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Opinión: En memoria de Seiji Ozawa. Por Álvaro Cabezas García

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Autor: Álvaro Cabezas
9 de febrero de 2024

Artículo de Álvaro Cabezas García sobre Seiji Ozawa tras la noticia de su fallecimiento

Seiji Ozawa

En memoria de Seiji Ozawa

[Shenyang, 1 de septiembre de 1935 - Tokyo, 6 de febrero de 2024]

Por Álvaro Cabezas García
Tras conocerse el fallecimiento del director de orquesta japonés Seiji Ozawa como consecuencia de una insuficiencia cardiaca a la edad de casi 88 años y medio es pertinente honrar su memoria como estrella rutilante de la música que fue durante más de sesenta años de actividad artística.

Primeros años

Su padre era dentista y murió en 1970 tras una carrera de prestigio desarrollada en un pequeño estado japonés establecido en China (Manchuria, donde nació Seiji), y su madre falleció en 2002 a los 94 años de edad tras contemplar lo más meritorio de la carrera musical de su hijo. Ozawa tuvo dos hermanos, siendo uno de ellos escultor y su primera esposa fue la pianista Kyoko Edo (1937-2024). El matrimonio sólo duró entre 1962 y 1966; y posteriormente se casó en 1968 con Vera Ozawa, una exmodelo y diseñadora japonesa nacida en 1944. Con ella tuvo a sus hijos Seira (1971), ensayista y escritora y a Yukiyoshi (1974), un actor muy popular en la televisión japonesa. Tenía un nieto de casi diez años por parte de Seira.

   Sus inicios en la música fueron la solución para la familia en el difícil contexto de la posguerra mundial. Viendo las dotes musicales del joven Seiji su madre recordó que eran parientes lejanos de Hideo Saito (1902-1974), que regentaba una escuela y le escribió una carta al efecto para que acogiera a Ozawa como alumno. El mismo Ozawa se la llevó a él y, tras ser admitido, empezó a asistir a la Gakuen de Música Toho de Tokyo, donde su maestro le exigió muchísimo sobre todo desde el punto de vista técnico y con el aprendizaje machacón de piezas claves del repertorio de Mozart (el Divertimento KV. 136), o el Air de la Suite orquestal nº 3 BWV 1069 de Bach, obras que Ozawa tuvo grabadas a fuego durante toda su vida y dirigió en numerosas ocasiones en memoria de su maestro. A pesar de que practica el piano, una lesión en uno de sus dedos mientras hacía deporte, le empujó a la dirección de orquesta. Sin embargo, con un Ozawa de veinte años, la relación con Saito era tormentosa y cuando el joven Seiji decidió embarcarse en dirección a Europa le dio bastante dinero para su supervivencia. Toda la familia y amigos lo despidió con pena debido a que las distancias, en esos años, se consideraban insalvables y después de 62 jornadas de travesía llegó a Arlés y luego a París. Allí se dirigió al conservatorio nacional de música, donde le recomendaron presentarse al concurso internacional de Besançon, donde ganó el primer premio. Fue providencial que uno de los jueces fuera Charles Munch, director de la Boston Symphony Orchestra, quien, asombrado por el talento del muchacho, lo llevó a Tanglewood para que prosiguiera su formación.

   En el verano de 1960 ganó, favorecido por el propio Munch, el premio Koussevitzy para jóvenes directores tras una asombrosa interpretación de la Quinta sinfonía de Tchaikovsky. Y, ese mismo septiembre, conoció a Leonard Bernstein en el bar Riffifi, donde tocó el piano para él y se forjó una amistad para toda la vida. Tras pasar una prueba ante un comité de diez miembros, Bernstein lo acogió como asistente y se convirtió en su mentor y en un antecesor de su manera de tocar. Comenzó esa labor en abril de 1961, justo en la época de mayor actividad de Lenny al frente de la Filarmónica de Nueva York, en la que grababa y tocaba Mahler sin parar. Unos meses antes Ozawa había conocido a Herbert von Karajan, que también se convirtió en su mentor y del que aprendió a apreciar ese sonido «de entre las cuerdas», muy mullido, que fue su norte durante toda su vida y después quiso trasladar a Boston.

