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ROSA TORRES-PARDO, pianista: 'Parece que si has trabajado con una cantaora ya no pudieras hacer nada más'.

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12 de junio de 2017

ROSA TORRES-PARDO, pianista: ´Parece que si has trabajado con una cantaora ya no pudieras hacer nada más´.

   Una entrevista de Álvaro Menéndez Granda | @amenendezgranda
En el estudio que Rosa Torres-Pardo tiene en su casa de Madrid, uno respira el arte nada más atravesar el umbral de la puerta. Carteles de conciertos, ilustraciones y dibujos originales, libros y más libros apilados sobre la mesa. Torres-Pardo nos recibe con amabilidad y nos muestra la preciosa edición, ilustrada por Eduardo Arroyo, que el sello «Calando» hizo de sus Goyescas. Durante una hora la pianista contesta a nuestras preguntas junto a su imponente Steinway gran cola; un piano que, según su dueña, pese a su tamaño ayuda a hacer muchas cosas que en un piano corriente no salen sin antes realizar grandes esfuerzos.

¿Procede usted de una familia de tradición musical?

Mi madre nos transmitió la música, a mi hermana y a mí, a través de la danza. Ella había hecho danza clásica, y después española. Tuvo un profesor ruso, que yo siempre digo que debió de ser alguno de estos rusos de Diaguilev que luego se quedaron por aquí. El caso es que ella nos cantaba y nos bailaba, y que cuando eres pequeño te bailen y te canten así te impresiona mucho. El canto y la danza siempre han estado presentes en mi familia, por eso yo siempre he tenido fijación con hacer música y danza, aunque luego al final es mi imaginación porque mientras tocas no puedes ver bailar; yo me imagino la coreografía, cuando toco construyo mis historias y mis escenas para darle una lógica e inspirarte. Y cuando por fin hice lo que quería hacer con Lola Greco [coreografiar la Iberia de Albéniz] me di cuenta de que no la podía mirar, ¡no me daba tiempo! ¡Después de todo aquel lío que monté y luego no podía verla bailar! [risas]

Estudió con Joaquín Soriano en Madrid, y posteriormente estuvo en Londres, Nueva York y Viena. De las escuelas de élite como la Julliard de Nueva York siempre se dice que tienen un ambiente de competitividad muy duro, y de escaso compañerismo. ¿Es cierto? ¿Cómo lo vivió usted?

No sabría decir si es competitividad, pero es un ambiente frío. Cada uno va a lo suyo y no se genera ese compañerismo. Aunque hice algunas amistades, en la escuela como tal no se propiciaban las relaciones entre compañeros. Por eso me fui, por la frialdad. Me fui a Viena, que también era otra historia.

Cuénteme.

En todos los sitios en los que estuve disfruté muchísimo, pero uno siempre se imagina las cosas de otra manera. Crees que el gran maestro te va a solucionar la vida y no es así, eres tú mismo el que tiene que pelear por aprender; no sólo aprendes de los maestros, también de los compañeros y los colegas. Creo que tuve mucha suerte de vivir experiencias distintas en lugares muy diferentes, ese salto de Nueva York a Viena fue el día y la noche. Vivir en la ciudad de Mozart, de Schubert, fue muy interesante.

Desde el punto de vista de la formación, ¿considera que fue determinante para usted salir de España?

Sí. No es que sea imprescindible para ser un gran pianista, nunca se sabe. La formación desde niño es fundamental, tus primeros profesores. Y yo creo que ahí sí he tenido suerte. Pero hay que salir por muchas otras razones, aunque sólo sea por ver el nivel que hay fuera, que es tremendo, y por curtirte, simplemente. Creo que cualquiera debe salir, no sólo los pianistas.

Siempre se ha vinculado su nombre a la música española. Me llama la atención que después de haber visto mundo, se haya centrado en la música “de casa”.

