Crítica de José Amador Morales de la Orquesta Filarmónica de Estocolmo, con el violinista Pekka Kuusisto bajo la dirección de Ryan Bancroft
Tradición y modernidad con la Filarmónica de Estocolmo
Por José Amador Morales
Estocolmo, 7-V-2026. Konserthuset. Jesper Nordin: Convergence para violín, orquesta, electrónica en vivo con imágenes; Wilhelm Stenhammar: Midvinter; Aaron Copland: Primavera Apalache. Pekka Kuusisto, violín. Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo. Ryan Bancroft, dirección musical.
La presencia de la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo en la vida musical sueca trasciende, desde hace décadas, la mera actividad concertística. Fundada en 1902 y establecida en el Konserthuset, la agrupación se ha convertido en una de las grandes embajadoras culturales del país, vinculada tanto a la ceremonia de entrega de los Premios Nobel como a una importante tradición interpretativa. Por su podio han pasado grandes batutas del siglo XX, como Václav Talich, Antal Doráti, Gennadi Rozhdestvensky, Alan Gilbert o Sakari Oramo; desde sensibilidades distintas, todos ellos han ido construyendo una personalidad sonora que aúna precisión, refinamiento tímbrico y una especial sensibilidad hacia el repertorio nórdico. La llegada de Ryan Bancroft como director titular ha supuesto, además, una apertura aún más visible hacia programas más creativos y repertorios contemporáneos, sin renunciar a la elegancia inherente a la formación holmiense.
Otro de los grandes símbolos de la vida musical de Estocolmo es el propio Konserthuset Stockholm, el emblemático edificio azul diseñado por Ivar Tengbom e inaugurado en 1926 en la plaza Hötorget. Su fachada neoclásica depurada, casi soviética en su severidad, contrasta con la calidez interior de una sala principal concebida con un marcado sentido teatral del espacio. Allí, entre columnas, dorados discretos y una iluminación particularmente envolvente, la acústica ofrece un equilibrio muy agradecido entre definición y amplitud, favoreciendo la claridad de planos sin sacrificar densidad orquestal. No es difícil comprender por qué el edificio ha terminado convirtiéndose en uno de los grandes emblemas culturales de la capital sueca: además de sede de la Real Filarmónica y escenario habitual de grandes figuras internacionales, conserva ese aire ritual que cada diciembre proyecta al mundo durante la ceremonia de entrega de los Nobel.
El programa se abría con Convergence de Jesper Nordin, pieza concebida para violín, orquesta, electrónica y proyecciones visuales en estrecha colaboración entre el compositor, Esa-Pekka Salonen y el violinista Pekka Kuusisto, aquí también en calidad de solista. Resultado de una fascinación compartida por diferentes expresiones artísticas y géneros musicales - la música folklórica nórdica, la estética de los videojuegos de última generación o la tradición sinfónica -, la obra se estrenó en San Francisco en 2023 y constituye un encargo conjunto de la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo y la Sinfónica de San Francisco. Convergence, de algo más de media hora de duración, propone una experiencia de naturaleza casi performativa al explorar la interacción entre gesto, sonido y electrónica mediante una tecnología que permite al solista y al director activar recursos virtuales a través de sus movimientos, convirtiendo su audición - y visualización - en una experiencia única. Kuusisto asumió el reto con esa mezcla tan particular de virtuosismo desinhibido y teatralidad natural, superando el plano estrictamente interpretativo de la obra para asumirla de un modo casi corporal. Resultaron especialmente logradas las transiciones entre el violín acústico y las resonancias electrónicas, donde la orquesta respondió con notable flexibilidad a una escritura rítmicamente compleja, aunque siempre guiada por una clara intención expresiva. Ante el entusiasmo del público, Kuusisto ofreció además dos populares bises junto a Amus Kerstin Andersson, segundo violín de la orquesta: Gånglåt från Äppelbo, una de las melodías folclóricas más populares de Suecia, compuesta por el violinista rural Karl Johan Karlström (1826–1917), y Trad Gla'låten, una polska - probablemente el baile popular sueco por excelencia - de Pekkos Holmer.
La segunda parte se abrió con Midvinter de Wilhelm Stenhammar, uno de los referentes ineludibles del romanticismo escandinavo. Se trata de un poema sinfónico que, aunque concebido originalmente como cantata para coro y orquesta, no se programaba en el Konserthuset desde los años cincuenta, pese a la indiscutible belleza de la obra. La lectura de Bancroft, de gran fluidez y transparencia, favoreció un discurso que alternó claridad estructural con momentos de intenso lirismo, en un sonido idiomático muy afín al espíritu escandinavo de la partitura. Las cuerdas ofrecieron un sonido denso y bellísimo, uno de los momentos más logrados de la velada, mientras el violín solista y las maderas evocaban con delicadeza ese paisaje invernal nórdico, a medio camino entre el romanticismo y el sustrato folclórico tan característico de Stenhammar.
Finalmente, Appalachian Spring de Aaron Copland en su versión orquestal completa. Bancroft, claramente familiarizado con una de las obras que más ha dirigido a lo largo de su carrera, como él mismo señalaba en el previo al concierto, evitó cualquier tentación de enfatizar los aspectos meramente exóticos de la partitura y apostó por una lectura de gran fluidez y amplio desarrollo narrativo. Todo ello dio lugar a una lectura de amplio espectro expresivo, capaz de integrar la esperanza, la fragilidad y la tensión dramática que articula toda la obra; como en la célebre variación sobre el himno shaker, que aquí emergió sin afectación, sostenida por unas dinámicas sólidamente graduadas y no exentas de refinamiento. La Filarmónica de Estocolmo respondió con precisión rítmica y sentido del color (maderas y metales impecables) confirmando el excelente momento artístico de la formación sueca.
Foto: Filarmónica de Estocolmo
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