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Crítica: «Romeo y Julieta» de Gounod en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

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Autor: Gonzalo Gálvez Espinoza
2 de septiembre de 2026

Crítica de Gonzalo Gálvez Espinoza de la ópera Romeo y Julieta de Gounod en el Teatro Municipal de Santiago de Chile, bajo la dirección musical de Patrick Fournillier y escénica de Alonso Torres

«Romeo y Julieta» en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

Romeo y Julieta elegante y sensible

Por Gonzalo Gálvez Espinoza
Santiago de Chile, 25 y 27-VIII-2026. Teatro Municipal de Santiago. Temporada de ópera 2026. Romeo y Julieta. Ópera en prólogo y cinco actos (Charles Gounod). Yaritza Véliz / Isabela Díaz (Julieta), Ben Reisinger / Leonardo Sánchez (Romeo), Ramiro Maturana / Ismael Correa (Mercutio), Evelyn Ramírez / Pamela Zavala (Gertudris), Matías Moncada (Fray Lorenzo), Nicolás Noguchi / David Rojas (Tebaldo), Arturo Espinosa / Sergio Gallardo (Capuleto), Vanessa Rojas (Stéphane), Fabián García (Paris), Pedro Alarcón (Duque de Verona), Rodrigo Quinteros (Gregorio), Cristóbal Álvarez (Benvolio).  Orquesta Filarmónica de Santiago y Coro del Municipal de Santiago.  Director musical:  Patrick Fournillier / Christian Lorca. Director de escena: Alonso Torres.

   En un controvertido ensayo titulado La muerte de la tragedia, George Steiner da a entender que la recepción de la obra de William Shakespeare en Francia ocurrió tardíamente, recién hacia la segunda mitad del siglo XIX. Hasta entonces, influidos, entre otros, por Voltaire, los franceses veían en el dramaturgo inglés un mero «bárbaro hirsuto». Solo en 1827, una compañía inglesa llegó a París para representar, entre otros, el drama Romeo y Julieta (1597). Entre los asistentes a ese debut teatral se encontraba el francés Hector Berlioz, quien hacia 1839 compondría una sinfonía coral basada en esa obra de Shakespeare. Se dice que en los ensayos de esa pieza musical habría estado presente un joven Charles Gounod, el mismo que, casi treinta años después, en 1867, estrenaría en la capital francesa su ópera homónima sobre los enamorados de Verona. 

   Dos décadas después, en 1886, la Romeo y Julieta de Gounod tuvo su debut en Chile. Desde entonces, cinco producciones más se han realizado en este país: 1897, 1983, 2000, 2013 y, ahora, 2026. La presente temporada del Teatro Municipal de Santiago de Chile, en efecto, incluyó seis funciones de la obra, las que tuvieron lugar entre el 21 y 29 de agosto recién pasados. 

«Romeo y Julieta» en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

   Esta Romeo y Julieta, a cargo del español Alonso Torres —debutante como director de escena, pero de larga experiencia en el mundo operístico—, propuso una lectura de la obra más cercana a la tradición que a la ruptura, pero con sugerentes y novedosas claves. Se trató de una régie que expandió la partitura del compositor francés, no solo agrandando los espacios físicos en que se desarrolló la trama, como cuando la lámpara central se iluminó tenuemente y, por su reflejo, las butacas se convirtieron en parte del escenario, sino además rescatando la picaresca tan propia de Shakespeare, como cuando en la trifulca callejera un grupo de villanos avivó el desorden con picardía popular. 

   En esa misma línea, la escenografía, entregada a Antonieta Henríquez, presentó un fondo desnudo que permitió al espectador presenciar los movimientos de poleas y cambios de decorados, habitualmente disimulados u ocultos. La exposición de esa tramoya pareció honrar el afán shakespeariano de develar en todo momento el artificio frente al cual nos situamos. Desde el prólogo, en el que se revela anticipadamente el argumento de la historia, incluyendo el funesto desenlace de sus protagonistas, hasta las intervenciones del coro, que parecen estar siempre en compresión de lo que sucede y de lo que está por venir, la obra del inglés parece recordarnos constantemente que todo es ficción, aunque la historia nos conmueva ad lacrimas, cual si de la vida misma se tratase.

    El vestuario, encargado a Loreto Monsalve, incluyó atuendos donde se mezclaron épocas y estilos, en la idea de que la tragedia de los dos amantes es capaz de trascender todo tiempo y lugar, y siempre puede ser reinterpretada desde el presente. Su propósito, sin embargo, pareció, en algunos puntos, romper los equilibrios. La inclusión de una pintura de Eros y Psique en la armadura de Romeo aparece como un gesto pretencioso, por más que la idea de hacer dialogar la obra con el mito de la antigüedad clásica sea sugerente. Cuesta entender, por otro lado, por qué se vistió de rojo escarlata a Fray Lorenzo, no solo porque ese color está reservado a la jerarquía de la Iglesia y este es, por el contrario, un monje franciscano, sino además porque es confuso que el personaje que pretende conjurar la violencia y sus venganzas use el color que justamente las identifica y que ya venían anunciadas en los guantes que lucen tempranamente los integrantes del coro. 

