Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera Salomé de Richard Strauss en el Palau de les Arts de Valencia, con dirección musical de James Gaffigan y escénica de Damiano Michieletto
Esplendor en Valencia
Por Raúl Chamorro Mena
Valencia, 25-IV-2026, Palau de les Arts Reina Sofía. Salomé, Op. 54 (Richard Strauss). Vida Miknevičiūtė (Salomé), Nicholas Brownlee (Jochanaan), Michaela Schuester (Herodías), John Daszak (Herodes), Christopher Sokolowski (Narraboth), Lioba Braun (Paje de Herodías). Orquesta de la Comunidad Valenciana. Dirección musical: James Gaffigan. Dirección de escena: Damiano Michieletto.
Después de haberse consolidado como gran director de orquesta y magnífico compositor gracias a sus poemas sinfónicos, a Richard Strauss (1864-1949) le quedaba la asignatura pendiente de triunfar en el teatro lírico. Sus dos primeras óperas, Guntram y Feuersnot – La necesidad de fuego, no habían obtenido éxito, pero la tercera, Salomé, basada en la obra teatral de Oscar Wilde, que, a su vez, se inspira en el relato bíblico, escandalizó a toda Europa en 1905. Tanto la música, como el argumento, pleno de erotismo y sensualidad que culmina con la princesa idumea besando la cabeza inerte del Bautista.
Strauss recoge el drama musical Wagneriano y lo perfecciona mediante la creación de una obra perfecta en cuanto a concisión e imbricación texto-música-teatro. 100 minutos sin solución de continuidad que no dan respiro. Asimismo, el bávaro da una vuelta de tuerca a la gran orquesta sinfónica Wagneriana que, exuberante y suntuosa, asume el protagonismo y condición de motor del drama.
El Palau de les Arts de Valencia se ha apuntado un gran tanto con la presentación de esta versión de Salomé, que ha atesorado muchos quilates. Un gran nivel.
Magnífica la dirección musical de Jamen Gaffigan, aplaudido por los músicos desde su entrada al foso, lo que demuestra su gran relación con el que fue titular de la casa entre 2021 y 2025. Gaffigan supo combinar el sonido lujurioso, opulento, de cegador esplendor tímbrico, con los detalles y, muy importante, la claridad expositiva, algo que siempre subrayaba Strauss. El discurso orquestal vigoroso, compacto, pleno de fulgor y refinamiento tímbrico subrayó y potenció el drama, además de crear atmósferas -misterio, sensualidad, inquietud, turbación… - y trazó con destacado sentido narrativo una inexorable progresión dramática hasta el clímax final con esa escena conclusiva de la protagonista, de las más memorables de toda la literatura operística. La orquesta que ocupa el foso de Les Arts volvió a demostrar que es la mejor de España con muchísima diferencia.
Estupendo, asimismo, el elenco vocal. Vida Miknevičiūtė realizó una gran creación de la Princesa de Judea, una adolescente que se hace adulta mediante el descubrimiento del deseo sexual. Hija de Herodías y su primer esposo, Herodes Filipo, sufre el acoso lascivo de su padrastro Herodes Antipas, hermano del anterior y con el que ha contraído matrimonio su madre al quedar viuda. Miknevičiūtė se acercó mucho al modelo que quería Strauss “Una niña con la voz de Isolda”, pues estamos ante una voz timbradísima de color lírico, pero con cuerpo y una gran potencia y proyección, que no tuvo problema alguno para superar la barrera orquestal, pero también demostró flexibilidad. Asimismo, el timbre es claro, juvenil y lozano, lo que, combinado con la presencia escénica de la soprano lituana, moldeó una creíble adolescente, de gran carga sensual. A los agudos extremos, plenos y timbrados, les faltó algo de punta, de giro, pero el canto de la lituana es de escuela y su entrega y esfuerzo escénico resultó descomunal.
Notable, asimismo, el Jochanaan de Nicholas Brownlee, que dotó de material robusto, caudaloso y extenso y fraseo autoritario a las soflamas del Bautista. Puede ser el gran Wotan de los próximos años.
Poco importa el timbre poco grato e irregularidad de emisión del tenor John Dazsak, ya que caracterizó un Herodes de libro -medroso, lascivo, depravado- con dominio total del sprechgesang - canto hablado - mediante unos acentos tan variados como incisivos.
No le anduvo a la zaga la Herodías de la veterana Michaela Schuster, que aún conserva notas percutientes y timbradas en la zona alta y capacidad para sacar todo el jugo dramático a su papel.
Más flojo, por emisión engolada, timbre poco grato y falto de efusión lírica, el Narraboth de Christopher Sokolowski. La lujosa presencia de la veterana Lioba Braun en el corto papel del paje de Herodías se explica por la importancia que tiene en el montaje.
Efectivamente, la puesta en escena de Damiano Michieletto muestra una intensa tragedia familiar con abundante presencia de simbolismos y elementos psicoanalíticos. La princesa Idumea padece los abusos de su padrastro y es presa de enormes traumas infantiles. Ha perdido a su padre en la niñez de manera sangrienta y con, seguramente, implicación de su propia madre. El paje conoce la historia y lo sabe todo. De ahí su importancia en esta producción. El padrastro desea a la princesa, traumatizada por la carencia de figura paterna, con manifiesta procacidad y la muchacha ve en el profeta Jokanaan una figura cautivadora, que la provoca deseo erótico, pero cuyo rechazo rotundo no perdonará y exigirá su cabeza en una bandeja de plata. La luna es en esta ocasión una gran esfera negra, lo que probablemente simboliza “el Sol que se volverá oscuro como un mechón de pelo” que profetiza el Bautista.
En fin, el concepto es plausible y dentro de sus coordenadas y sin librarse de algún elemento discutible -esa escena final en la que Salomé parece besar la calavera de su padre, fruto de su obesión y traumas, y no la de Jochanann- el montaje está bien trabajado y eficazmente desarrollado y funciona teatralmente.
Fotos: Miguel Lorenzo / Miquel Ponce | Les Arts
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