CODALARIO, la Revista de Música Clásica
Está viendo:

Crítica: Roberto Abbado dirige 'Sansón y Dalila' en el Palau de les Arts de Valencia

  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter
  • txcomparte_whatsapp
Autor: Rubén Martínez
24 de enero de 2016

QUI DONC ÉLÈVE ICI LA VOIX

Por Rubén Martínez
Valencia. 23/I/16. Palau de les Arts. Sansón y Dalila, Camille Saint-Saëns. Gregory Kunde, Varduhi Abrahamyan, André Heyboer, Jihoon Kim, Alejandro López, David Fruci, Javier Galán. Dirección musical: Roberto Abbado. Dirección de escena: Carlus Padrissa. Orquesta y de la Comunidad Valenciana. Coro de la Generalitat Valenciana.

   "Qui donc élève ici la voix". Con esta frase hace su aparición Abimelech en el primer acto de la obra para truncar bruscamente las esperanzas de libertad del pueblo hebreo. Podriamos decir que hasta ese momento quienes habían levantado la voz eran un coro en estado de gracia, empastado y brillante especialmente en las secciones más agudas así como el instrumento tenoril de un Gregory Kunde en óptima forma vocal debutando un nuevo papel en un suma y sigue del que apenas podríamos encontrar parangón en la voracidad de un Plácido Domingo en lo que a acumulación de títulos se refiere. Lo cierto es que en ese momento Kunde había levantado algo más que su propia voz. A consecuencia de una lesión de cierta gravedad durante el periodo de ensayos (una fractura de tobillo) el tenor americano hizo su aparición en el "arrêtez, ô mes frères" literalmente a  varios metros sobre el escenario. La prescripción médica de someter su tobillo a estricto reposo creó la necesidad por parte de los responsables escénicos de idear este sistema en altura que también se empleó en la última escena del tercer acto así como una pasarela móvil a través de la cuál Kunde hacía su entrada y salida en la mayoria de sus escenas. Dada la caracterización grotesca de su personaje cual héroe de cómic esta solución no resultó tan alejada del concepto general de la puesta en escena hasta el punto de que seguramente un espectador que no fuera consciente de la incapacidad del tenor para deambular no hubiera sido consciente de esta solución de urgencia como ajena al diseño inicial de la propuesta.

   Gregory Kunde demuestra con cada nuevo debut su absoluto amor y devoción por su trabajo, con una prestación vocal y dramática tan segura que parecería que lleva cantando el rol durante años aunque apenas lleve un puñado de funciones. Músico impecable, la escritura de este Samson se adapta a la perfección a su características vocales actuales, con amplísimas lineas legato donde pudo demostrar un fiato de todo respeto así como un primer agudo de indudable pegada y un centro rotundo, de indudable atractivo y tintes spinto. Ejemplo de esta intachable musicalidad fue su ataque del si bemol en el "je t'aime" al final del duo con Dalila. Cuando muchos tenores emiten una especie de rugido para nada adecuado al contenido dramático del texto Kunde es capaz de hacer una messa di voce que se adapta a la perfección al momento teatral en cuestión. El artista mostró lirismo en la preciosa escena "vois ma misère" y poderio en el final del segundo acto luchando con holgura con la torrencial orquestación. Extraordinarios sonidos el "trahison" con el que concluye el segundo acto así como el "en ce lieu" que culmina la obra.

   La joven mezzo armenia Varduhi Abrahamyan también debutaba el rol de Dalila, siendo una artista habitual en el coliseo valenciano donde ya ha protagonizado varios papeles protagónicos. Su atractiva presencia escénica y su vocalidad suntuosa, densa y aterciopelada le han permitido cosechar un indudable éxito en estas funciones. Su instrumento es homogéneo, sin apenas cambios de color, con un uso del registro de pecho en la sección grave controlado y elegante, alejada de lo estentóreo. El instrumento es algo romo, sin especial punta, por lo que le cuesta atravesar la densa columna orquestal en más de una ocasión. Tampoco hace gala la armenia de especial desahogo en la zona aguda, escapándose como pudo de su "lâche" al final del segundo acto. En cualquier caso y al márgen de estos pequeños puntos de mejora Abrahamyan triunfó de forma indiscutible.

