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LA REVOLUCIÓN FRANCESA A TRAVÉS DEL OJO DEFORMANTE DE LA ÓPERA

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Autor: Javier del Olivo
28 de febrero de 2015

EL OJO DEFORMANTE DE LA ÓPERA (II)

AIRES REVOLUCIONARIOS


Por Javier del Olivo
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   La historia de la Ópera no podría olvidar un acontecimiento tan trascendental para el mundo occidental como fue la Revolución Francesa. Luego nos centraremos en dos obras cuya trama se desarrolla en estos momentos históricos pero antes hay que analizar la capital importancia que el movimiento revolucionario francés tuvo en el arte operístico.
   Ya comenzamos a percibir de manera clara ideas de cambio, sobre todo de cambio en las relaciones entre las clases sociales, en la genial Nozze di Figaro de Mozart con libreto de Lorenzo da Ponte sobre una comedia de Beumarchais. El estado llano, aquí representado por Fígaro y Susana, se enfrenta al Conde, representante del Antiguo Régimen, y a sus pretendidos derechos sobre la servidumbre femenina. En la Viena de José II esta ópera no tuvo problemas con la censura por sus ideas políticas sino por el marcado matiz sexual de alguna de sus escenas. Poco años después de su estreno en 1786 estallaría la Revolución en Francia, concretamente en 1791, y después de este periodo convulso llegaría al poder Napoleón. La reacción conservadora plasmada en el Congreso de Viena (que provocó, como respuesta, revoluciones intermitentes en la Europa del XIX) haría casi imposible tratar el tema revolucionario francés por la estricta censura ejercida por los gobiernos europeos. Pero sí que en muchas de las creaciones operísticas de esta época se colarán referencias a la revolución, a la lucha por la liberación de los pueblos, a la legitimidad del derrocamiento del tirano, a la necesidad de transformaciones sociales que busquen una mayor igualdad. Y, como consecuencia, muchos compositores tendrán que bregar con censuras gubernamentales que no les permiten airear ese espíritu de renovación política.


   Pero no será hasta finales del s. XIX, en 1896, cuando una ópera que se desarrolla en su totalidad en los años de la Revolución vea la luz, Andrea Chénier. La trama narrativa de las dos obras que vamos analizar (la citada de Giordano y Diálogo de Carmelitas de Poulenc) tiene una estructura argumental muy similar. Los dos primeros actos  comienzan con los primeros movimientos revolucionarios, antes de la toma de La Bastilla. La nobleza ve cómo se tambalean sus privilegios y cómo el pueblo se revela contra una situación injusta. También el desenlace de ambas trascurre en la  época del Terror, situación fundamental para justificar el trágico final de las dos óperas. El Terror es un  periodo de la Revolución que duró desde 1793 hasta finales de julio de 1794. Maximilien Robespierre fue la figura más sobresaliente de este gobierno. Dos de los organismos de la época son referencia imprescindible en las óperas que nos ocupan. Por un lado estaba el Comité de Seguridad General, encargado de buscar por toda Francia a los enemigos de la Revolución, no solo a los que habían hecho algo en contra de ella sino también a aquellos que no mostraran fervor revolucionario, lo que dio pie a delaciones y  ejecuciones de todo tipo. El otro órgano que nos interesa es el Tribunal Revolucionario que era el encargado de juzgar a los acusados por el Comité de Seguridad. Sus resoluciones acababan, la mayor parte de las veces, con los reos subiendo las escaleras de la guillotina.  


