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RUTH SLENCZYNSKA: «Cada sonido debe tener un color», una entrevista póstuma a la última alumna de Rachmaninoff

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Autor: Irina Soriano Kunetsova
1 de mayo de 2026

Codalario publica una entrevista inédita, condecida hace dos años por la legendaria y recientemente fallecida pianista Ruth Slenczynska y última alumna de Rachmaninoff, un documento póstumo realizado por la también pianista Irina Soriano Kunetsova en la que Slenczynska habla, sobre todo, de Rachmaninoff

Ruth Slenczynska

Ruth Slenczynska:  «Cada sonido debe tener un color»

Una entrevista de Irina Soriano Kunetsova
La muerte de Ruth Slenczynska cierra un capítulo irrepetible en la historia del piano. Con ella desaparece el último vínculo vivo con Sergei Rachmaninoff, no como figura distante, sino como maestro directo, como una voz transmitida sin intermediarios a través del sonido. Más allá de su trayectoria extraordinaria, su legado reside precisamente en esa herencia invisible: una manera de escuchar, de pensar el piano y de dotar a cada nota de una vida propia.

Hace dos años tuve la oportunidad de conversar con ella en una entrevista en profundidad que hoy, tras su fallecimiento, adquiere un significado especial. En un momento de la conversación, Slenczynska evocó lo que, según sus propias palabras, fue una de las enseñanzas más importantes que recibió de Rachmaninoff: cada sonido debía tener un color, una cualidad viva, casi orgánica, inspirada en la naturaleza. No se trataba de tocar, sino de hacer que el sonido respirara, que tuviera una identidad, una intención irrepetible.

Pese a sus 99 años en el momento de la entrevista, su claridad era absoluta. Lejos de cualquier discurso difuso o nostálgico, hablaba con precisión, con una lucidez casi desarmante. No había en sus palabras voluntad de idealizar el pasado, sino la conciencia de quien ha interiorizado profundamente una tradición y la mantiene viva en el presente. Su manera de recordar a Rachmaninoff no era la de una anécdota histórica, sino la de una experiencia aún activa, presente en cada reflexión sobre el piano.

Niña prodigio y artista precoz, su trayectoria atravesó prácticamente todo el siglo XX musical. Sin embargo, lo que definía su pensamiento no era tanto el recorrido biográfico como una coherencia artística poco común. Para ella, la técnica nunca fue un fin, sino el medio indispensable para alcanzar esa cualidad esencial del sonido: su color, su capacidad de sugerir, de evocar, de conectar con algo más allá de la propia partitura.

Nuestro encuentro tuvo lugar en un ambiente de serenidad y concentración absolutas. En cada respuesta, Slenczynska articulaba ideas que parecían surgir directamente de la experiencia, sin artificio, con una precisión que reflejaba toda una vida dedicada a la música. Más que respuestas, ofrecía una forma de pensar la música y el piano.

En esta conversación, inédita hasta ahora, emergen no solo sus recuerdos de Rachmaninoff, sino también su visión sobre la interpretación, la disciplina y el sentido profundo del arte pianístico. Sus palabras dibujan el retrato de una artista que entendía la música como un fenómeno vivo, donde cada nota, cada frase, debía contener un mundo propio.

Lo que sigue es una selección editada de aquella entrevista, en la que su voz —clara, directa y profundamente musical— permanece como testimonio de una tradición que, con su desaparición, se vuelve aún más frágil y, al mismo tiempo, más necesaria de preservar.

¿Cómo se siente al ser la última pupila viva de Sergei Rachmaninoff?

Es una gran responsabilidad: la de transmitir sus ideas y preservar su manera de entender la música. Haber trabajado con él me dio no solo sus indicaciones, sino también una comprensión más profunda de su pensamiento artístico, algo que siento el deber de mantener vivo y compartir con las nuevas generaciones.

¿Cómo era la personalidad de Rachmaninoff?

Para mí fue casi como un abuelo. Yo era una niña muy pequeña, tenía apenas nueve años cuando le conocí, y él me trató exactamente así: con una ternura especial, con paciencia, con una especie de protección natural. A veces se le imagina como una figura distante o severa, quizá por la profundidad de su música, pero mi recuerdo es distinto. Yo encontré en él a alguien cálido, atento y muy humano.

