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Crítica: Ramón Tebar y Sergei Babayan con la Orquesta de Valencia

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Autor: Antonio Gascó
31 de enero de 2022

Ramón Tebar y Sergei Babayan protagonizan un concierto en la temporada de la Orquesta de Valencia con obras de Berlioz y Rajmáninov

Ramón Tebar

 «Tributum domino». Un homenaje al maestro 

Por Antonio Gascó
Valencia, 27-I-2022. Palau de les Arts «Reina Sofía». Sergei Babayan, piano. Orquesta de Valencia. Ramón Tebar, director. Rachmaninov. Concierto nº 3 en rem para piano y orquesta. Berlioz, Sinfonía fantástica

   El aforo del amplio hemiciclo sinfónico del valenciano Palau de les Arts aparecía, con los naturales vacíos de localidades para evitar contagios por el Covid, a rebosar. La afluencia podían explicarla un programa atractivo y dos intérpretes de nivel: el pianista Sergei Babayan y el director Ramón Tebar, al frente de la Orquesta de Valencia. El programa era tan atractivo como importante: El Tercer concierto de Rachmaninov para piano y orquesta y la Sinfonía fantástica de Berlioz. No salió el público para nada descontento de la audición pues, en los finales de ambas obras, se escucharon cálidos aplausos. 

   El tercer concierto de Rachmaninov tiene fama, con el segundo de Brahms, el primero de Tchaikovski y podría añadir el de Ligeti, de constituir el cuarteto más exigente del repertorio con orquesta. Reclama un mecanismo insólito y muy peliagudo, que solo está al alcance de los más grandes. Pero además requiere inspiración, fantasía, creatividad, carácter, intención expresiva y territorialidad y ello desde los primeros compases, con ese tema modulado desde un motivo de salmodia ortodoxa que, en tres compases, exponen con los arcos, clarinetes, fagotes y trompas.

   Todo el concierto es complejo por la articulación del piano y la orquesta. Tebar puso a los músicos valencianos a los pies del pianista armenio, dejándole fantasear a su placer. Buena prueba de ello fueron las veces que se volvió para atisbar las resoluciones del teclado. Había una química muy especial entre ambos que se traducía en las miradas y hasta en las respiraciones. El pianista se sintió comprendido con una batuta que le siguió con reverencia y que logró que la orquesta nunca (nunca es nunca, y lo digo porque seguí las obras partitura en mano) se impusiera a su sonoridad Berman, aunque, eso sí, más diferenciada y exquisita. En el primer tiempo, desde el tema diatónico que expone el piano y le acolcha la orquesta, hubo una sonoridad idílica que definieron maderas y trompas. Con el cambio de compás a 2/4, ya se entendió bien a las claras el predicamento de Babayan con esos luminosos cuatrillos encadenados en semicorcheas, que mancomunan las dos claves del pentagrama y al final dejan solo al solista en diabólicos octillos, antes de que los cellos y el fagot expongan el conmovedor segundo tema, que desarrolla el tutti. Unos violines sugestivos se enquimeraron con el motivo, previo a la entrada del piano con bien establecidos acordes en síncopas. Así prosiguió un relato de embeleso en solitario, en cuatrillos vinculantes que se van avivando sobre el eco de arcos en divisi y maderas.

   La batuta buscó un acompañamiento acicalado y una sonoridad proposicional y lo logró de veras. ¡Con qué contrastes plagados de sutilezas encaró Babayan los arpegiados del 11 de ensayo hasta caer en el primer tema! ¡Qué mecanismo y que extasío lució el solista, qué color más cristalino y qué sensibilidad! ¡Qué forma más conmovedora de resolver el intrincado canon con variaciones! Y referencia a tener en cuenta: la majestad sonora del solista no absorbió el acompañamiento de una triada en arco (sutil, vehemente, sutil) de la intervención del instrumental. Tebar seguía estando en su nivel, sonorizando, con sugestión, el poema de su relato. De las dos cadenzas prescritas, el solista se fue por la enrevesadísima y agotadora «ossia» en la que especificó su técnica pasmosa (y ello con la mayor naturalidad, sin jactancias ni afectaciones) hasta concluir con los octillos implicados, ambos en clave de sol, que llevan al «meno mosso» y a la recuperación del tema inicial con la orquesta.