   André Chenier fue un poeta francés que vivió la época revolucionaria. Sus posturas políticas estaban a favor del cambio pero no del radicalismo que se apoderó del gobierno con la llegada de Robespierre. Tuvo que huir de París, pero fue capturado en una visita a Passy (localidad cercana a la capital) y ejecutado. Tres días después caía Robespierre y también él era guillotinado. Una historia real que le sirvió a Umberto Giordano y a su libretista Luigi Illica para crear una ópera donde se nos cuenta, de una manera muy libre y con el aderezo del triangulo amoroso incorporado, la vida del poeta francés. Es curioso ver cómo en el libreto sí que se dan datos ciertos de la vida de André. Se nombra la ciudad de su nacimiento, Constantinopla, para señalar que se condena a un extranjero (aunque vivía en Francia desde los tres años y franceses eran sus padres). También en la ópera se le captura en Passy, que entonces era una población independiente y ahora es uno de los barrios del gran París. Datos que nos indican que Illica conocía las peripecias vitales del poeta. Éste se había granjeado el odio de los radicales revolucionarios con sus comentarios en el periódico “Journal de París”  desde el que se había declarado contrario a la ejecución de Luis XVI. Además publicó una oda en honor de Charlotte Corday, la asesina de Marat. Chenier tenía un hermano, Marie-Joseph, que sí que tuvo un poder político en esta época y que hizo todo lo posible para que su hermano  no fuera ejecutado, aunque sobre ese punto no todos los historiadores están de acuerdo ya que Marie-Joseph siguió ligado al poder revolucionario tras la muerte de su hermano. Seguramente esta figura sirvió a los autores para dibujar el personaje de Carlo Gerard, el antiguo sirviente de la noble familia Coigny, enamorado desde niño de la hija de sus señores, Magdalena, y que cuando triunfa la Revolución pasa a ser uno de los dirigentes políticos más destacados. Aunque Andrea es su rival y manda prenderle, su nobleza natural le hará darse cuenta, demasiado tarde, de la valía del poeta y de su amor por Magdalena. Declara en el juicio del Tribunal Revolucionario que todas las acusaciones presentadas contra el poeta son falsas pero no puede evitar, como en la vida real le pasó a Marie-Joseph, la ejecución de Chenier. También resulta bastante creíbles las peripecias de Magdalena de Coigny, obligada a huir cuando su familia se ve atrapada por los desórdenes de la Revolución y muere en un incendio. Busca a Chenier con la ayuda de su antigua sirvienta Bersi y cuando se reencuentran ambos se declaran su amor. Cuando el poeta va a ser ejecutado Magdalena consigue entrar en prisión, cambiar su nombre con una condenada y subir con su amado a la guillotina. Curiosamente el verdadero Chenier fue ejecutado junto a una princesa de Mónaco. Quién nos dice que no fuera una antigua amante que, como en la ópera, quiso correr su misma suerte. La imagen general que se da de la época revolucionaria es un poco básica pero seguramente no muy lejana de los acontecimientos cotidianos de los días del Terror. El miedo que refleja la ópera a ser apresado en cualquier momento y la desconfianza hacia todos los que te rodean porque pueden ser espías o pueden delatarte pudo muy bien ser el sentir de muchos ciudadanos franceses en ese momento, incluso el de aquellos que habían apoyado en un primer momento la Revolución.

Foto: Frederic Desmesure

   El miedo también es uno de los sentimientos que impregnan la otra gran ópera que se desarrolla durante la Revolución. Hablamos de Diálogos de Carmelitas de Francis Poulenc que, además de la música firma, junto a Emmet Lavery, el libreto sobre la obra teatral homónima de Georges Bernanos. El miedo es el que impulsa a una aristócrata, Blanche de la Force, a refugiarse en un convento carmelita fuera de los peligros del mundo y como revulsivo a sus dudas e indecisiones personales. Pero el miedo también habita en el convento. Sin ir más lejos, el miedo a la muerte y a la sensación de que Dios la ha abandonado que atenazan la agonía de la Priora en una de las escenas más conmovedoras de la ópera. En Carmélites, Poulenc nos muestra una visión más humana del drama de las víctimas del Terror. Nos colamos por el ojo de la cerradura del convento de clausura y asistimos a esos diálogos, a esas conversaciones entre las monjas, que dan título a la obra. Se dibuja con mano maestra las distintas personalidades del convento: la alocada pero sencilla y tierna novicia Constance, la impredecible e insegura protagonista, Blanche, la serenidad y buen juicio de la madre María de la Encarnación… Figuras que nos acercan al ser humano para que seamos más conscientes de la crueldad de su destino. En Diálogos vivimos el drama y también, como las monjas ejecutadas, comprendemos que no puede haber otro destino para ellas. El relato de Bernanos se ajusta muy fielmente a la realidad. Sólo hay pequeños detalles diferentes, como el canto con el que suben al cadalso y que es uno de las escenas más impresionantes de la historia de la Ópera. En realidad no fue el “Salve Regina” el que entonaron las monjas sino el salmo 117: Laudate Dominum omnes gentes. Constanza no es la penúltima en morir sino la primera y fue su hermano el que visitó a la novicia para intentar sacarla del convento y salvar su vida, no el de Blanche como aparece en el libreto.  Un detalle curioso es que las monjas se presentaron en el juicio que las condenó vestidas con sus hábitos, lo que el tribunal consideró una provocación. La razón era que ese día habían lavado la ropa civil que solían llevar desde su expulsión del convento y se habían puesto su ropa de religiosas. La casualidad hizo que ese día se las llamara para juzgarlas. En 1906 fueron declaradas por Pio X beatas de la Iglesia Católica y Poulenc las hizo eternas para los amantes de la Ópera.

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