Cuando no estaba pensando en la carrera, el programa, el repertorio que había que hacer, tocaba lo que nos imponían en el conservatorio. Me gustaba mucho tocar Prokofiev, Stravinsky, la música rusa en general, y Bartok. He tocado mucho esa música, creoque me parece un lenguaje muy cercano. La música española, como digo, me vino de mi madre, que nos la bailaba y nos la cantaba. Y está la circunstancia de que, además, me la han pedido. Pero en este encorsetamiento que hay en nuestro mundo parece que si he trabajado con una «cantaora», resulta que ya no puedo hacer otra cosa, y no, no es así; la música es mucho más. Yo toco Prokofiev, Stravinsky, Beethoven, pero a veces también la vida te lleva por unos caminos que merece la pena recorrer. Estoy orgullosa y feliz de haberme dedicado a eso.

Es verdad que una parte de su actividad implica la presencia de otras artes. ¿Cuál es el origen de esas actividades multidisciplinares?

A mí el canto me ha gustado desde siempre, y he cantado toda la vida. Yo quería haberme dedicado al canto, pero hubo que decidir. Son mundos muy distintos con necesidades opuestas, y siempre me ha quedado la inquietud por el canto. En el caso de mi trabajo con Rocío Márquez, yo la conocí en un concierto privado y me pregunté inmediatamente cómo haría ella las Tonadillas. Ella escuchó entonces la versión de Victoria de los Ángeles y dijo “¿qué tiene esto que ver conmigo?” [risas]. Luego vino a casa, se las canté dos octavas por debajo [ríe de nuevo] y me dijo “ahora sí lo entiendo”. Y entonces hizo su versión. Una versión libre, maravillosa. Es como hacer el camino que hicieron Granados o Albéniz pero a la inversa. Lo mismo sucedió con la Iberia, la descompusimos y sacamos todo lo que hay dentro, el pito, la jota, la tarara. Para mí eso es Iberia, eso es la música española. Lo popular, el canto, el baile. Está todo en la Iberia. Me entusiasmó hacer ese trabajo. Igual que me entusiasmó aquel proyecto con José Carlos Plaza, Ana Belén y Luis García Montero. Se llamaba «La vida rima» y se trataba de explorar la continuidad de un arte en la otra, la música se extendía hacia la poesía.

¿Cree usted que esos proyectos diferentes, alejados de lo que se espera en un pianista, la han apartado del circuito actual de las salas de concierto o le han creado mala fama entre los especialistas en música seria?

Lo de la mala fama, casi me interesa que me lo digas tú a mí [ríe]. Yo creo que sí me ha sacado del camino, que este mundo nuestro es pequeño y que si ven que estás haciendo otra cosa pues dicen “ah, ésta se dedica a esto”. Si alguien piensa que por hacer un espectáculo con otras cosas estoy degradando algo, pues pobre de él. Pero sí pienso que muchos me ven en otras cosas. Cuando conocí las canciones de Albéniz me quedé fascinada de que un músico así  hiciera otras cosas fuera de lo español, en un lenguaje contemporáneo y moderno. Entonces hicimos un disco raro, The Caterpillar Albéniz Songs, lo que llamaban un crossover, con Marina Pardo. Ella hacía la parte clásica, yo lo hacía con la voz sin impostar. Y ahí se lió, hubo broncas entre unos y otros, y bueno… [risas]. No sé si ahora lo haría, porque me hubiera ahorrado algunos disgustos, pero en su momento me encantó hacerlo. Hay que asumir los errores y los aciertos, y siempre hay que elegir. Cuando escoges hacer una cosa dejas de hacer otra y yo no quise dejar de hacer lo que me apetecía.

La primera vez que escuché su nombre fue ligado a la suite Iberia, hace años ya. Pero, detrás de cualquier grabación de la Iberia acecha la sombra de Alicia de Larrocha. ¿Cómo se gestiona eso al trabajar la obra? ¿Cómo compaginar las influencias recibidas con las ideas propias?