¿De qué se siente más orgullosa en su carrera?

De haber seguido aprendiendo siempre. Creo que eso es lo más importante en una vida artística: no pensar nunca que ya se ha llegado a un punto final. Cada día se puede descubrir algo nuevo, incluso en una obra que se ha tocado muchas veces. La música cambia con nosotros, y yo he intentado no perder nunca esa curiosidad. Seguir aprendiendo es lo que mantiene viva una carrera.

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«Yo encontré en Rachmaninoff a alguien cálido, atento y muy humano»

¿Cómo eran las clases con Rachmaninoff? ¿En qué se centraba? 

Las clases eran en París, y recuerdo que me hablaba en francés. No se centraba únicamente en corregir notas o detalles técnicos. Lo que verdaderamente le importaba era saber qué quería yo hacer con la música. Me preguntaba qué esperaba de una obra, qué quería decir con ella, qué había dentro de cada frase. Para él, una pieza debía cantar, debía hablar por sí misma, pero también debía pasar a través del intérprete. No se trataba solo de tocar correctamente, sino de encontrar una voz propia dentro de la obra.

¿Y en cuanto a la técnica? ¿Qué le enseñó que siga siendo útil hoy?

Hoy muchos pianistas piensan que lo más importante es construir una técnica perfecta, limpia, brillante, cada vez más clara. Pero esa no era la manera de Rachmaninoff. La técnica era necesaria, por supuesto, pero no era el objetivo final. Recuerdo que una vez toqué para él una de sus obras y me dijo que mi sonido tenía un mal color. Yo no entendí lo que quería decir. Era una niña, y aquello me pareció extraño. Pero entonces me enseñó que el sonido no es algo neutro: cada nota debe tener un color, una intención, una cualidad viva. Ahí comprendí que la técnica solo tiene sentido si sirve para crear sonido, para dar vida a la música.

¿Le enseñó alguna manera concreta de practicar? 

Sí. Insistía mucho en practicar muy despacio. Siempre muy despacio. Para él, tocar despacio no era simplemente estudiar las notas con cuidado, sino entrar realmente en la música. Cuando uno practica lentamente puede escuchar mejor, entender mejor las relaciones entre los sonidos, encontrar el peso, el color y la dirección de cada frase.

Ruth Slenczynska

«Rachmaninoff Insistía mucho en practicar muy despacio»

¿Es cierto que la primera vez que le usted le oyó tocar lo hizo extremadamente lento?

Sí, y fue realmente sorprendente. Yo escuché a alguien tocar muy despacio y no sabía quién era. Me llamó muchísimo la atención aquella manera de estudiar, tan concentrada, tan profunda. Después supe que era él. Fue una impresión muy fuerte, porque mostraba hasta qué punto su trabajo partía de la escucha y de la paciencia.

Hoy en día existe una gran tendencia a al virtuosismo, especialmente en Rachmaninoff. ¿Cree que se toca demasiado rápido?

No creo que se pueda responder de una sola manera. Es imposible respetar al cien por cien todas las indicaciones de un compositor, y de hecho el propio Rachmaninoff muchas veces no lo hacía, incluso con sus propias obras. Las personas cambian, evolucionan, y la interpretación también cambia con ellas. Él entendía eso. No quería una música muerta o fija. Quería que la música viviera. La velocidad por sí sola no significa nada si no hay una idea detrás.

Entonces, ¿cómo debería tocarse su música?

Hay que practicar muy despacio hasta encontrar la idea que Rachmaninoff quiso dejar en cada obra. No basta con tocar las notas, ni con dejarse llevar por la emoción exterior. Hay que descubrir qué está diciendo la música, qué dirección tiene, qué color necesita. Cuando esa idea aparece, entonces la técnica, el tempo y la expresión empiezan a encontrar su lugar.

«La velocidad por sí sola no significa nada si no hay una idea detrás»

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¿Cuál fue la lección más importante que le transmitió?

Que la música está dentro de ti. Cuando aprendes una obra siendo niño, esa música empieza a formar parte de ti, pero no permanece igual para siempre. Cambia contigo. La entiendes de una manera a los veinte años, de otra a los treinta, de otra más adelante. La música evoluciona porque tú evolucionas. Esa fue una enseñanza muy importante: no tocar desde fuera, sino dejar que la música crezca dentro de uno.

