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Crítica: Rossen Milanov dirige obras de Sánchez Velasco, Rautavaara y Rachmaninov al frente de la Sinfónica del Principado de Asturias

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Autor: Aurelio M. Seco
22 de febrero de 2016

DE ESTRENOS

Por Aurelio M. Seco
Oviedo. 19/II/16. Auditorio de Oviedo. Temporada de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Director: Rossen Milanov. Obras de Sánchez Velasco, Rautavaara y Rachmaninov.

   La velada dio comienzo con el estreno absoluto de las Danzas flamencas de Daniel Sánchez Velasco, compositor asturiano y de la casa que conoce bien el idioma orquestal porque semana tras semana lo interpretó en el seno de la propia OSPA como uno de sus clarinetistas. Ahora, Sánchez Velasco parece haber dejado atrás el mundo de la interpretación para centrarse en la composición y dirección de orquesta, ya sin su querida Orquesta Clásica de Asturias, conjunto que creó con la ilusión de abrirse un camino en la dirección pero cuya trayectoria fue quebrada por la cruda realidad del mundo de la gestión y las malditas competencias. El compositor asturiano y residente en Córdoba escribió con estas Danzas flamencas un meritorio ejercicio de españolidad y españolismo en música, citando para ello la escala andaluza, sus ritmos pegadizos, determinadas piezas conocidas e incluso –nos pareció- algún fragmento de la Carmen de Bizet. El resultado es una obra de raíz flamenca, diseñada con esmero para ser escuchada y bailada, cuyo destino es servir de homenaje a Paco de Lucía, una tonadilla sinfónica desenfadada y colorista que podría haberse dirigido con más interés a la hora de destacar sus virtudes y más acierto para rematar sus bondades. Hubo algún final en las cuerdas realmente descuidado.

   Incantations para percusión y orquesta (fue un estreno en España), de Rautavaara, permitió reencontrarse con el que posiblemente es el más prestigioso compositor finlandés de la actualidad. Sucede con este país que se ha puesto de moda en los últimos años, de tal forma que hemos visto aparecer en el panorama internacional interesantes directores de orquesta, como Essa-Pekka Salonen  o Susanna Mälkki y compositores como Saariaho, -el Metropolitan ha seleccionado una de sus óperas, L’Amour de Loin, para la próxima temporada. Es la segunda ópera escrita por una mujer que programa el MET en toda su historia- y el propio Rautavaara, creador de escritura prolífica y evocadora. No nos gustó demasiado el tema pesante y enérgico presentado en estas Incantantions. La melodía y ritmo nos recordó a un paso de Semana Santa típico y tópico -un tanto destemplado en la orquesta-  de lenguaje farragoso y enmarañado, contrastante como el aceite y el agua con la evocadora expresividad del solista, el brillante percusionista Colin Currie, lleno de recursos técnicos y expresivos, interprete de gran personalidad que además se permitió el lujo de apropiarse puntualmente de las obligaciones de Milanov, al dirigirse a la orquesta para alterar su sonoridad. Ofreció de propina la obra Figment V para Marimba de Elliot Carter, magníficamente tocada.

   La Primera sinfonía de Rachmaninov ocupó toda la segunda parte del concierto. Es una obra muy atractiva, cuyas virtudes no siempre fueron bien entendidas por sus contemporáneos. Sin embargo, su impronta se ha dejado oír incluso en la música cinematográfica, hasta el punto de que es muy probable que James Horner, el gran compositor de bandas sonoras fallecido el año pasado, se haya inspirado en el recurrente motivo de esta sinfonía para idear el más característico de toda su obra. Es sabido que Horner solía repetirse a sí mismo con talento, y puede que lo haya hecho a través del alma de esta pieza, un tanto ansiosa y repetitiva pero de formas apasionadas y exquisitas. La versión nos pareció más enfática que refinada, más gruesa y concertada que dirigida desde el verdadero conocimiento de causa y la pulcritud expresiva.

   La pregunta es importante y oportuna. ¿Habría resultado mejor el concierto si el director hubiera aprovechado todos los ensayos puestos a su disposición? No es bueno que un director de orquesta sea conocido por no trabajar lo suficiente. Tampoco nos parece adecuado que esta costumbre ya casi se haya convertido en norma. Recuperemos, por favor, la idea de hacer de cada concierto algo especial y único para el público. Y trabajemos por ello.

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