   La dirección musical, a cargo del francés Patrick Fournillier, fue elegante y sensible, permitiendo que todo el lirismo de la partitura se desplegara contenidamente y las voces lucieran con todo el protagonismo esperado. 

«Romeo y Julieta» en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

   El rol de Julieta fue compartido por las chilenas Yaritza Véliz (21, 27 y 29) e Isabela Díaz (22, 25 y 28). Véliz debutó el papel en estas jornadas, meses después de habernos dejado una Mimí inolvidable en La bohème con que se abrió la temporada en Santiago de Chile. En su rol de Julieta (función del jueves 27), Véliz transitó con talento y sensibilidad desde la juventud y ligereza que demanda el personaje en el primer acto, hasta la fuerza, coraje y decisión que exigen el cuarto y el último de ellos. Isabela Díaz, por su parte, desplegó por fin su talento en este escenario donde no habíamos tenido ocasión de verla, y presentó (función del martes 25) una Julieta profundamente emotiva, especialmente, en la segunda parte de la obra, con una valiosa proyección sonora y un timbre adecuado para el estado y madurez que demanda el personaje a esas alturas de la partitura.

  Romeo estuvo entregado al estadounidense Ben Reisinger, como compañero de Yaritza Véliz, y al mexicano Leonardo Sánchez, como compañero de Isabela Díaz. Reisinger (función del jueves 27) entregó una interpretación vocalmente conmovedora, regalando unos agudos brillantes con una proyección firme y admirable. Leonardo Sánchez (función del martes 25), por su parte, deslumbró con una voz clara y apasionada, y destacó de sobremanera por sus dotes actorales, entregando un Romeo inquieto, a veces impulsivo, que con sus dinámicos movimientos corporales derrochó juventud, pasión y dolor cuando la partitura lo demandaba.

   Los numerosos artistas que cubrieron el resto de los elencos —la mayoría de ellos, chilenos— fueron solventes y emotivos, y nos recuerda que en la escena nacional existe un cuerpo talentoso de voces que pueden asumir con éxito y belleza el desafío de las producciones locales. Resulta imperativo, con todo, destacar, en la función del martes 25, el Mercutio de Ismael Correa, que entregó una Reina de Mab fresca, ágil y divertida, y el Tebaldo de David Rojas, que sacó aplausos con su talento vocal y dramático. Asimismo, en la función del jueves 27, el Capuleto de Arturo Espinosa, que demostró en escena una comunión especial con Julieta, lo que no resulta fácil para un vínculo paternofilial tan complejo como el descrito por Shakespeare, y la Gertrudis de Evelyn Ramírez, artista que, con su presencia y talento vocal, entrega siempre personajes entrañables. A su vez, Vanessa Rojas, presente en ambos elencos, interpretó un Stéphane fresco y juvenil, e integró con creatividad a su caracterización la muleta que, coyunturalmente, ha tenido que usar.

«Romeo y Julieta» en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

   En sus memorias, Hector Berlioz confiesa que en 1854, después de haber compuesto la sinfonía coral basada en Romeo y Julieta, un desconocido —que, luego se enteraría, resultó ser el chambelán del príncipe de Lippe-Detmold—, le propuso escribir una ópera basada en esa historia. Berlioz objetó la idea con una pregunta: «¿dónde están los dos artistas capaces de cantar e interpretar los dos roles principales? No existen», le respondió al camarlengo.

   En cierto sentido, Berlioz era ya consciente, muchos años antes de que Gounod siquiera escribiera la partitura de la ópera cuyas funciones acaban de terminar, de una dificultad plenamente vigente: ¿cómo representar con credibilidad y sensibilidad a una joven que, obligada a optar entre su deseo y la prescripción paterna, prefiere, incluso en la duda, su soberanía?, ¿cómo representar convincentemente a una Julieta que pasa de ser esa joven grácil que quiere vivir el sueño que la embarga a ser esa mujer que ve en el puñal su socorro?, ¿cómo representar, en fin, con el dramatismo preciso, el momento de la duda frente al veneno, pero a la vez, el coraje revivido para beberlo en nombre del amor? 

   Lo que Berlioz no sabía en ese momento era que, un poco más tarde, Gounod legaría al repertorio operístico universal una Julietadesafiante, sensible y convincente, ni que ese rol sería interpretado con reconocido logro por sopranos de la talla de Mirela Freni, Angela Gheorghiu o Nadine Sierra. Lo que Berlioz tampoco sabía era que, casi doscientos años después, en Santiago de Chile, una soprano nacional llamada Yartiza Veliz nos dejaría en la memoria una Julieta talentosa y sublime. De haberla conocido, el chambelán se hubiera llevado, quizás, otra respuesta.

Fotos: Teatro Municipal Santiago de Chile (facebook)

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