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JAVIER CAMARENA, tenor: 'Es difícil ser cantante hoy en día'

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13 de octubre de 2014

JAVIER CAMARENA, tenor: “Es difícil ser cantante hoy en día"

Por Alejandro Martínez

   El tenor Javier Camarena ofrece hoy a las 19: 00 horas un recital en el Palacio Euskalduna de Bilbao, acompañado por la Orquesta Sinfónica Verum, bajo la dirección orquestal de Iván López Reynoso. La actividad se enmarca dentro de la temporada de la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera (ABAO). El tenor mexicano intepretará obras de Gounod, Bizet, Donizetti, Rossini, Verdi y Chapí, entre otros. Con este motivo, recuperamos una entrevista realizada al tenor por Alejandro Martínez, con motivo de su participación en La hija del regimiento del Teatro Real de Madrid.

Hace exactamente un año compartíamos ya un café en este mismo lugar y Javier Camarena era un tenor conocido, pero sin las cotas de popularidad y éxito que ahora ha alcanzado. ¿Qué ha sucedido en este último año?

   Sí, hace un año todavía estaba tranquilo, tenía más cabello, menos arrugas (risas). Ha sido un año importane, sin duda. El año pasado tras el Falstaff y El rapto en el serrallo de Salzburgo, vino un Barbero de Seviila en San Francisco e hice también mis últimas funciones como parte del ensemble de Zúrich, con un Cosí fan tutte. Y llegó ya después La sonnambula en el Metropolitan, sin duda una de las experiencias más hermosas que he tenido en mi carrera. Trabajar con Diana Damrau es un gozo. A la gente le gustó mucho la química que había entre nosotros. Es muy grato encontrar alguien con quien conectar desde el primer minuto. Tras la última función de Sonnambula me fui a México, donde tenía un par de conciertos. Y apenas había llegado yo allí, no llevaría ni doce horas en mi país, me contactaron desde el Metropolitan para decirme que Juan Diego Flórez había cancelado las tres primeras funciones de La Cenerentola y me proponían ocuparme yo de esas representaciones. Cómo decir que no… Así que hice mis conciertos en México y tras perder mucho tiempo con los trámites del nuevo visado, un pequeño via crucis, me planté de nuevo en el Met y con apenas tres días de ensayos salimos a cantar Cenerentola. Lo bueno es que a principios de año había cantado esta misma parte en Colombia y también en diciembre la hice en México. De modo que tenía fresca la partitura. Ha sido este un año de Cenerentolas, ahora que lo pienso.

La reacción del Met ante su actuación en esa Cenerentola fue colosal.

   Sí, jamás hubiera imaginado todo lo que pasó. Se juntaron muchas cosas. En primer lugar, desde luego, el impacto que había tenido mi actuación reciente con la Sonnambula, que dejó ya un más claro y reciente precedente que el Barbero que había hecho allí en 2011. Y por otro lado, claro, era ni más ni menos que Juan Diego el que estaba cancelando. Así que llegar allí de última hora fue… un poco estresante pero rico (risas). Era la primera vez que trabajaba con Joyce DiDonato y la experiencia fue fantástica.

Este año ha trabajado pues con casi todas las parternaires posibles en este repertorio: Bartoli, Damrau, DiDonato.

   Sí, exacto. ¿Qué más puedo pedir? Me sorprendió muchísimo todo lo que vino a raíz de esta participación sorpresiva en el Met. Desde la primera función la euforia era algo tan evidente, se sentía en el aire, era algo visible, evidente. Y fue a más en las siguientes funciones y llegó la posibilidad de hacer un bis y eso fue ya la guinda para todo lo que vino después. Yo no sabía entonces la historia sobre los bises en el Met. Me enteré después de que sólo Pavarotti y Flórez habían bisado en setenta años. Y ahí fue donde realmente entendía la magnitud real de lo que había pasado, algo verdaderamente excepcional.

El bis, ¿fue algo totalmente espontáneo o estaba preparado?

   Yo había bisado ya algunas veces antes, sobre todo en México cuando hice La hija del regimiento hace muchos años y también cuando canté El barbero de Sevilla hace un par de años. En esta ocasión fue, digamos, mitad preparado y mitad espontáneo. Me lo propusieron a la vista de la reacción de las funciones previas y yo dije que lo haría sí y sólo sí la efusividad del público era tal que lo demandaba de veras. Bisar si el público no lo pide… es absurdo. Y para mi sorpresa la reacción del público fue colosal. Y eso volvió a pasar en la última función, la del 28, que está grabada y se puede ver en Youtube. Ese día ya fue algo apabullante para mí. Pero ya en el primer bis sentí verdadera gratitud y la reacción de un público entregado de veras. Mi reacción fue ese día la de volver al escenario y agradecer la ovación arrodillándome. Y entonces el teatro se vino abajo de una forma que no olvidaré jamás. Después de todo lo sucedido uno tarda un poco en hacerse cargo de que forma ya parte, aunque sea anecdótica, de la historia de ese teatro y, en cierto modo también, de la historia de la lírica.

