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Crítica: Óperas de Respighi y Wolf-Ferrari en la New York City Opera

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9 de abril de 2017

"La New York City Opera, que desde su “vuelta a la vida”, cuenta sus propuestas por éxitos"

RENACIMIENTO DE RESPIGHI MAS ALLA DE SU TRILOGÍA ROMANA

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Rose Theatre, Jazz at Lincoln Center. 4/04/2017. La campana sumergida (Ottorino Respighi / Claudio Guastalla). Brandie Sutton (Rautendelein), Marc Heller (Enrico), Michael Chioldi (el ondino), Glenn Seven Allen (el fauno), Kristin Sampson (Magda), Philip Cokorinos (el cura) y Renata Lamanda (la bruja). Dirección Musical: Ira Levin. Director de escena: Pier Francesco Maestrini. Nueva York. Carnegie Hall.17/03/2017. Ventana de iglesia y Rossiniana de OttorinoRespighi. El secreto de Susana (Ermanno Wolf-Ferrari / Enrico Golischiani). Julianne Borg (Susana), Michael Kelly (el conde). Dirección Musical: Leon Botstein

   Desde la puesta en escena de Florencia en Amazonas de Daniel Catán el pasado mes de junio, hemos reseñado varias de las funciones de la New York City Opera, una compañía histórica, que pasó por el trance de la desaparición, y que desde primeros de 2016 está renaciendo – de manera excepcional a tenor de la calidad de sus propuestas – y ocupando el espacio que merece en la escena neoyorquina.En esta ocasión, la ópera elegida ha sido toda una rareza.

   Pocas obras de Ottorino Respighi, uno de los compositores italianos más importantes del primer tercio del S.XX, suben a los escenarios en la actualidad, salvo su popular trilogía de fuentes, pinos y fiestas romanas. De sus ocho óperas, ni siquiera la más famosa “La Fiamma”, puede verse de manera habitual. Sus páginas orquestales tampoco son habituales. Por ello, es de destacar la gran apuesta de la NYCO por recuperar“La campana sumergida”, e igualmente destacable es que hace un par de semanas, la orquesta TON (TheOrchestraNow) del BardCollege, trajeran dos de sus piezas orquestales, Ventana de iglesia y Rossiniana a su concierto del Carnegie Hall, junto a la ópera “El secreto de Susana” de Ermanno Wolf-Ferrari.

   “La campana sumergida” esla quinta de las óperas de OttorinoRespighi que subió a escena (dado que “Marie Victoire”, compuesta en 1914 no fue estrenada hasta 2004). Estrenada con bastante éxito en la Opera Estatal de Hamburgo el 18 de noviembre de 1927, un año después llegó al MET donde se dieron 5 funciones – al estreno acudió el propio OttorinoRespighi – comandadas por el mítico Tullio Serafin, con Elisabeth Rethberg y Giovanni Martinelli encabezando un “cartellone”que incluía grandes nombres de la lírica como Giuseppe de Luca o Ezio Pinza. En la siguiente temporada hubo otras tres funciones y se representó también en la American Academy of Music de Filadelfia. Ese mismo año, el mítico tenor Aureliano Pertile fue el Enrico en el estreno de la obra en el Teatro Colón de Buenos Aires. Después desapareció de los escenarios. Ahora retorna de la mano de esta coproducción de la NYCO con el Teatro Lirico di Cagliari, donde se pudo ver la temporada pasada.

   En el libreto, escrito por Claudio Guastalla y que está basado en la obra simbolista del mismo nombre del premio nobel de literatura alemán Gerhart Hauptmann, conviven personajes del mundo fantástico - como la propia hada protagonista Rautendelein, el espíritu del agua o los faunos – y del real – entre ellos Enrico, su mujer Magda o el cura -, algo bastante común en la época y que vemos en partitura tan distintas como el Anillo del Nibelungo wagneriano, la Rusalka de Dvorak o La mujer sin sombra de Richard Strauss. Musicalmente hay influencias wagnerianas y straussianas, con una orquestación rica y densa – Respighi inició su carrera como viola en San Petersburgo donde fue alumno de composición de Nikolai Rimsky-Korsakov -, de una complejidad tremenda, con una colección de atmósferas de distintos colores que en muchos casos recuerdan a Claude Debussy más de lo que a priori pudiera pensarse, y con un tratamiento de las voces que no tiene nada que envidiar al último Giacomo Puccini.

   La historia empieza en un prado, en la base del monte donde viven el hada Rautendelein y otros personajes mágicos como hadas, faunos, la bruja u Ondino, el espíritu de las aguas. Rautendelein, a pesar de las advertencias de la bruja que opina que al ser un hombre debe morir, se enamora de Enrico, un artesano que funde campanas, que llega al prado angustiado y muy enfermo. Una de sus campanas, “La campana sumergida”, descansa en el fondo del lago tras un accidente provocado por el fauno, a quién no le gusta su sonido. Al advertir que el cura, el barbero y el maestro buscan a Enrico, el hadatraza un círculo en el suelo alrededor de Enrico – similar al círculo de fuego de Wotanpara proteger a Brünnhilde–para que no se puedan acercar a él. Tras intervenir la bruja y levantar el hechizo, se lo llevan de vuelta a su casa del pueblo, donde le espera Magda, su esposa, que no puede vivir sin él. Rautendeleinno se da por vencida y llega a buscarle. Le da una poción mágica que despierta a Enrico y le devuelve la vida. Éste regresa con ella al monte donde va a vivir con hadas, faunos y el Ondino.El cura retorna para buscar a Enrico. Primero increpa al hada tratándola de bruja y acusándola de habérselo arrebatado a su mujer, a sus hijos y a la cristiandad. Pero Enrico tampoco le hace caso. Quiere construir un templo al sol con las mejores campanas que se hayan visto. Y no, no va a volver con él. Es más fácil que suene “la campana sumergida” que vuelva al pueblo con él. Sin embargo, poco después se le aparecen los espíritus de sus hijos que le traen una copa con las lágrimas de su madre, que se ha suicidado y descansa el fondo del lago. Tras increpar a Rautendelein como culpable, pide perdón a Dios y escapa del monte. Tiempo después, el hadase ha convertido en la esposa del espíritu del agua. Enrico, que no puede vivir sin ella, pide a la bruja que le deje verla por última vez. Ésta accede pero el precio será su muerte. Tras el encuentro final, en que el hadainicialmente no le reconoce, se abrazan y se despiden para siempre.