¿Qué consejo daría para tocar en público?

Tocar en el escenario debería sentirse como tocar para amigos o para la familia. Naturalmente, al principio puede dar miedo. Puede ser como si de repente un gato entrara corriendo en la habitación y te asustara: algo inesperado que te sobresalta. Pero eso se puede trabajar. Mi consejo es practicar también el hecho de tocar para otros: reunir a amigos, a familiares, acostumbrarse a compartir la música antes de salir al escenario. El escenario no debe ser un lugar enemigo, sino un lugar de comunicación.

¿Quiénes fueron sus grandes referentes?

Tchaikovsky, sin duda. Fue una inspiración enorme para él. También Anton Rubinstein, y por supuesto Horowitz, con quien mantuvo una relación cercana. Rachmaninoff sintió profundamente la muerte de Tchaikovsky; fue algo que le afectó mucho. Había en él una intensidad emocional que él admiraba profundamente en otros músicos.

«Tocar en el escenario debería sentirse como tocar para amigos o para la familia»

«Rachmaninoff sintió profundamente la muerte de Tchaikovsky; fue algo que le afectó mucho»

Aparte de Tchaikovsky, ¿tenía otros referentes como compositor?

Tenía muchos amigos compositores y conocía muy bien la música de su tiempo, pero Tchaikovsky ocupaba un lugar muy especial. Su admiración por él era profunda.

Su estilo es difícil de definir. ¿Cómo lo describiría?

Él nunca me dijo: «mi estilo es esto». No hablaba de sí mismo de esa manera. Pero si tuviera que decir algo, diría que siempre componía desde el corazón. Su música puede ser compleja, difícil, poderosa, pero en el fondo hay siempre una necesidad emocional muy sincera.

¿Tenía alguna obra favorita entre las suyas?

No. No podía elegir una sola. Creo que para un compositor cada obra pertenece a un momento distinto de su vida, y escoger una favorita no siempre tiene sentido.

¿Y cuál es tu obra favorita de Rachmaninoff?

Depende del momento en que me lo preguntes. Si estoy pensando en el repertorio con orquesta, diría el Tercer concierto para piano. Es una obra inmensa. Si pienso en un recital de piano solo, probablemente diría los Preludios. Hay en ellos mundos muy distintos, colores muy diferentes, una concentración expresiva extraordinaria.

«La música de Rachmaninoff puede ser compleja, difícil, poderosa, pero en el fondo hay siempre una necesidad emocional muy sincera»

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¿Le dijo algo especial sobre el Segundo concierto?

No especialmente, no recuerdo que me dijera nada concreto sobre esa obra. Pero es evidente que tenía un significado muy profundo para él. Es una música que nace de un momento muy importante de su vida, y eso se percibe: hay en ella una mezcla de vulnerabilidad y de fuerza, de oscuridad y de luz, que la hace especialmente humana.

¿Qué dirías que define su música?

Es algo muy personal. Para mí, él era casi un amigo que escribía música. No llegué a tocar toda su obra, desgraciadamente, pero elegí aquella con la que sentía una conexión más profunda. Quizá esa sea una forma de definir su música: uno se acerca a ella cuando siente que puede habitarla.

Siguiendo su legado musical, ¿cuáles cree que son las claves para conocer bien a Rachmaninoff?

Como ocurre con las personas: cuando conoces a alguien, puedes sentir una conexión o no. Con su música sucede lo mismo. No se trata solo de analizarla, aunque el análisis sea importante. Hay que escuchar si algo en ella te habla. Creo que todas sus obras le definen porque fueron creadas desde el corazón, desde el momento vital en que se encontraba.

¿Cree que sus manos influyeron en su manera de componer?

Por supuesto. Tenía unas manos extraordinarias, con distancias increíbles, y eso está en su música. Sus acordes, sus saltos, ciertas texturas pianísticas… todo eso tiene relación con su propio cuerpo al piano. Pero no era solo una cuestión física: esas manos estaban al servicio de una imaginación sonora inmensa.

Siendo contemporáneo de Schönberg y de una época que caminaba hacia el atonalismo, ¿por qué cree que Rachmaninoff sigue conectando tanto con el público?

