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Crítica: Roberto González-Monjas debuta en la temporada de la Sinfónica de Castilla y León

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Autor: Agustín Achúcarro
18 de junio de 2019

Un director de gran potencial

Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 13-VI-2019. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras: Alborada del gracioso de Ravel, Concierto de Aranjuez de Rodrigo, Tres escenas del ballet La gitanilla de García-Abril y Capricho español, op. 34 de Rimski-Kórsakov. Solista: Tomatito, guitarra. Director: Roberto González-Monjas.

   Era la primera vez que en la temporada se ponía al frente de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León Roberto González-Monjas, y éste no era un tema baladí, ya que el vallisoletano ha mantenido una estrecha vinculación con la ciudad y con la orquesta desde muy joven, sobre todo en su faceta de violinista. Ahora, sin perder de vista su labor como instrumentista, cobra auge su carrera como director y con este empeño llegó al Auditorio vallisoletano. Y lo hizo con un programa de música española o para ser más exactos, como el propio director declaró a esta revista, «con la intención de exponer cuatro puntos de vista diferentes de la música española».


   Contrastes, claridad del sonido y un colorido sensual fueron las claves de la Alborada del gracioso, que dio paso al famoso Concierto de Aranjuez, en el que se contó como solista con la figura de Tomatito, leyenda viva del flamenco. El guitarrista no acabó de lucir todas sus inmensas posibilidades, pues dio la sensación de encontrarse demasiado encorsetado con la orquesta. Refrenda esta opinión el que en las cadencias fuera donde mejor se notó la impronta propia de este gran músico. Y eso a pesar de que González-Monjas le dio su espacio y se encargó de que la orquesta sonara fluida y sin tensiones. Es verdad que Tomatito le concedió un carácter singular a la parte de la guitarra, pero pareció algo premioso, fuera de sitio, a excepción de algunos momentos del evocador tema del Adagio y de ciertos pasajes del tercero, liberados del constreñimiento antes comentado.  

   El ballet de La gitanilla de García-Abril le sirvió a González-Monjas para afrontar una orquestación de sugerentes colores, en la que no dejaron de surgir afortunadas contraposiciones entre las secciones de la orquesta, cierto ambiente impresionista y el lirismo propio del Adagio gitano.

   La interpretación del Capricho español de Rimski-Kórsakov, (la obra que el director recuerda como la primera que le marcó escuchándola en un casette) da validez al comentario general que sobre el director se expresa tras pronunciarse sobre la interpretación de esta obra. La llevó sin dar tregua, con una rítmica imparable, de timbre muy marcado, en un casi continuo vivo estrepitoso del que parte con la Alborada. Pudo necesitar alguna matización, pero no le faltó coherencia y un saber llevar el pulso vibrante elegido sin decaer ni un instante.


   En todo caso Roberto González-Monjas destacó por dirigir sin desviarse de su planteamiento inicial y por una originalidad que, sin salirse de los cánones, huyó de lo rutinario. Dejó la sensación de poseer un talento que ha de ir a más, algo de lo que este concierto resultó ser un anticipo. Señalar también la labor del concertino, la fanfarria de trompetas y trompas, la actuación del arpa, con sus glissandi, la flauta, el violonchelo, el oboe y las castañuelas de mano, en una actuación que tuvo mucho de festiva, dicho en el mejor sentido de la palabra.

Foto: OSCyL

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