Para mí Alicia ha sido un ejemplo y creo que todos nos hemos visto reflejados en ella. Sin embargo, cuando uno toca no puede emular otras versiones. Si tu pulso es otro, es otro. Mi pulso es muy distinto al de Alicia de Larrocha, siento la música de otra manera, pero me encanta que esté ahí y sea nuestro referente. Es un gran reto tocar la Iberia. Cuando llegas al final ya no ves con claridad, es una obra que pone a prueba tu resistencia.

Hábleme de su rutina de trabajo al piano.

En época de conciertos estudio mucho. Lo que pasa es que mi tiempo se tiene que dividir entre las muchas cosas que tengo que hacer. Hoy en día somos pluriempleados y gestionamos todos los aspectos de nuestra carrera. Únicamente cuando la cosa es dramática lo dejo todo y me dedico por entero a estudiar [ríe]. Hace poco tuve que retomar Goyescas y no hacía otra cosa más que tocarlas, hasta que estuvieron. Cuando tienes que aprender obra nueva, eso lleva mucho tiempo. A mí me gusta no tener que hacer las cosas en poco tiempo, me gusta aprenderlas poco a poco, se hace mejor y con menos angustia, aunque a veces surgen oportunidades de un día para otro y las tienes que hacer ya. Normalmente aceptamos esos pequeños retos, con mayor o menor riesgo, pero en esos casos todas las horas del día son pocas.

Hay pianistas que montan una obra en una semana y otros que necesitan mucho tiempo. ¿De qué tipo es usted?

Yo estoy entre medias. Si debo hacerlo en poco tiempo, lo hago. Sólo debes proponértelo. Es angustioso y bonito al mismo tiempo.

¿Tiene algún método especial para ejercitar la memoria musical?

Por una parte la repetición es fundamental. Hay una memoria subconsciente que hace un trabajo de base imprescindible, y luego naturalmente pensar y analizar la estructura. Hay mucho de matemático en esto. Dos veces esto, tres veces esto otro. Hay una cierta asociación con los números. Un problema que tenemos en España es la lectura. Cuando llegué a Nueva York había una asignatura que era Keyboard Studies que no puedes imaginarte lo que era. Lectura a primera vista y transposición. Yo me quería morir, los ejercicios se hacían sobre cuatro pentagramas, no sobre dos. Ahí me di cuenta de que hay una falta de base en nuestros estudios.

Está claro que el repertorio español le va bien, se siente cómoda con esta música...

[Me interrumpe] Bueno, cómoda cómoda… [ríe] Si has tocado la Iberia ¡sabrás que es la cosa más incómoda del mundo!

Por supuesto. Mi maestro siempre lo decía. Pero lo que yo quería decir es que muchas veces tocamos un repertorio por nuestros compromisos, agenda, conciertos, etc. Pero quiero saber qué repertorio le gusta tocar cuando no tiene compromisos, repertorio que trabaje únicamente por el gusto de hacerlo.

Ahora estoy con las Romanzas sin palabras de Mendelssohn. Son maravillosas, hay algunas tan bonitas. Estoy trabajando una que Emil Gilels toca como un dios. ¡Pero es que tenemos tanto repertorio! Nunca se acaba. Me gusta mucho Schumann, Brahms, Chopin por supuesto, aunque me identifico más con Schuman y Brahms, los alemanes más densos. Voy a hacer unas piezas de Strauss que quiero añadir a los Melodramas, porque, si no, la música se queda un poco corta. Schubert me encanta, las sonatas, los impromptus. Shostakovich es algo fuera de serie.

A mí me parece complicadísimo.

Está muy bien escrito. Hay otras cosas más difíciles que no lucen tanto. Dos obras que tengo pendientes son la Fantasía Wanderer de Schubert y las Variaciones serias de Mendelssohn. Y no hay modo, porque como me van surgiendo otras cosas no me da tiempo a todo. He tocado los dos conciertos de Ravel. El Concierto para la mano izquierda está maravillosamente escrito.

¿Con qué tipo de pianos prefiere enfrentarse a un concierto? ¿Tiene preferencias?