Y en este momento, ¿hacia dónde va la carrera de Javier Camarena?

   Después de la Cenerentola del Met hice principalmente en México una tanda de conciertos por mi diez aniversario. Ha pasado una década ya de mi debut en el Bellas Artes y lo hemos celebrado de forma pausada, disfrutándolo. Hice un primer concierto en Jalapa, Veracruz, mi tierra natal. Fue muy emotivo, con mucha gente querida alrededor y además el concierto iba a beneficio de una iniciativa local que trabaja por gente con escasos recursos, para que puedan tener también un tratamiento para el cáncer. Estuve en la fundación y fue toda una experiencia personal además de la musical con el concierto propiamente dicho. Y además como parte de la celebración oficial el gobierno estatal estableció una medalla al mérito para los jalapeños, y yo fui el primero en recibirla, la inauguré como primer jalapeño destacado. Fue muy bonito tener ese reconocimiento. Más tarde hice mi primera grabación en estudio, allí en México, con arias de ópera, que era algo que venía desde largo tiempo buscando. Tenía ya una recopilación de recitales en vivo y se han editado varios DVDs en los que participo, algunos con Bartoli, pero no tenía aún una grabación en estudio de arias de ópera con orquesta. Y ese disco que grabamos es de algún también modo una muestra de hacia donde va mi agenda: seguir hacia un repertorio lírico pero sin dejar en modo alguno el belcanto. Hay mucho todavía que cantar ahí a lo que mi voz se acomoda de forma muy natural. En ese disco canto el Edgardo de Lucia, canto Roberto Devereux, un par de arias de Rigoletto, Favorita, Roméo… Un repertorio más lírico pero sin olvidar el belcanto, que es mi terreno natural, un estilo que conozco, donde me siento cómodo, concentrado. El belcanto es algo que siento como propio y saludable para mi voz. Rossini fue el compositor con el que debuté en Zúrich. Llevó ya ocho roles y vienen otros dos. Poco a poco iré dejando Rossini, pero muy lentamente. He cantado muchísimo L´italiana in Algeri, por ejemplo. La volveré a hacer en Viena el año que viene y al siguiente en el Met y ya será la última producción que haga de este título, mi despedida de Lindoro. Pienso dejar si duda el Conde Almaviva de el Babero, el Ramiro de Cenerentola y me apetece estar un poco más atento al Rossini serio estos años que vienen. He cantado Moisés en Egipto, Otello, La donna del lago. Viene ahora Semiramide en el Met, que está previsto también grabar en estudio dentro de dos años, creo. Ha habido propuestas también para otros roles, como Ermione, pero quiero ser selectivo con el repertorio. Poco a poco. También me gustaría hacer el Guillaume Tell, pero vamos a darle tiempo, sin prisas. Me gustaría entre tanto estar cada vez más apegado a Donizetti y Bellini, que es con lo que empecé mis estudios.

No en vano regresa a España precisamente con Donizetti, primero con La hija del regimiento en el Real y después con su debut con Maria Stuarda en el Liceo.

   Sí, eso es. Hija del regimiento fue mi debut hace diez años, como decía antes, y de hecho hace diez años que no la canto completa. Va a ser un grato reencuentro con un personaje que me emociona.

¿Y Mozart sigue estando presente en su agenda?

   Claro, claro. Eso siempre. Sobre todo ahora estoy con El rapto en el serrallo y Cosí fan tutte. También está apuntado a lápiz en la agenda un Don Giovanni, para mi debut como Don Ottavio. En esa grabación en estudio que comentaba hemos incluido el aria principal de Belmonte y también “Un aura amorosa”. De Mozart me tientan muchas cosas, pensando ya en el futuro no tan próximo

¿Una Clemenza por ejemplo?

   Me tengo que reconciliar con Clemenza (risas) porque eran esas las arias que me ponían a estudiar en la escuela y las tengo un poco condenadas al olvido (risas). Pero sí, es música bellísima. Me gustaría mucho hacer Idomeneo, pero hablo de aquí a ocho o diez años, si la voz lo permite. Me encantaría pero hay que dejar madurar muchas cosas en la voz todavía.

¿Y qué hay de Verdi?