Seiji Ozawa y Karajan

Debuts y desarrollo con las más importantes orquestas de Estados Unidos y Europa

   Ozawa había debutado en 1954 con la Japan Philharmonic Orchestra, en 1958 con la Orquesta Sinfónica de la Radio Japonesa, en 1961 hizo lo propio con la Filarmónica de Nueva York, en la temporada 1962-1963 fue principal director invitado de la NHK japonesa (que le hizo el famoso boicot de abandonarlo sobre el escenario por su estilo occidentalizado, circunstancia que él aprovechó en su beneficio al ser apoyado por la intelectualidad nipona), en 1962 se estrenó con la Sinfónica de San Francisco (de la que fue director musical entre 1970 y 1977 y con la que prometió hacer lo mismo que había hecho Szell en Cleveland, creando el coro profesional en 1972 que la sirvió para acometer las grandes obras corales del repertorio sinfónico), en 1963 con la Sinfónica de Chicago (donde debutó reemplazando a Georges Pretre y con la que fue director musical de su Festival de Ravinia entre 1964 y 1968 y director principal en 1969 mientras eran directores titulares de la misma Jean Martinon e Irwin Hoffman, época de la que se conservan inolvidables grabaciones de suntuosas obras por parte de la RCA) y, en 1964 con la Sinfónica de Boston, de la que fue director titular entre el 28 de septiembre de 1973 y el 20 de abril de 2002 y también de su festival veraniego en Tanglewood (en 1970 fue nombrado director artístico y en 1974 director musical, inaugurándose una Sala de Música con su nombre en ese mismo espacio en 1994).

   Durante su mandato, Colin Davis, Tilson Thomas y posteriormente Bernard Haitink fueron los principales directores invitados. Además, su primera titularidad fue con la Toronto Symphony Orchestra entre 1965 y 1969. En Europa dirigió por primera vez en 1966 a las filarmónicas de Berlín y Viena y a la Nacional de Francia. Unos años más tarde lo haría con la Orquesta de París, de la que era consejero musical su mentor, Karajan. Creador de la New Japan Philharmonic (1972), de la que fue director principal, director artístico honorífico (1991) y director laureado (1999), necesitó al inicio de su carrera alguna ayuda de Eugene Ormandy y, ya con el correr de los años, mantuvo una privilegiada relación con la Orquesta de la Radio de Baviera, así como con el Maggio Musicale Fiorentino.

   Su presencia en Londres se resume en algunas y esporádicas apariciones con la Boston y la Saito Kinen y para numerosas grabaciones con la London Symphony y la New Philharmonia. Rara vez dirigió en el MET, pero sí dirigió mucho en Viena, de cuya Ópera Estatal fue nombrado director en 2002 y donde estuvo nominalmente hasta 2010. Aunque el Symphony Hall de Boston y el Avery Fisher Hall y el Carnegie Hall de Nueva York eran parte de su hogar, se le vio con regularidad en el Konzerthaus y la Musikverein de Viena, en el Théatre des Champs-Elysees de París, pero con mucha menos frecuencia en Salzburgo, Italia, España, Holanda o los países nórdicos. Al cumplirse una década de la muerte de su maestro Saito Kinen reunió a antiguos alumnos y condiscípulos en una orquesta dedicada a su memoria (Saito Kinen Orchestra) que hizo numerosas giras por Europa y Japón en los años ochenta y que se estableció como la base de un festival con el mismo nombre en 1992, renombrado en 2015 como Festival Seiji Ozawa, celebrado anualmente a finales de agosto en Matsumoto y que combinaba óperas y conciertos. Además fue el creador de determinadas iniciativas en su plaza fuerte de Japón como la compañía de ópera para niños y jóvenes Ongaku-juku (que celebra todos los años un festival en primavera), o de conjuntos de cámara como la Mito Chamber Orchestra o las Academias que, en Japón y Suiza, llevaron su nombre en los últimos años mientras se encargaban de interpretar cuartetos de cuerda.