   La mera capacidad de montar una obra de la complejidad de ésta, o mejor dicho de reestrenarla noventa años después, es una auténtica proeza. Por tanto no sería justo evaluar las actuaciones de los intérpretes con los parámetros de una función de ópera más. Lo primero a destacar es el ímprobo esfuerzo de aprenderse unos papeles de gran dificultad como los de los dos protagonistas, que – ojalá nos equivoquemos – probablemente no vuelvan a interpretar.

   El hada Rautendelein es un papel para el que necesitas al menos la voz de una heroína pucciniana. La voz de Brandie Sutton es ágil y brillante, de lírico-ligera, pero se ve superada en varios momentos por la densa orquestación de Respighi. Sin embargo, su fuerza, su tesón y su capacidad para transmitir ensoñación cuando empieza a enamorarse, pasión y determinación cuando prepara la poción mágica, y finalmente sumisión a su nuevo papel de ama de casa del Ondino fueron realmente admirables.

   El temible papel de Enrico, para el que necesitas al menos un tenor spintoo claramente uno dramático, iba a repartirse entre el italiano Fabio Armiliato y el americano Marc Heller. Una inoportuna sinusitis del italiano dejó al americano con la ímproba tarea de hacer él solo las 4 funciones en 6 días. Heller, cuyo timbre tiene cierto atractivo, tiene voz de tenor lírico, insuficiente para este papel. Su emisión, claramente en la gola y con falta de proyección, es bastante heterogénea, combinando algún agudo interesante con un fraseo pobre y una ausencia total de canto legato. Pero es valiente y transmite emoción, construyendo un personaje creíble, y que a pesar de lo comentado, llega al público.Además es de resaltar su disposición a cantar todas las funciones.

   Las mejores voces de la noche fueron Michael Chioldi en el papel del Ondino, barítono de voz rica y cálida, y Kristin Sampson como Magda, soprano lírica de buenas maneras que nos transmitió la incredulidad y desesperanza de la esposa del campanero. También interesante el barítono Philip Cokorinos, habitual en pequeños papeles del MET, quien dio profundidad y un cierto histrionismo al papel del cura – tremendo el momento en que acusa a Rautendelein de haber robado a Enrico a la Cristiandad –, y la mezzosoprano Renata Lamanda que fue una bruja que dio miedo. Por el contrario, el tenor Glenn Seven Allen mostró más sus encantos físicos como el fauno, actuando con el torso desnudo pintado de verde, que una aceptable línea de canto.

   El director de escena Pier Francesco Maestrini hace un trabajo encomiable en una producción con pocos medios pero muchas ideas. Con unos breves decorados y unas proyecciones bastantes elocuentes, va cambiando con criterio las distintas escenas. El prado inicial se torna en el fondo del lago donde hadas y Ondino juegan entre corales, helechos y la propia campana sumergida, mientras éste explica a Rautendelein qué son las lágrimas. Estos elementos se van combinando en el resto de escenas consiguiendo momentos de gran belleza visual.

   A los mandos de todo este entramado, el director Ira Levin supo poner orden y concierto a una orquesta reforzada por músicos del Teatro Lirico de Caglari. Dada la gran orquestación de la obra y las limitadas dimensiones del Rose Theater, la dirección primó el control orquestal sobre la exuberancia de la partitura. En cualquier caso, el sentido narrativo fue excelente con continuos contrastes entre las diversas escenas, y supo mantener la tensión necesaria que requiere Respighi. Su labor, al igual que la del resto del elenco, fue muy aplaudida y la representación es un nuevo éxito a apuntar a la New York City Opera, que desde su “vuelta a la vida”, cuenta sus propuestas por éxitos.

   La música de Respighi ha tenido estos días una pequeña “renassance” en la Gran Manzana, a la que como mencionamos anteriormente se sumó hace un par de semanas la Orquesta Now. Las dos obras escogidas, “Vetrate di Chiesa” y “Rossiniana”son contemporáneas de “La Campana Sommersa”. El director LeonBotstein y sus músicos supieron resaltar las bondades de ambas partituras. Brillante, colorida y tratando de expresar imágenes de vidrieras la primera, y más popular y rítmica la segunda.

   Una buena versión en concierto de la encantadora ópera cómica “El secreto de Susanna” de Ermanno Wolf-Ferrari, donde la soprano Julianne Borg fue una adecuada Susana, y el tenor Michael Kelly fue un celoso Conde, completaron el concierto, último de la temporada de esta orquesta en el Carnegie Hall. La orquesta funcionó de manera muy solvente en ambas obras, y LeonBotsteinvolvió a demostrar que es un valor seguro en la dirección de este tipo de obras.

Foto: Sarah Shatz

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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