   Tengo ya invitaciones para hacer Traviata. Me parece que es más exigente la parte del Duca en Rigoletto que el Alfredo. De hecho voy a hacer una primera incursión con Traviata el año próximo en México, para ver qué tal va. Hay invitaciones importantes para hacerlo en grandes teatros y aunque he mirado mucho la partitura y tengo claro que va bien para mi voz, quiero probarlo en teatro. El problema, como tantas veces, es la imagen que tenemos creada por los Alfredos de antaño, con esos timbres tan seductores, a lo Di Stefano, Domingo, etc. La voz de un lírico-ligero no se ajusta tanto a priori, por timbre, a esta parte. Y sin embargo Alfredo es un personaje joven que admite un timbre más claro, un poco el opuesto a esa imagen que decía, hecha de lírico-spintos. El problema de haber trabajado tanto Rossini es que enseguida te ves catalogado como una voz ligera, con sobreagudos, y eso no es incompatible con tener un centro solvente. Creo que mi registro agudo siempre tiene cuerpo y eso es porque la voz no es la de un ligero puro sino la de un lírico-ligero, al menos hoy en día. Estoy muy confiado pues en que estos roles como Alfredo y Duca, hablando de Verdi, podrán formar parte de mi repertorio.

Hagamos memoria. ¿Cómo empezó su vinculación con la lírica y con quién se formó?

  Empecé en el año 95 ye entre´en la Escuela de música de la Facultad de Veracruz con la intención de ser pianista. Mis inicios en la música fueron en los coros en la iglesia y mi intención entonces no era otra que ser un buen guitarrista para ser un buen cantante cristiano. Me importaba el mensaje más que el mensajero (risas). Cuando me decido a estudiar música en serio ya tenía diecinueve años y la edad máxima para empezar a estudiar guitarra era de diecisiete. Para piano pedían doce o catorce años máximo, no recuerdo. Canto era la única especialidad donde podía entrar todavía, porque daban como edad máxima veintiún años. Mi idea era pues entrar así a la escuela y luego intentar cambiar a la otra especialidad o compatibilizar ambas. Mi maestra entonces, Cecilia Perfecto, fue quien tuvo una muy buena visión de futuro sobre lo que yo podría conseguir con mi voz. Con ella empecé a trabajar y tuvieron que pasar como cuatro años para que yo por primera vez escuchara una ópera (risas). Yo estaba en la carrera de canto, sí, pero para aprender a cantar bien, nada más. No conocí hasta mucho después todo el alcance de una carrera en la lírica. Y creo que eso me hizo bien porque le dio mesura a mi trabajo esos años. Hoy veo a todos esos jóvenes que empiezan ya llenos de ambición, con prisas por abarcar tal o cual repertorio… y no es fácil empezar así. Hay quien tiene un talento natural y en esos casos lo aplaudo y lo admiro, pero son pocos. Por eso a mí me vino bien no tener esa presión de antemano, ningún condicionante y sobre todo ninguna ambición. Yo me limitaba a hacer lo que me decía mi maestra. Los tres primeros años con ella fue todo puro trabajo de técnica vocal, con varios métodos, con canciones populares y algunas canciones de concierto. Nada más hasta que la ópera llegó en el cuarto año y fue un gran descubrimiento, claro. Decidí entonces que quería ser un cantante de ópera. Siempre he sido muy concienzudo y me gusta tener los pies en la tierra. No soy dado a soñar más allá de lo que es realista. Mi maestra estuvo conmigo cinco años hasta que ella misma me dijo que tenía que buscar algo fuera de ese nido, digamos, para seguir creciendo y aprendiendo. Me fui a Guanajuato con el maestro Barreiro y con él inicié toda la etapa padrísima de los estudios que es participar en concursos (risas). Mi primer concurso fue en Trujillo, Perú, en un certamen internacional de Sudamérica. Canté “Il mio tesoro” en calidad de estaca (risas). Pero fue una experiencia muy padre para mí. Escuché a todos los cantantes, fui a todas las clases que daban allá y fui muy enriquecedor. Hice algunos concursos más y pasé entonces a trabajar con otra maestra, Eugenia Sutti, que yo creo que fue quien pulió de algún modo todo lo que quedaba por ajustar en mi técnica. Yo traía de inicio una colocación muy nasal. Y ella fue de algún modo mi última maestra de técnica vocal, con ajustes casi minúsculos, detalles que hacen sin embargo diferencias muy grandes. Esto fue en torno al año 2002. Dos años después gané el concurso nacional en México y un año después el premio del Concurso Viñas y al año siguiente ya me fui par Suiza y a parir de ahí todo vino rodado y vertiginoso.