Su repertorio: sinfónico, coral y ópera

   Pocas obras del repertorio sinfónico se le resistieron. Dirigió toda la producción de autores como Tchaikovsky, Stravinsky y Prokofiev, donde brilló como un auténtico especialista. Fue rey del repertorio francés, desde Berlioz a Ravel, pasando por Honegger y Poulenc y, por supuesto, Debussy. Aunque eso fue lo que más grabó, siempre estuvo dedicado al repertorio centroeuropeo: Bach, Haydn (dirigió casi todas sus sinfonías y obras corales), Mozart, Beethoven, y sobre todo Brahms (quizá su autor predilecto). Algo menos ducho fue en Bruckner y Wagner (del que sólo dirigió El holandés errante en Viena y Tannhauser en París y Japón, aunque sí dirigió, en versión concierto y en varias ocasiones el primer acto de La valquiria y el segundo de Tristán e Isolda. Le iba a la perfección con su carácter abordar los grandes poemas sinfónicos de Richard Strauss. Dirigió algo menos Mussorgsky, Scriabin y Sibelius, pero se obsesionó con Mahler, al que descubrió muy joven mientras compartía habitación en Tanglewood con José Serebrier (1938) que fue el primero que le mostró sus partituras.

   Empezó a estudiar la 1ª y la 5ª sinfonías y, ya después, durante su asistencia con Bersntein, lo acabó de conocer y quiso introducirlo ulteriormente en Toronto y San Francisco. Sin embargo, descuidó el repertorio italiano: de Verdi sólo dirigió el Réquiem en repetidas ocasiones y las Quatro pezzi sacri, Falstaff en la Ópera de París (1982), en Boston (1993) en Viena (1993) y con la Saito Kinen (2003) y, como una rareza, Ernani en Viena (1998 y 1999).

   No obstante, la historia de la música le debe a Ozawa el impulso que dio a la obra de Messiaen, a quien conoció en Japón en 1962 a cuenta del estreno allí de su Sinfonía Turangalila. Después, dirigió el estreno mundial de su ópera San Francisco de Asís en París. Muy destacables fueron los oratorios y grandes obras corales como Elías de Mendelssohn, la Gran misa de muertos de Berlioz o las pasiones y misa de Bach.

   Precisamente hablando de ópera, su debut lírico se produjo nada menos que en 1958 con la ópera El niño y los sortilegios de Ravel. En esa ocasión tuvo que sustituir a Akeo Waanabe (1919-1990) con la Japan Philharmonic. Sin embargo, la primera vez que asistió a una ópera fue con Las bodas de Fígaro que dirigía Karajan en Viena, quien le enseñó que el repertorio sinfónico y operístico eran las dos ruedas de un coche: las dos iban en paralelo. Y, aunque nunca dirigió ópera en Berlín, Ozawa planeó muy pronto una manera de acometer este repertorio: semiescenificando los títulos operísticos más populares para las distintas ediciones del Festival de Tanglewood y luego, cuando surgieron las oportunidades, pudo dirigirlas con soltura en París, Viena, la Scala (en las que actuó en cincuenta ocasiones con unas actuaciones de Turandot y Tosca que pasaron a la historia), o en Japón con sus propias compañías.

   Fue también un destacado defensor de la música contemporánea, realizando los estrenos absolutos o parciales de obras de Martinon, Bernstein, Takemitsu, William Russo, Panufnik, Messiaen, Henze, William Kraft, John Cage, Corigliano, Dutilleux o el consabido Messiaen.