   Nos gustó mucho el barítono francés André Heyboer asumiendo el rol de Gran Sacerdote de Dagón. Heredero de esa escuela francófona de canto a lo Ernest Blanc y más recientemente de Alain Fondary o Jean Phillipe Lafont, Heyboer nos regaló una lectura menos vociferante de lo habitual en este papel y con una mayor dosis de introspección. El instrumento tiene los pros y los contras habituales de esta escuela, con déficit de squillo pero a cambio luciendo una carnosidad y homogénea fluidez en la transiccion entre registros. Es cierto que la escritura de su papel es irregular, con momentos de poca inspiración musical como el "maudite à jamais soit la race" o el "Dagon se révèle" del tercer acto, aunque no es menos cierto que su duo del segundo acto con Dalila es una de las páginas de mayor enjundia musical de esta partitura en la que pueden apreciarse reminiscencias del enfrentamiento entre Friedrich y Ortrud en el Lohengrin wagneriano o incluso del protagonizado por Aida y Amonasro en la Aida verdiana estrenada pocos años antes.

   El viejo hebreo de Jihoon Kim y su plegaria del primer acto fué una de las escenas más logradas de la propuesta cantando en platea a espaldas del maestro Abbado ofreciendo un sonido rocoso y timbrado no carente de cierta elegancia en sus modos canoros y con interesantes fundamentos en cuanto al legato se refiere.

   Interesante material el del bajo mexicano Alejandro López encarnando el rol de Abimelech. A pesar de estar situado al fondo del escenario su material se proyectó sin dificultad por la sala apreciándose un atractivo color en el registro central, sobre el que incide su ingrata pero relevante intervención.

   De lujo el mensajero de Emmanuel Faraldo, quién sacó el máximo partido posible a su minúscula intervención, luciendo un instrumento bien timbrado, de agradable color y ligando su frase en un solo fiato.

   David Fruci y Javier Galán como primer y segundo filisteo resultaron impecables musicalmente en unos compases más difíciles y traicioneros de lo que se pueda pensar.

   El maestro Roberto Abbado estrenaba su titularidad musical interpretando una partitura exigente, complicada, llena de contrastes, a medio camino entre ópera, obra sinfónico coral y oratorio con ciertos tintes de música cinematográfica. El sonido que produce la Orquesta de la Comunidad Valenciana es inigualable a día de hoy en el panorama operístico nacional algo a lo que también ayudan las características físicas y los materiales de una sala que proyectan en el espectador la masa sonora que surge del inmenso foso con un brillo y pureza inigualables. Abbado mostró algunas irregularidades en las cuadraturas de algunos números así como unos tempi en exceso marciales y monótonos, habiéndose agradecido una mayor paleta de contrastes dinámicos a partir de "c'est toi que sa bouche invective" o "mais non que dis-je hélas". Lo cierto es que su concepción de la obra estuvo presidida por amplias frases musicales que con solistas como los disponibles consiguieron cotas de expresividad y emoción de gran intensidad, por ejemplo en el celebérrimo "mon coeur s'ouvre à ta voix".

   La producción de La Fura dels Baus con Carlus Padrissa a la cabeza, estrenada en Roma en 2013, usa y abusa de los consabidos recursos marca de la casa. Proyecciones y proyecciones de componente más que repetitivo en no pocos casos así como la ya habitual clase práctica de escalada, arneses y cuerpos colgantes rotando sobre sí mismos. Demasiado ruido y pocas nueces en la escena de la bacanal, con operarios en exceso y un resultado estético bastante poco impactante. Primeros planos de Samson y Dalila, algunos números resueltos con acierto, como el incendio de las cosechas al final de la primera escena, mezclados con sobredosis de pétalos y estéticas florales en una huida hacia delante donde las ideas ya no daban más de sí. Curiosa esa especie de obsesión por invadir de acción momentos musicales como el interludio del tercer acto que sirve de transición entre el "vois ma misère" y la escena final de la obra, como si los registas experimentaran una especie de urticaria incurable en el hecho de que sólo haya música durante un breve espacio de tiempo introduciendo con calzador una especie de performance con actores camuflados en el patio de butacas incluidos. Todo con tal de quitar protagonismo a la dimensión musical de la ópera en una especie de competencia estéril y pueril.

Fotografía: Tato Baeza

  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter
  • txcomparte_whatsapp

Compartir

Publicidad

<< volver

Búsqueda en los contenidos de la web

Buscador

Newsletter

Darse alta y baja en el boletín electrónico