¿Cómo fue la experiencia en un ensemble como el de la Ópera de Zúrich?

   Es algo fantástico. Es la experiencia de la que más he aprendido sin la menor duda. Desde que llegué allí y empecé a trabajar con el maestro Araiza todo fue en una evolución rápida.Ya para ese entonces tenía una seguridad técnica que me permitía centrarme en otras cosas como en trabajar el estilo, el gusto en el fraseo, en fin, hacer música más allá de emitir un determinado sonido. Araiza allí ejerce de catedrático en el estudio de ópera, al que yo llegué. Ya había hecho tres títulos de ópera en México, un sinfín de conciertos. Tenía experiencia de trabajar con orquesta, experiencia de trabajar sobre el escenario… venía rodado. Y de hecho sólo estuve cuatro meses en el estudio y luego ya me contrataron como cantante estable en el ensemble de solistas. Fueron cinco años de un trabajo muy arduo. Estaba haciendo prácticamente entre tres y cinco producciones nuevas al año, con sus ensayos, sus funciones… Empezaba la temporada y ya desde las vacaciones venía yo estudiando el rol con el que empezábamos, porque casi todos los años participé en la apertura de temporada. Y conforme empezaban las funciones de una producción ya empezaban los ensayos a piano de la siguiente ópera y tenía que hacerlo todo compatible al mismo tiempo, porque cuando terminaban las funciones empezaban ya los ensayos de escena de la siguiente. Una locura. Una cosa tras otra, más los compromisos intencionales que se integraban en mi agenda. Fue mucho trabajo porque no sólo se trataba de producciones nuevas sino de roles nuevos, debuts para mí. Fue un tiempo de mucho estudio pero tuve una grandísima fortuna de atesorar toda esa formación allí, donde tienen unos repertoristas y unos coaches espléndidos. Allí me hice cantante, en sentido pleno. Mis primeros roles de Rossini fueron allí. También consolidé Mozart en Zúrich. Yo agradezco mucho al oportunidad que me dio Pereira, que confió en mí. Fue como digo un tiempo de trabajo intenso pero muy gratificante.

De hecho Pereira ha seguido confiando en usted porque le ha traído también a Salzburgo.

   Sí, sí. Es por él y por Bartoli que he venido a Salzburgo. Aprecio mucho esta confianza y el aprecio que tiene Pereira por mi trabajo. Me ha invitado también a la Scala para varias cosas pero no han cuajado las agendas. Seguro que más pronto que tarde lo conseguimos hacer posible.

¿La Scala es el único debut importante que le falta?

   Bueno, también el Covent.

¿Y hay planes en Londres?

   Me pasó algo muy curioso con el Covent. Cuando hice mi debut en Zúrich, el Covent fue uno de los teatros que me invitaron a cantar con ellos. Me invitaban para hacer Robert le Diable y yo dije obviamente que no, porque no podía hacer ese repertorio. Como te dije soy muy concienzudo con los compromisos que adopto y no creí coherente hacerlo en ese caso. Y desde entonces no me han vuelto a llamar (risas). Pero mira, siempre digo que hay que darle tiempo al tiempo y las cosas van cayendo por su propio peso y ya vendrán el momento justo. Paciencia.

No ha cantado mucho en Italia todavía, ¿no?

   No, apenas. Voy a la Arena de Verona el año próximo, a hacer El barbero de Sevilla.

¿Y hay planes de volver a España más allá de La hija del regimiento y Maria Stuarda?

   Sí, Barcelona con Matabosch es quien me ha venido invitando con más frecuencia. Es por Matabosch que voy a Madrid. Me emociona hacer esa producción de La hija del regimiento y cantar en Madrid, donde también debuto. Más adelante volveré a hacer La hija del regimiento en Barcelona, Rigoletto también allí, en la temporada 2016/2017 si no recuerdo mal. Hay más invitaciones que se están todavía negociando y cuajando. Estoy previsto para un recital a piano en la Quincena de San Sebastián, el verano de 2016. También hay un concierto con Pescadores de perlas en febrero en La Coruña. A veces se me confunden las fechas de los compromisos a futuro. Prefiero ir uno por uno, pendiente de lo que viene después de lo que estoy haciendo.

¿No le da un poco de vértigo esta ansiedad a la hora de contemplar la agenda a tantos años vista?

