de las dos sopranos más jóvenes: la alemana Melanie Hirsch –de timbre estridente en el agudo, aunque expresivamente resulta– y la estadounidense Valerie Vinzant –interesante potencial, pero escasa adecuación a este tipo de roles barrocos–. Prefiero omitir cualquier tipo de calificativo para ese despropósito vocal perpetrado por el barítono –aunque no me quedó muy claro– alemán que encarnó a Farasmene. Una ofensa para el público –recibió unos breves abucheos– y especialmente para la música de Händel, por muy escaso que sea el papel.

   Martin Haselböck es un director peculiar, por gesto, presencia sobre el escenario y concepción musical. La ópera italiana del XVIII, y concretamente la de Händel, no son un terreno abonado para su desempeño triunfal. Sin embargo, el trabajo con la orquesta –menos con los cantantes– resultó realmente destacable. Lectura vigorosa, algo acelerada en la elección de algunos tempi, pero con un gran equilibrio entre las partes y una búsqueda de sonido pulido y redondo. Desde luego, pacas aristas en la orquesta pueden ser destacadas a lo largo de estas casi tres horas de música. Lástima que eliminase algunas partes importantes de los recitativos y algún que otro da capo. Por lo demás, un trabajo orquestal de nota para el director austríaco. Una velada, en general, para el disfrute, con una ópera que siempre engancha y que se agradece escuchar sobre un escenario, pero, sobre todo, que un increíble Boesch elevó a las cotas más altas merced a un Tiridate que debe ser recordado como legendario y digno de cambiarle el nombre a la ópera.

Fotografía: Centro Nacional de Difusión Musical.

Autor:Mario Guada
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