Porque su música es profundamente humana. Hay en ella algo que las personas reconocen, incluso sin saber explicarlo. Puede gustar más o menos según cada sensibilidad, pero su manera de escribir desde la emoción, desde la memoria, desde la naturaleza y desde el corazón conecta con algo muy esencial. Por eso su música ha seguido viva y seguirá llegando a las personas.

Siendo su última alumna viva, ¿qué cree que pensaría Rachmaninoff de la «música clásica actual»?

No lo sé. Supongo que intentaría comprenderla. Él sabía que el mundo cambia y que la música también cambia. Quizá algunas cosas le sorprenderían, pero creo que escucharía con atención.

Ruth Slenczynska

«Lo importante no es solo el material, sino cómo se convierte en música»

¿Podrías decirme qué técnicas compositivas utilizaba?

Escalas y arpegios —decía con humor—. Gran parte de su escritura parte de elementos muy básicos del piano, pero transformados por una imaginación extraordinaria. Lo importante no es solo el material, sino cómo se convierte en música.

¿Qué le inspiraba a componer?

La naturaleza, sobre todo. La naturaleza era una fuente muy importante de inspiración para él. Y creo que eso tiene relación con lo que decía del color del sonido: la música no debía ser abstracta o mecánica, sino tener vida, atmósfera, paisaje interior.

¿Hay algo que crees que todavía no se sepa de Rachmaninoff y que merezca quedar para la posteridad?

Todos me preguntan siempre eso —respondía con humor—. Quizá lo más importante no sea encontrar un secreto desconocido, sino recordar que detrás del gran nombre había una persona. Un ser humano con alegría, sentido del humor, sensibilidad y una relación muy viva con la música.

¿Cómo se siente haber sido alumna de una figura como Rachmaninoff?

Es algo absolutamente increíble. Él era maravilloso, tanto como profesor como persona. Y era mucho más alegre de lo que muchas veces se piensa. Tenía un lado juguetón, le gustaba la velocidad, conducir rápido, bromear… y también tocar el piano con esa misma energía. No era una figura sombría; había en él vitalidad, humor y una gran humanidad.

¿Se sentía más pianista o compositor?

Dependía del estado de ánimo del día —decía entre risas—. Pero en realidad no había separación. Era todo en uno: pianista, compositor, músico integral.

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«La naturaleza era una fuente muy importante de inspiración para Rachmaninoff»

Y usted, Ruth, ¿cómo se define después de toda una vida en la música?

Me siento profundamente agradecida. Ha sido una vida intensa, muy llena, pero también muy rica. Poder dedicar mi vida a la música y compartirla enseñando por todo el mundo ha sido un privilegio.

¿Cree que la enseñanza del piano ha cambiado?

Sí, todo cambia constantemente. Pero lo esencial sigue siendo lo mismo: escuchar, aprender y buscar siempre algo verdadero en la música.

¿Cuál es la lección más importante, también a nivel vital, que le dejó Rachmaninoff?

Tocar cada nota tal como llega, vivirla plenamente en el momento. No anticiparla, no convertirla en algo automático. Cada nota tiene su tiempo, su peso, su color. Y, sobre todo, disfrutar de la música tanto como sea posible.

«Poder dedicar mi vida a la música y compartirla enseñando por todo el mundo ha sido un privilegio»

   Al terminar la conversación, quedaba la sensación de haber estado ante algo irrepetible. No solo por la figura histórica que representaba, sino por la claridad con la que su pensamiento seguía vivo, intacto, a través de sus palabras. En Ruth Slenczynska no hablaba únicamente la memoria de Rachmaninoff, sino una manera de entender la música que trasciende el tiempo: una forma de escuchar, de esperar, de dar a cada sonido su lugar. Hoy, tras su desaparición, ese hilo directo parece romperse. Y sin embargo, permanece. Permanece en sus enseñanzas, en quienes la escucharon, en quienes tocarán mañana con esa conciencia del sonido que ella defendía. Quizá ese sea, en última instancia, su verdadero legado: recordarnos que la música no es algo que se ejecuta, sino algo que se vive en cada instante. Porque, como ella misma transmitía, cada nota tiene un color, una intención, una vida propia. Y en esa forma de habitar el sonido, de dejarlo respirar y existir plenamente, sigue resonando —de manera silenciosa pero persistente— la voz de toda una tradición. Escucharla hoy es, en cierto modo, seguir aprendiendo de ella.

Fotos: Decca Classics

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