   En un principio, sí. Me daba miedo incluso. Por ejemplo, tras mi debut en Zúrich en 2007 tuve allí mismo la audición para el Metropolitan, cantando Hija del regimiento, Don Pasquale y alguna cosa más. Fue muy bien y ya a los dos semanas se pusieron en contacto con nosotros para cantar El barbero de Sevilla. Y claro, no me lo pensé: les dijimos que sí, pero yo entonces ni siquiera había cantado aún El barbero de Sevilla (risas). Para cuando llegó ese compromiso en el Met yo ya tenía a mis espaldas unas cuarenta funciones de Barbero así que llegue muy puesto en el rol. Pero son este tipo de cosas las que suceden muy a menudo. No sabes lo que va a pasar con tu vida dentro de uno, dos o tres años. Por eso he decidido no agobiarme. Es forzoso pensar en la agenda con tanta anticipación, pero personalmente me centro en lo que tengo entre manos y en lo que viene inmediatamente después. Intento cuidarme y todo lo que tenga que venir, vendrá. Yo me concentro en cantar y mi agente que se concentre en lo demás.

¿Algún debut a la vista o algún rol que quisiera cantar y no le han propuesto?

   Me emociona el reencuentro con el Tonio de La hija del regimiento tras tantos años. También el debut con Maria Stuarda en el Liceo me atrae mucho. Haré después El viaje a Reims en Zúrich, otro debut. Viene después Puritanos, que será en México en 2016, preparando el del Metropolitan de 2017. También haremos Puritani en Zúrich. Haré también el Alfredo de Traviata en México, como decía antes. Se baraja también la posibilidad de un Edgardo. Hay un Don Giovanni que no será fácil cerrar pero que me apetece mucho. Por lo pronto eso es lo más inmediato.

Además de Araiza, ¿qué tenores contemporáneos han sido una referencia para usted? Pienso en Ramón Vargas.

   Sin duda. Recuerdo haber comprado en un principio su disco en recital, Canzone. Me perdí en ese disco. Quise cantar todo lo que había ahí, busqué casi todas las partituras… Sin duda, Ramón Vargas fue un referente importante en mi canto. Sobre todo en Rossini me gustaba mucho; tiene un magnífico Barbero de Sevilla en Naxos. El empezó por ahí aunque haya terminado cantado Verdi. Me parece extraordinario ese Werther que grabó con Kasarova. Pero también he tenido mucho en cuenta a Juan Diego Flórez. Todo aquel que hoy se aproxima a Rossini tiene que tener sin duda muy presente a quien es por méritos propios el referente en este repertorio.

¿Qué trato tiene con Flórez?

   Muy buen trato, sí. Nos conocíamos, claro, pero nos tratamos ya más en cercanía con motivo de la gala Rossini que se celebró hace unos meses en Salzburgo. Nos volvimos a ver este verano en Salzburgo, él cantaba aquí Favorita y yo Cenerentola. Nos apreciamos, claro que sí.

Vino en los últimos años, casi ya dos décadas, toda una generación de cantantes sudamericanos, específicamente tenores. Pienso en el citado Ramón Vargas, en Marcelo Álvarez, en Rolando Villazón, en Juan Diego Flórez y en usted mismo. Tantos tenores, líricos y ligeros, ¿es una casualidad o tiene alguna explicación, ligada a cambios importantes en la formación musical en Sudamérica?

   Creo que el hecho de irte encontrando con gente o saber de la carrera de estos cantasen que logran hacer algo importante en el ámbito internacional siempre son un aliciente para gente que viene detrás. Es como una semilla. En mi caso fueron Araiza y Vargas, pero seguro que los que hemos venido después somos también un impulso para los que vienen ahora. Soy más o menos activo en las redes sociales, cada vez menos, pero siempre me llegan mensajes de jóvenes que están estudiando y me piden consejos y que me cuentan lo que les motiva ver lo que yo estoy haciendo y logrando. Un poco esa idea de que “si él pudo, yo puedo”. Yo creo que tener esta suerte de guías o referencias motiva a tener más confianza en lo que se puede lograr y da un impulso para trabajar y creer en tus ideales y sueños.

Mencionábamos antes a Bartoli, a Damrau, a DiDonato… Sin embargo creo que es con Bartoli con quien tiene una relación especial, un aprecio singular.

