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Crítica: «Rusalka» en el Palau de les Arts «Reina Sofía» de Valencia

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Autor: Raúl Chamorro Mena
12 de febrero de 2024

Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera Rusalka de Dvorak en el Palau de les Arts «Reina Sofía» de Valencia

«Rusalka» en el Palau de les Arts «Reina Sofía» de Valencia

Triunfo orquestal

Por Raúl Chamorro Mena
Valencia, 11-II-2024,  Palau de Les Arts Reina Sofía. Rusalka (Antonín Dvorák). Olesya Golovneva (Rusalka), Adam Smith (El príncipe), Maxim Kuzmin-Karavaev (Vodník-Ondno), Sinéad Campbell-Wallace (La princesa extranjera), Enkelejda Shkoza (Jezibaba), Manel Esteve (El guardabosques), Daniel Gallegos (El cazador), Laura Orueta (El pinche de cocina), Cristina Toledo, Laura Fleur, Alyona Abramova (tres ninfas). Coro de la Generalitat Valenciana. Orquesta de la Comunidad Valenciana.  Dirección musical: Cornelius Meister. Dirección de escena: Christof Loy. 

   Antonìn Dvorák tomó el testigo del «padre» de la Ópera Nacional checa Bedrich Smetana, autor de óperas como Dalibor, Libuse, El secreto y sobre todo, un título tan emblemático como La novia vendida.  El creador de la Sinfonía del Nuevo Mundo cuenta con un catálogo de once obras para el teatro lírico, entre las que destaca Rusalka -Praga, 1901-, única presente en el repertorio internacional. Esta ópera bebe del Mundo feérico y fabulesco, del cuento de hadas, con un personaje tan asentado en la literatura europea como la sirena, ninfa, u ondina, que pertenece a un reino intermedio entre los hombres y el de los espíritus, pues carece de alma. Un Mundo que anhela abandonar por el de los humanos, hacia el que se siente profundamente atraída especialmente por un sentimiento tan humano como el amor. La decepción, el choque con la realidad, debilidades y miserias de los humanos será trágico.

   En Rusalka encontramos una demostración de la inspiración melódica de Dvorák y de sus habilidades como orquestador que le permiten amalgamar las influencias Wagnerianas e impresionistas con la integración del folklore checo, todo ello con presencia de una fuerte pulsión postromántica.

«Rusalka» en el Palau de les Arts «Reina Sofía» de Valencia

   Olesya Golovneva es una soprano lírica justa con un centro hueco, sordo y opaco, que gana timbre en la zona por encima del pasaje. Sus agudos resultaron fáciles, proyectados y penetrantes, pero se canta con el centro. La bellísima y justamente célebre invocación a la Luna pasó sin pena ni gloria y el aria del tercer acto, que reclama un centro armado se convirtió en un fantasma sonoro a pesar del canto correcto de la soprano rusa, que, implicada en escena y entregada, tampoco puede presumir de carisma ni personalidad.

   Lo único salvable del insustancial príncipe de Adam Smith es la juventud, que se traduce en un timbre tenoril sano y lozano, así como en cierto arrojo en escena. Por lo demás, pudo apreciarse una emisión retrasada y una línea de canto insulsa donde las haya.

   La mejor del elenco fue la veterana Enkelejda Shkoza, que nunca fue una cantante fina, pero mantiene buena sonoridad, extensión y acentos, con los que confirió relieve a la bruja Jezibaba convertida en una taquillera vulgar en este montaje. Cierta robustez, tampoco excesiva, para un papel destinado a soprano dramática, demostró Sinéad Campbell-Wallace, ayuna de la innegociable sensualidad que debe tener a flor de piel la princesa extranjera y que tampoco mostró detalle canoro alguno.

   Curioso el caso del bajo Maxim Kuzmim-Karavaev, que en el Teatro Real, 2020, con el mismo montaje de Rusalka emitió una voz de cierta sonoridad y que ya en la Halka de Moniuzsko en versión concierto del pasado mes de Noviembre en el mismo recinto, pareció haber perdido gran parte de su voz. Efectivamente, en Valencia ratificó encontrarse en el chasis vocal, inaudible la mayor parte de la función e incapaz de dotar de un mínimo de autoridad a las advertencias del Vodnik u ondino, gran padre de las aguas. Sólidos en lo vocal y bien implicados en escena los secundarios Manel Esteve, Daniel Gallegos y Laura Orueta. Igualmente cumplieron las tres ondinas Cristina Toledo, Laura Fleur y Alyona Abramova.

«Rusalka» en el Palau de les Arts «Reina Sofía» de Valencia

   Magnífica la dirección musical de Cornelius Meister al frente de la orquesta del Palau de Les Arts, que volvió a demostrar ser la mejor del territorio Nacional. Sonido hermoso, aquilatado y calibrado, con bien perfilada diferenciación de planos orquestales y apropiada articulación el que surgió del foso. La batuta de Meister ofició bellos detalles sobre un tejido orquestal transparente y mórbido, aunque hubiera venido bien un mayor cuidado con las voces, no especialmente dotadas de sonoridad. Bien es verdad, que en el primer acto faltó algo de tensión teatral, pero el voltaje fue in crescendo durante los siguientes dos actos. Bien el coro en sus intervenciones en interno. 

   La puesta en escena de Christof Loy es la misma vista en el Teatro Real en 2020 y a la que me referí con detalle en la reseña de aquella ocasión. Sólo subrayar brevemente, que la misma prescinde casi por completo del elemento fundamental de la Naturaleza y del cuento de hadas. El aspecto mágico y sobrenatural como suele suceder en los montajes operísticos actuales también molesta al director de escena, que no es capaz de resolver adecuadamente, despojándole de toda su fuerza teatral, el conjuro de la bruja Jezibaba, convertida en una zafia taquillera del teatro, por el que Rusalka pierde la condición de ninfa acuática (en este caso se recupera de su tara física) para poder ser humana. La escenografía única para los tres actos de Johannes Leiacker muestra el interior de un teatro con las ondinas convertidas en bailarinas de ballet y Rusalka lisiada. Lo mejor del montaje es el bien trabajado movimiento escénico, además de acertar en el segundo acto con la orgía en la que contrasta adecuadamente la pasión carnal y superficial de los humanos con la ingenua ensoñación de amor puro y espiritual de Rusalka, que debe soportar que el príncipe caiga en los fáciles brazos de la princesa extranjera. Todo lo cual sella su absoluta decepción y la maldición que conlleva al no poder regresar a su vida de ondina anterior. Por supuesto, a Loy tampoco le interesa el elemento tan romántico de amor metafísico, que sólo puede plasmarse en el más allá y que de forma tan sublime consagra el espléndido y emotivo dúo final. 

Fotos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce / Palau de les Arts «Reina Sofía» 

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