Ramón Tebar

   Los dúos de las maderas y el cuarteto de trompas iniciaron con delectación el Intermezzo, en el que los violines y cellos expusieron una romanza expansiva. Un tiempo fascinado que modula seis veces de Rem a Fa#m con un soliviantado puente intermedio en RebM. El solista, con emotiva pulsación, retomó la melodía en una suerte de cadencia, en solitario, de 16 compases prolongada con los ecos de un primoroso sonido orquestal que alentó la batuta. Esa candencia prosiguió, delirante, en su intensidad entusiasta y espinosa, en la arriesgada tonalidad citada de RebM. Dos compases antes del 34 de ensayo, el aire se festivalizó siendo llevado, con primor, a uno por Tebar, para que Babayan desgranara con aire bailable, los arpegiados en semicorcheas, apoyando los contratiempos. Otra brevísima cadencia, vista tan heterogénea como férvida por el armenio, enlazó con el temerario final, sin duda el de acento más ruso de la obra. En sus heterogéneas variaciones, el allegro agitato, fue pasional, el scherzando, con sus temerarias fusas, burbujeante, los arpegiados del «piu vivo», de surtidor, y majestuoso el «meno mosso». La aceleración de los incisivos acordes finales, en los nueve compases del presto, supusieron un duelo de emociones entre el teclado y la orquesta, que el público acogió con vigorosas ovaciones. 

   El pianista quiso, siempre, compartir los aplausos con el maestro, al que hacía favorecedor de su éxito. De hecho el bis, que el público le reclamaba con vehemencia, (tal y como me refirió cuando tuve el privilegio de dialogar con él al final del concierto) se lo dedicó a Ramón Tebar, quien emocionado y humilde, se sentó en el podio frente por frente a Babayan y degustó, de primera mano, una visionaria interpretación del Aria de las Variaciones Goldberg de Bach. «Tributum domino». Un homenaje al maestro y una generosa humanidad la del excepcional pianista en su admirado debut en Valencia. 

   En la Fantástica, sin duda, faltó psicodelia, fantasía, asimetría tonal y de contraste; también éxtasis. Factores cardinales todos para concederle a esa partitura romántica, toda su delirante alucinación. El director valenciano, no quiso riesgos. La versión fue correcta de metro, conjunción y afinación, con momentos especialmente sugestivos, pero no fabulosa.  El maestro, al ver que la vehemencia de su clara agógica, no alcanzaba el nivel de connivencia por parte de una orquesta que, de entrada, a diferencia de la primera parte, estaba bastante lánguida, y además, no contaba con los efectivos con los que habitualmente se ofrece la obra, hizo la de Julio Cesar en su guerra contra Vercingetórix: «exercitum reduxit quæ in hibernis conlocavit» (retirarse a sus cuarteles de invierno). Es decir ser preciso en el gesto y dejarse de riesgos buscando contrastes y expresiones que podían llevarle al peligro. Uno piensa que hizo bien. «Quod natura non dat Helmantica non præstat». 

   El tema de amor de apertura del primer tiempo, encomendado a la flauta y al concertino y respondido por la cuerda grave en intermitentes dobles pálpitos, (L’Idée fixe) no pintó la sugestión de la amada y el latido vehemente del corazón del enamorado, que la batuta demandaba. Los segundos violines parecieron estar de viaje y las violas no existieron, por ejemplo en el D de ensayo o en los compases del entorno del Z y siguientes, hasta el C1. Había más tedio que seducción. Muy bien las arpas en el inicio del vals a 3/8 que desde el Dolce tenero llevó con buen criterio a uno, punzando con intención el tercer tiempo del compás. Tal vez el movimiento más sugestivo fue el tercero, con dos eficientes oboe y corno. Por el contrario violines y violas volvieron a dar la de arena en el pizzicato del M al O. Me gustó y mucho, la resolución dolorosa del solo final del corno con los timbales en PPP, como exige la partitura y que pocos maestros tienen en cuenta.

   La marcha, llevada non troppo, como Dios manda, tuvo anorexia en una cuerda que hubiera requerido de más efectivos. Es una procesión trágica y alucinada, no zumbona como la recitaron los instrumentistas. No obstante, me complacieron los obsesivos nueve compases finales. Estuvo bien tirada la batuta y bien respondida, en el sardónico pulso de la danza demoniaca que inicia el postrer movimiento y en la concepción del litúrgico y sepulcral Dies iræ. Desde el Sabbath, la música se ha de transmutar en un promiscuo y trastornado aquelarre. Ahí faltó ímpetu en la agrupación, para concederle la alucinación espectral que requiere. No obstante el tiempo y la afinación respondieron y ello se tradujo en una cálida ovación del público reforzada con el jaleo de no pocos bravos.

Fotos: Foto Live Músic Valencia

 

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