   Sí, muchísimo. Ella me conoció cuando hice mi debut en Zúrich con La italiana en Argel. Bueno, digo que me conoció pero en realidad yo estaba muy nervioso. Me dijeron que ella había venido esa noche al teatro y tuve que hacer verdaderos esfuerzos por concentrarme. y es que desde que empecé a estudiar siempre me he sentido fascinado por ella. Recuerdo con muchísimo aprecio su disco de canciones de antología italiana. Me parece, hasta la fecha, algo muy sobrehumano. Después la traté de nuevo en la grabación de Sonnambula, con Juan Diego, en la que yo hacía el notario. Yo llegué a la grabación, todo estaba preparado, me senté en mi lugar, yo no conocía a nadie allí, literalmente a nadie. Y ella fue quien llegó y se sentó junto a mí me dijo: “Oye, te vi en el debut en Zúrich, con L´italiana. Estuviste muy bien. Ojalá podamos cantar juntos pronto”. Me quedé de piedra. Necesitaba un reanimador (risas). Me emocionó muchísimo que me dijera eso. Un par de años después canté Cosí fan tutte con su esposo, Olivier Widmer. Ella llegó al final de la prèmiere y me dijo: “¿Sigues cantando Rossini”. Le dije que sí y me propuso directamente hacer Le comte Ory con ella. Le dije que sí, sin pensarlo, pero yo ni siquiera sabía qué era Le comte Ory (risas). No era consciente de dónde me estaba metiendo; creo que es el rol de Rossini más difícil que me ha tocado cantar. Es extraordinariamente agudo. Sobre todo la primera parte, el aria y el dúo son una cosa asesina (risas). Pero sí, si Bartoli me proponía cantar con ella, yo sólo podía decir que sí, fuera lo que fuera. Lo pasamos muy bien con esa producción de Le comte Ory, en todo caso. Está en DVD y las risas eran constantes. Creo que está sobre la mesa la idea de volver a hacerlo, pero no es seguro aún. Tras esa producción salieron más proyectos. Hicimos el Otello de Rossini y esta Cenerentola de Salzburgo es ya el tercer proyecto que hacemos juntos. Me invitó también para la Norma que hicieron pero yo no estaba entonces muy convencido. A día de hoy, quizá hubiera aceptado hacer el Pollione, con esa versión musical, con esa producción… Son otras condiciones sonoras. En todo caso, me siento muy honrado de que Cecilia Bartoli aprecie mi trabajo y quiera colaborar conmigo. Es un orgullo.

Y a margen de lo que ha supuesto para su trayectoria personal, ¿qué ha significado BArtoli para lo que hoy entendemos por música antigua y repertorio barroco? ¿Cómo ha contribuido ella

   Creo que hay divas y divas (risas). Y lo que está haciendo Cecilia no lo está haciendo ningún otro artista actual. Me refiero a esta parte de investigación que ella viene haciendo, tan importante, en el rescate de tanta música valiosa y hermosa. Ellá está haciendo historia también en ese sentido. Sobra ya hablar de sus cualidades vocales. Este otro trabajo es de suma importancia y ella se ha conferido de algún modo en el referente de la renovación general de este repertorio en la que tantos están implicados. Ha puesto en valor un repertorio que, hecho con su maestría, es digno de conocerse.

¿Con qué batutas ha trabajado más a gusto?

   Esta es difícil (risas). No, es broma. he tenido la suerte de trabajar con grandes, grandes directores. Uno de los que más comodidad me han dado trabajado con él es Adam Fischer. Te da libertad, te sostiene… es agradable trabajar con él. Disfruté muchísimo con Nello Santi cuando hicimos Falstaff en Zúrich. También con Zubin Mehta en el Falstaff que hicimos en Salzburgo. Por supuesto Abbado cuando trabajamos para una misa de Schubert y otra misa de Mozart. Esa ha sido sin duda una de las experiencias más espirituales de mi vida. Algo increíble, verdaderamente divino. Una de las últimas cosas que hizo Abbado, creo, fue precisamente un Requiem al que me invitó pero coincidía con la boda de mi hermano y no pudo ser. También tengo buen recuerdo del trabajo con Benini, a él le debo los últimos retoques de mi Conde de Almaviva. Callegari me gustó cuando hicimos Elisir en Barcelona. Bruno Campanella me gustó también cuando trabajamos con Cenerentola y L´italiana in Algeri.

Una pregunta incómoda: ¿qué piensa del trabajo de Plácido Domingo en estos últimos años, como barítono verdiano?

   Es lo malo de ser una leyenda viviente. Siempre te encuentras gente que te dice, aún hoy, que ya no se canta como Gigli, que ya no se canta como Corelli, que tal o cual grabación era mejor… La gente se queda con esos referentes y casi todos esos ya no están. Pero Domingo es un referente que todavía está aquí con nosotros, y que sea por muchos años. La gente tiene tantas referencias de él, lo tienen tan presente… Por eso decía que es difícil ser una leyenda viviente y contradecir la imagen que la gente tiene de ti mismo. Pero a fin de cuentas, la vida del cantante es cantar. Y Domingo está donde quiere estar, haciendo lo que ama hacer. ¿Quién puede ir en contra de eso? Habrá a quien le guste y a quien no, ¿pero quién puede juzgar a alguien por hacer lo que más ama en esta vida?

