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Crítica: Antología de zarzuela en el Palau de la Música, con Carmen Solís y Alejandro Roy

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Autor: Albert Ferrer Flamarich
16 de diciembre de 2014
Fotografía: Lorenzo Duaso

LA ANTOLOGÍA COMO FORMA DE VIDA

Por Albert Ferrer Flamarich
Selección de romanzas y duetos de zarzuela. Palau de la Música Catalana. Miércoles, 10/12/14. Romances d’amor. Carmen Solís, soprano. Alejandro Roy, tenor. Orquesta Sinfónica del Vallés. Rubén Gimeno, director.

   La zarzuela en Cataluña no existe más allá de entidades amateurs y puntuales incursiones de compañías pseudo-profesionales, que se atreven con montajes tan empáticos como deficitarios. Los perjuicios y la ignorancia de algunos consejeros y gestores culturales de este país han perjudicado la normalidad que sería deseable para el género. Incluso, la de la zarzuela catalana, también llamada Teatre Líric Català. Los principales centros y formaciones autóctonas sólo la programan en forma de antología, tal como lo hizo el pasado día 4 la Orquestra Simfònica del Vallès (OSV) en uno de sus conciertos extraordinarios de esta temporada. Es decir, al margen de la temporada estable que presenta tanto en la sede sabadellense como en la barcelonesa.

Tres datos

   La orquesta dedicaba este programa a Actua Valles, una ONG que lucha contra el Sida. Por otro lado, era ésta la última sesión de un recital que se ofreció anteriormente en dos poblaciones catalanas. Ello muestra la voluntad de difundir el repertorio y dar a conocer la actividad de la orquesta y la música en general allende las capitales.

   Por último, la orquesta abordaba un programa diferente por tercera semana consecutiva. Así pues, el limitado planning de ensayos hacía poco viable la exigencia de mayor sobriedad y de unos resultados que sobrepasasen la corrección y transparencia formal en la concertación de orquesta y el acompañamiento de las voces. Ahondar en la dialéctica de efectos como los del preludio de El tambor de granaderos de Chapí fueron méritos más espontáneos que premeditados. Las intenciones de Rubén Gimeno, se notaron en algunas de las romanzas y significativamente en el fraseo, el contraste de tiempo sin excesos en la agógica y en los matices de color del preludio de La revoltosa.

Solistas

   En un repertorio compuesto principalmente por romanzas y duetos de títulos del siglo XX brillaron la soprano Carmen Solís y el tenor Alejandro Roy, designado Premio Campoamor de zarzuela y ópera española. Reconocimientos aparte, son dos cantantes con una trayectoria estimable sobre los escenarios como demostraron los duetos “Caballero del alto plumero” de Luisa Fernanda o “Per tu Francina meva” de Canço d’amor i de guerra demostraron. Son dos voces con una amplitud lírica que, sin llegar a ser spinto, pueden enfrentarse a orquestas densas o puntualmente pasadas de decibelios (“Amor, mi raza…” de La leyenda del beso).

   La excelsitud de los agudos aseguró el éxito de la sesión, especialmente por parte del tenor. No obstante, su centro acusa una emisión tensa y fija que desmejora la proyección y el timbre, y que contrasta espectacularmente con los truenos vocales que lanza en el registro superior. Su fraseo es correcto pero monótono –ni sfumature, ni smorzature, ocasionales portamenti-, sin gradaciones dinámicas e insuficiente idiomatismo. No se puede cantar de la misma forma “Te quiero…” de El trust de los tenorios, “No puede ser” de La taberna del puerto y “De este apacible rincón…” de Luisa Fernanda. Roy se encuentra cómodo en el canto spianato, sin cambios sensibles de posición ni de color ya que tiende al attaco di gola. Es decir, a un canto con cierta emisión gutural. Insisto, los agudos, fijos o no, son otra cosa: espectaculares.

   La soprano Carmen Solís también tiene un agudo sonoro además de un centro con morbidez, a pesar de puntuales notas áfonas en el registro medio-grave. Gustó la habilidad de hacer medias voces y apanianamientos, el control de fiato y, sobre todo, la expresividad en piezas como “¿Qué te importa que no venga?” de Los claveles y “No corte más que una rosa” de La del manojo de rosas. Además exhibió un dominio del “gracejo” que perfeccionaban piezas como “La tarántula” de La tempranica y “Como nací en la calle…” de El barberillo de Lavapiés.

Maestro de ceremonias

   La velada estuvo amenizada por Lluís Cabal que intercalaba simpáticos parlamentos sobre los hits con la viola como músico de la orquesta. Aparte de matices e informaciones discutibles sobre lo explicado, L’aplec del Remei de Clavé se estrenó en 1858 no en 1859 como indicaban sus –también- notas al programa.

Fotografía: Lorenzo Duaso

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