Steinway siempre es el preferido, pero sí es verdad que Yamaha le ha superado en algunos momentos. Depende mucho de cada piano y de la acústica de cada sala. Durante un tiempo, cuando estaba haciendo el trabajo con Lola Greco, Yamaha me llevaba el piano y el técnico a todas partes. Me ponían un piano maravilloso, yo estaba encantada. Aunque la realidad es que ese mismo piano no tenía que ver en una sala o en otra. Pero estaba encantada. Hasta que la crisis pudo con todo, claro.

¿Qué hay en su agenda para el futuro?

Pues ahora estoy preparando un quilombo, como dirían en Argentina, con «Acción por la Música» y el Aula de Música del Teatro Real. Estrenamos una cantata el día 4 de julio con cien niños que tienen toda clase de problemas. La idea es que la música les abra una puerta al mundo, que vean que hay otros mundos maravillosos por conocer. Estrenamos esta cantata de Sonia Mejías, con la orquesta, los niños, la puesta en escena. Un trabajo muy completo. Luego sigo con Goyescas, las toco en La Rioja y en el Salón de los Alabarderos del Palacio Real. El 10 de octubre vuelvo a hacer las Goyescas en Conde Duque.

¿Cuál es su opinión respecto de las nuevas generaciones de pianistas? ¿Cree que hay demasiada máquina sin expresividad?

Hay un poco de circo. El que es máquina es máquina y el que es artista es artista porque no lo puede evitar. Sales a un escenario y comunicas o no comunicas. Lo que sí hay son pianistas espectaculares. Lo de Yuja Wang no me lo puedo creer. La miro y pienso si vendrá de otro planeta. Creo que tiene que ver con que los orientales tienen una capacidad mayor, flexibilidad, rapidez, etc. A lo mejor no en el arte, pero sí en eso. Lo que no quiere decir que luego no lleguen a ser artistas.

¿Y no será que los encadenan al piano desde antes de saber andar?

Sí, también. Cuando me has preguntado sobre la Julliard me he acordado de las practice romos. Los asiáticos eran imbatibles. Aquello estaba lleno de coreanos, japoneses, etc. Ellos cogían las salas y se pasaban todo el día. No te saludaban, eran fríos y duros. Yo aquello no podía soportarlo, no expresaban cómo se sentían. Lo resistían todo.

¿Qué pianistas españoles crees que están ahora destacando especialmente?

Hay muchos muy buenos y es imposible seguirlos a todos. Además de Perianes, Javier Negrín, José Menor, Judith Jáuregui, Eduardo Fernández, Isabel Pérez Dobarro. También Alexis Delgado, que seguramente no lo conoces pero que toca genial. Mehner ya es de una generación algo mayor, pero es un chico fuera de lo normal. Se ha creado una generación bestial de músicos que, desgraciadamente en muchos casos ahora se encuentran sin trabajo porque, ¿a dónde vamos, o a dónde no vamos? No hay sitio para todos.

Imagine que tiene delante a un joven pianista con talento. ¿Qué consejo le daría para abrirse camino en la música?

Lo principal es que se escuche a sí mismo. Le animaría a que siga su intuición, sin uno tiene que ser pianista no cabe duda que luchará por ello le digan lo que le digan. Lo único que puedo decirle es que haga lo que mejor sepa hacer, aquello de lo que más convencido esté y procure que no sea lo que hace todo el mundo, porque entonces las probabilidades se reducen. Creer en uno mismo y pelear. Todos estos jóvenes que he mencionado antes se han abierto camino a base de pelear muy duro. Y aún así han salido con muchísima más fuerza que los de nuestra generación. Entonces no había la cantera que hay ahora.

¿Cómo lo hizo usted?

Al principio hacía lo que me decían que hiciera, pero luego hice lo que me apetecía hacer. Un pianista se pasa la vida encerrado estudiando, sin fines de semana o vacaciones. Y llega un momento en que hay que hacer todas las asignaturas que uno tiene pendientes; yo las hice.

Foto: Álvaro Menéndez Granda

Autor:Álvaro Menéndez Granda
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