Hay otro cantante español al que creo que guarda un afecto especial, Carlos Chausson.

   Sí. Con Carlitos hice mi debut en Zúrich. Él hacía el Taddeo. Es un artistazo en el escenario, un gran actor y un gran colega. Me gusta mucho, mucho su voz. Tengo una anécdota entrañable de ese debut. Lo recordaré siempre. Salí a recibir el aplauso y me coloqué junto a él. Me tomó de la mano y me dijo: “Jamás en mi vida había visto un debut como el tuyo. Enhorabuena”. No me olvidaré jamás. También nos encontramos en la première del Comte Ory. Hicimos juntos El barbero de Sevilla. Es alguien a quien además de la admiración profesional, le tengo un gran cariño y afecto. Es un grande.

¿Qué dificultades encuentras en la carrera profesional como cantante?

   Uno de los factores más determinantes, habrá quién lo vea como una dificultad y quién no, es la soledad. Hay que aprender a abrazar la soledad porque se pasa mucho tiempo solo, horas y horas de viaje, horas y horas de estudio, lejos de los tuyos. Yo extrañó locamente a mi esposa y a mis hijos, pero disfruto también de la soledad. Se lo que estoy haciendo, por qué lo estoy haciendo y tengo que hacer que valga la pena, de modo que no me puedo venir abajo por encontrarme solo a menudo. He aprendido a disfrutar de estar conmigo, conociéndome continuamente, saber qué es lo que quiero, qué es lo que pienso. Ese es un elemento clave, pero también he visto que durante los dos últimos años se ha incrementado otro factor, la responsabilidad que te va requiriendo el estar a la altura de la expectativa que generas. Vas marcando una trayectoria y la gente espera de ti algo cada vez mayor. Es una gran responsabilidad y se percibe así, a veces como una presión con la que hay que aprender a convivir. Es complicado, pero al final todo se resuelve pensando en el día a día, función a función. A fin de cuentas uno siempre sale al escenarios a dar lo mejor de sí mismo y todo se reduce a cuidarse lo mejor posible para que sea así. Y no es fácil.

¿Cuesta mucho mantenerse en forma, cuidarse? Hay muchos mitos sobre eso.

  Bueno, depende de caso, pero sí, hay que prestar atención. Es difícil ser cantante hoy en día. Imagino los tiempos de Kraus, no hace falta ir más lejos, en los que decían que cantaba una función, descansaba casi una semana y cantaba otra. No digo que fuera fácil, pero era otra manera completamente distinta de hacer las cosas. Creo que era más fácil estar en forma que ahora, cuando la agenda está tan apretada, no sólo con funciones, sino con mil compromisos más, ensayos a menudo más largos e intenso. La carga de trabajo es mayor. En Madrid van a ser diez funciones de La hija del regimiento, por ejemplo. Y los viajes son otra cosa: antes se cruzaba el Atlántico en barco, con calma, sin prisas, con la brisa (risas). Ahora los aviones han facilitado mucho las cosas pero también son un factor en sí mismo, con los cambios de horarios, los cambios de ambiente, el aire seco, etc. Recuerdo haber hecho un vuelo trasatlántico y ese mismo día, según llegaba, haber tenido que ir a ensayar. En el día a día, en mi caso, tengo que estar pendiente sobre todo a lo que como. Para un mexicano como yo es una tragedia dejar de lado lo picante, con lo que me desquito en vacaciones (risas). Me cuido mucho de tomar cosas irritantes, sobre todo cuando estoy entre funciones. Nunca he sido ese tipo de tenor obsesionado, que está pendiente de las corrientes de aires, que va siempre con un pañuelo al cuello, etc. Pero poco a poco, voy cambiando (risas). A mayor exigencia, mayores son los cuidados que debes tener en cuenta.

¿Ha tenido algún problema vocal, alguna crisis o momento de fatiga?

