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Crítica: Ramón Tebar dirige 'La traviata' en el Palau de les Arts de Valencia

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Autor: Raúl Chamorro Mena
21 de enero de 2017

NO HAY PERDÓN NI ESPERANZA PARA "LA DESCARRIADA"

   Por Raúl Chamorro Mena
Valencia, 18-II-2017, Palau de Les Arts Reina Sofía. La traviata (Giuseppe Verdi). Marina Rebeka (Violetta Valery), Arturo Chacón-Cruz (Alfredo Germont), Plácido Domingo (Giorgio Germont), Anna Bychkova (Flora Bervoix), Olga Zharikova (Annina). Dirección Musical: Ramón Tébar. Dirección de escena: Sofia Coppola. Reposición a cargo de Marina Bianchi.

   Efectivamente, la reaccionaria e hipócrita moral burguesa no permite la redención de la mujer pecadora. Como expresa amargamente Violetta en el maravilloso dúo con Germont en el segundo acto, clímax de la obra, Dios le otorgará la absolución, -de hecho el perdón y la compasión son uno de los pilares de la religión católica, que se supone es la base donde se apoya dicha moral- pero el hombre es implacable. Su redención sólo llegará por el sacrificio y la muerte. El maestro Verdi, que había tenido problemas con esa rígida moral por su relación con Giuseppina Strepponi, no tuvo ningún reparo en exponer todo ello a la cara de esa sociedad burguesa decimonónica, mediante una de sus obras maestras, una de esas óperas que identifican el género. Por ello, aunque no es la única razón, la obra no fue bien recibida al principio. El público no veía esta vez en el escenario antiguos monarcas, nobles del pasado, enfrentamientos y disputas de otras épocas…, se contemplaban ellos mismos retratados sobre el escenario.

   Llegaba nuevamente La traviata a Les Arts, esta vez con una producción de las que llaman “clásicas”, con nombres importantes entre sus responsables, como la cineasta Sofia Coppola y el diseñador Valentino. La escenografía de Nathan Crowley resulta muy atractiva a la vista, -con una iluminación más bien de tonos umbrosos a cargo de Vinicio Cheli-, excepto esa escalera excesiva e invasiva del primer acto, que parece una mera excusa para que la protagonista luzca durante el preludio el impresionante vestido (tan fascinante como el que porta en la escena de la fiesta del acto segundo). Espectaculares, sin embargo, las lámparas que cuelgan del techo tanto en el primer acto como en el cuadro de la fiesta. Apreciable asimismo, la coreografía de la escena de las gitanas y toreros y aunque la dirección de escena y caracterización de personajes fue más bien somera y los pasajes más íntimos resultaran un tanto descuidados, el montaje se desenvuelve elegante, respetuoso con las indicaciones del libreto y permite fluir el canto, que es, en definitiva, donde puso el acento el autor de esta genial partitura. Después de una apreciable producción conceptual como fue la última vista en Les Arts a cargo de Willy Decker, se antoja justo, que ahora tocara el turno a una bella y “glamourosa” que, efectivamente, no arriesga, pero permite seguir la obra sin sobresaltos y en el que cualquiera que se asomara a la sala podía deducir que se estaba interpretando La traviata y no cualquier cosa rara, como sucede tantas veces.

   La soprano Letona Marina Rebeka fue una apreciable Violetta en el aspecto vocal. Su voz de soprano lírica bien emitida, de timbre grato pero impersonal y con la guturalidad propia de su fonación eslava, corrió bien proyectada y compacta por todo el teatro. Asimismo, la cantante cuenta con una buena línea de canto y capacidad para regular el sonido como pudo comprobarse en “Ah forse lui” y “Addio del passato” (de esta última cantó las dos estrofas), el cantabile  “Dite alla giovine” del dúo con Germont y las sublimes frases “Alfredo, Alfredo, di questo core” en el concertante final de la escena de la fiesta en casa de Flora. Superó la coloratura del primer acto con solvencia y no sin ciertos apuros los sobreagudos, si bien, se encaramó al optativo que pone fin a su gran escena de dicho acto. Al fraseo, cuidado, elegante y bien compuesto, le faltó incisividad y variedad, lo que se relaciona apropiadamente con la frialdad Báltica que presidió la encarnación de Rebeka en el aspecto interpretativo; resultando una protagonista un tanto plana y falta de carisma y relieve dramático, que no expresó toda la complejidad psicológica de uno de los papeles más emblemáticos del repertorio operístico. Cierto es que el inexistente trabajo sobre la caracterización de personajes del montaje no le ayuda

   Muy flojo, sin interés alguno, el Alfredo Germont del tenor Arturo Chacón-Cruz, de voz desimpostada, sin liberar, apoyada en la nada, timbre mate y poco atractivo, fraseo aburrido. En la zona alta gana algo de brillo y posición, aunque emitió un irrisorio Do agudo al final de la cabaletta (sólo una estrofa) “Oh mio rimorso”, que bien podría haberse ahorrado. Y como Papá Germont, Plácido Domingo. Poco sentido tiene insistir en que no es barítono, que el fiato es corto, que le falta ductilidad para un papel con una escritura llena de ribetes belcantistas, cuando nada más aparecer y entona “Madamigella Valery!” se impone por su personalidad, su carisma, sus acentos, propios de quien es hace mucho un mito viviente de la ópera. No deja de sorprender que su espléndido y singular timbre esté aún bastante íntegro (con más brillo y esmalte que el tenor de la función que podría ser su nieto) y se debe resaltar el mérito de cantar la habitualmente suprimida cabaletta “No non udrai rimproveri” (una estrofa), que le planteó no pocos problemas para ajustar el tempo de la pieza en un momento en que, además, la fatiga ya se cernía sobre el veterano cantante. Estamos ante un animal de teatro y una fuerza de la Naturaleza, de esas que, prácticamente, se sitúan por encima del bien y del mal y de cualquier análisis. Quien suscribe, después de 28 años acudiendo a la ópera en directo y viéndole año tras año sobre los escenarios -más de 50 veces en total-, sólo puede expresar una mezcla de alegría, perplejidad y admiración ante la energía, las aún estimables condiciones vocales y el entusiasmo de quien necesita el teatro como el aire que respira.

   Muy estimable la dirección musical de Ramón Tebar, que en un trabajo serio y riguroso, se mostró siempre atentísimo al canto, además de exhibir nervio y buen pulso, todo ello primordial en Verdi. Un ejemplo de ese cuidado hacia los cantantes fue la ralentización del tempo del aria “Di Provenza” acomodándose, con ello, a las necesidades de Plácido Domingo. Bien balanceado, asimismo, el fabuloso concertante que pone fin al acto segundo, en el que puso adecuadamente de manifiesto, como está mandado, el “crescendo lento” que caracteriza estas piezas de conjunto tan fundamentales en el melodrama italiano. Magníficos, como siempre, los cuerpos estables de Les Arts, que mantienen sus estándares de alta calidad.

Fotos: Miguel Lorenzo/Mikel Ponce

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