Seiji Ozawa

Sus discípulos, asistentes y amigos

   Siendo el mejor director de orquesta japonés de su generación, la estela de Ozawa fue muy extensa en cuanto a sus discípulos y seguidores, muchos de los cuales desempeñaron el papel de asistentes en algunos momentos de su carrera: Kent Nagano lo era 1983 cuando Ozawa preparaba el estreno de San Francisco de Asís de Messiaen en la Ópera de París. Después lo fue Shuya Okatsu en 1996 con la Boston y en 1997 con la New Japan Philharmonic. Lo mismo ocurrió con Yataka Sado. Más adelante, Emmanuel Villaume le asistió en París y Stéphane Denève hizo lo propio en 1998 con la Saito Kinen; Chistian Arming en Boston y Tokio; Ilan Volkov en 1999 con la Boston; Paul Weigold en 2001 cuando asumió el cargo de director musical de la Wiener Staatsoper; Yuki Kachiuchi entre 2007 y 2008; Shizuo Kuwahara en 2008 con la Saito Kinen; Seikyo Kim, Yu Lu y Kazuki Yamada fueron los últimos en esta última fase de su mermada actividad musical y, como epílogo, le legó la dirección de su compañía de ópera juvenil al venezolano Diego Matheuz, que la lleva con buen tino.

   Además ejerció una auténtica mentoría sobre el hijo descarriado de Rudolph Serkin, Peter, desde 1965 y se codeó, fue ayudado, ayudó o disfrutó de la amistad de Abbado, Mehta, Barenboim, Weissenberg, Anne-Sophie Mutter, John Williams, Martha Argerich, Menuhin, Eschenbach o Rubinstein.

Rasgos de su personalidad

   Nada rutinario ni común, Bernstein le preguntó en público que de qué planeta venía, debido a su extraordinaria memoria; sin embargo, a diferencia de otros muchos directores o artistas de la música, no tenía pretensiones o se daba demasiada importancia, sino que cumplía con alegría convirtiéndose en el alma de la fiesta, conversando con todos. Era intenso, implacable y serio en la música como es humanamente posible, mostrando la lealtad en su forma más pura, luchando hasta la muerte por lo que creía justo y correcto, generoso en extremo, desafiante de la convención, pero conservador si había algo que merecía la pena conservar, dotado de un singular y prodigioso talento; un humanista, un hombre que amaba a la gente, que entendía a la gente y que era de la gente. A pesar de ser un hombre humilde, insistía en la búsqueda de la excelencia, con paciencia, fuerza moral y ética de trabajo y extraordinario poder de concentración. Su legendaria memoria era un regalo famoso en el mundo entero, pero también su sensibilidad, humildad y determinación. 

   Admitía, en las entrevistas con Murakami, que nunca consiguió, como Bernstein y Karajan, hacer sonar la orquesta como un conjunto. También admitió que se lo pasó mejor en los ocho años que estuvo en la Wiener Staatsoper que en los casi treinta de la Boston Symphony Orchestra. Según Murakami, Ozawa concentraba todas sus energías en aquello que traía entre manos, por lo que necesitaba desconectar del trabajo cuando no estaba trabajando. Tenía una manera muy peculiar de hablar, expresando con las manos y hasta cantando. El trabajo en sí se convertía, para él, en el primer motivo de satisfacción y pensaba que, aunque los resultados también eran importantes, el trabajo en sí era un premio insustituible.

   En esas entrevistas que conformaron un hermoso libro fue bastante sincero y franco, pero otras veces no quiso responder elegantemente. Su estilo de dirección fue inconfundible, incluso visualmente porque huyó casi siempre del frac utilizando el kimono, la yukata con el nombre bordado y el suéter de cuello cisne. Algo muy característico de él es que siempre usaba los calcetines rojos en honor de los Medias Rojas, su equipo preferido de Boston.

   Como reconocimiento de toda una vida dedicada a la música fue distinguido con los títulos de Caballero de la Legión de Honor Francesa (1999), con el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de la Sorbona (2004), con la distinción de ser académico de la de Bellas Artes de Francia, miembro honorario de las orquestas filarmónicas de Viena y Berlín y agraciado con los premios de la Toronto Symphony Orchestra, el MontBlanc, el Kennedy, el de la prefectura de Nagano, el Ciudadano de Tokyo, el de Takata, el del Teatro Musical de Austria en Grafenegg, o hasta el Grammy.

   Descanse en paz un maestro inmortal como Seiji Ozawa.

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