   Sí, hace no mucho. Hice Sonnambula en el Met, volví a México para los conciertos, regresé al Met para Cenerentola, con los bises incluídos, y después tenía que volver a Suiza. Fue muy pesado. Ya tras las funciones de esa Cenerentola en el Met traía cierto cansancio. Y llegué a Salzburgo paras las funciones de junio y el médico me dijo que tenía que guardar silencio y reposo durante diez días para recuperar mis cuerdas vocales. El problema no es sólo cantar mucho, sino esa suma de factores que decíamos, el jet-lag, el aire reseco de un avión tantas horas cruzando el Atlántico. Fue muy pesado. Guardé reposo, sacamos las funciones muy bien, hicimos la gala en homenaje a Rossini y me marché a Suiza, a casa. Salió entonces este evento oficial entre el presidente de México y el rey saliente de España, un acto en Madrid en el que estuve cantando. Después de eso acabé agotado y todavía viajé a Colonia para empezar ensayos de un Elisir que tenía allí, pero al tercer día no podía más e hice lo más sensato, que es cancelar. El doctor dice que no puedo y yo se que no puedo y lo mejor es no cantar. Tuve tres semanas de pausa, viaje a Jalapa para un concierto, viaje de regreso, tuve dos semanas de pausa, viajé de nuevo a México para la grabación que le decía, tuve otras dos semanas de pausa regresado en Europa y así sí (risas). Mucho más relajado, más tranquilo, con la voz más en forma. Es importante planear también estos bloques de pausas. El problema no son tanto las óperas, en las que cantas las escenas que te corresponden, y mientras descansas, no hay funciones todos los días. Pero los conciertos en solitario son algo mucho más exigente si se hace de continuo. Pero ya estoy más descansado y en forma, sin duda. La grabación en estudio fue también agotadora: hice catorce arias en cuatro días. No lo vuelvo a hacer (risas). El problema no fue la grabación sino que tuve dos conciertos ese fin de semana inmediato y lo dije, hablé con el público y se lo hice saber; les dije que venía de una grabación intensa, yo me iba a entregar pero con honestidad tenían que saber que yo no estaba al cien por cien. Me gusta hace las cosas con confianza. No es lo más cómodo cantar así, pero salió bien.

Además de esa propuesta del Covent para hacer un Meyerbeer, ¿ha dicho que no a alguna otra cosa?

   Sí, a Zúrich sobre todo. La primera vez para el segundo tenor de La juive, que terminó haciendo mi querido Celso Albelo. En ese momento yo estaba muy metido en Rossini pero no; yo podría cantar el aria, que es muy bonita, pero cantar el trío con Shicoff, que suena como un trueno… eso no (risas). Me propusieron también una Luisa Miller y por supuesto dije que no. La fortuna es que me respetaron, yo estaba allí cantando y mis negativas no fueron un problema para seguir haciéndolo, me comprendieron. También dije que no a un Simon Boccanegra en la Scala. me siento afortunado de ser lo suficientemente sensato para saber qué puedo y qué no puedo cantar. Hay cosas que veo que podría cantar, planifico probarlas, pero sin prisas.

¿Se arrepiente de haber cantado algún papel?

   No, hasta ahora no. Todos han sido, creo, muy coherentes. No fui muy féliz, por ejemplo, cantando el Idreno de La fedeltà premiata, pero me gustó porque era un rol muy central y me permitió reforzar esa parte más grave de mi voz, que estaba por entonces muy endeble. Todo lo que he cantado hasta ahora ha sido muy consciente y no me arrepiento de ello. En concierto es otra cosa, claro, te puedes permitir el lujo de cantar a veces algunas cosas que nunca cantarías completas en un escenario. He hecho el “Nessun dorma” en concierto, claro, pero como un guiño para mi gente allí en México. Pero fue algo muy excepcional, en mi concierto de celebración de aniversario, con mi orquesta, con mi coro, con mi gente, en mi casa. Y era mi forma de decirles gracias, pero no la voy a incluir de continuo más adelante. Me la piden, como si yo fuera una Rockola (risas) y se que la puedo resolver, pero no, no es para mi voz.

El repertorio del lied y la canción, sea francesa, sea española, ¿le interesa?

   Sí, me encantaría dedicarle atención pero por desgracia no tengo tiempo para planificarlo. Qué mas quisiera yo que cantar el Dichterliebe, es un ciclo que me encanta. También La bella molinera. Hay canciones de Reynaldo Hahn que me gustan muchísimo. También las canciones de Fauré y Ravel me encantan. Peor no tengo tiempo para hacerlo como se debe. Lo poco que voy haciendo de canción y música de cámara va muy de la mano de mi repertorio actual, por eso he hecho canciones de Bellini, de Donizetti, algunas de Rossini, de Mozart. También he trabajado algunas canciones de Beethoven, aunque aún no las he presentado en vivo. Yo creo que las voy a llevar al concierto de San Sebastián. Todavía no he decidido el programa pero me gustaría hacer los Sonetos de Petrarca de Liszt, canciones de Beethoven y canciones de Mozart en la primera parte, y luego una segunda parte con canción española, llegando a la música mexicana con Agustín Lara.

Foto: Ana Kuri

Autor:Alejandro Martínez
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