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Crítica: Semyon Bychkov dirige la ópera 'Parsifal' de Wagner en el Teatro Real de Madrid

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12 de abril de 2016

SÍ, VALE, PERO... ¡QUÉ MÚSICA!

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 9/IV/2016. Teatro Real. Parsifal (Richard Wagner). Christian Elsner (Parsifal), Anja Kampe (Kundry), Detlef Roth (Amfortas), Franz Josef Selig (Gurnemanz), Evgeny Nikitin (Klingsor), Ante Jerkunica (Titurel). Orquesta y coro titulares del Teatro Real. Dirección Musical: Semyon Bychkov. Dirección de escena: Claus Guth.

   El colosal testamento musical de Richard Wagner, festival escénico sacro como lo denominó su autor, es una obra plena de ambigüedades y que ha dado lugar a múltiples interpretaciones. Unas y otras convenientemente alimentadas por su creador, un hombre de gran inteligencia y sagacidad, además de convencido de su genialidad “di natura” y superioridad “erga omnes”.

   Cristiana o pagana, religiosa o todo lo contrario, antisemita o no, por encima de todo ello y más allá del significado que pueda encerrar la enigmática frase final “redención al redentor” y demás interpretaciones que puedan concurrir, resplandece una música maravillosa, de una inspiración casi sobrehumana, transcendente y hasta excesiva en su sublimidad.

   Volvía al foso del Teatro Real Semyon Bychkov, que después de su notable Elektra de 2011, completó otro gran trabajo, cabría decir que, incluso, superior. Obtuvo un sonido transparente, bello y refinado de la orquesta que respondió magníficamente en todas sus secciones, consiguiendo a las órdenes del maestro ruso un salto a la primera división. Muy seguros los metales, precisas y brillantes las maderas y una cuerda insólitamente empastada y sonora. Un tejido orquestal compacto, pero perfectamente equilibrado, pulido y balanceado con el escenario, en el que primaron la claridad y perfecta diferenciación de planos sonoros, sin ninguna concesión a lo estentóreo o aparatoso. La emoción y el sentido de la trascendencia estuvieron presentes, qué duda cabe, pero quizás faltó un punto de suprema tensión teatral que puede ser la explicación, junto a lo discreto del reparto, para que el acto segundo no supusiera el clímax como suele suceder habitualmente, resultanto el acto primero el ápice de la representación. Sobresaliente la prestación del coro masculino y algo menor el femenino, que incluso incurrió en una inoportuna pifia en el peor momento, la fascinante escena final.

   La producción de Claus Guth presenta una dramaturgia ligada a la historia de Alemania, algo muy de moda últimamente en Parsifal. Con una escenografía basada en una plataforma que gira constantemente conforme avanza la acción escénica, se sitúa la misma en la Primera Guerra Mundial, en una especie de sanatorio que alberga heridos de guerra, enfermos mentales y epilépticos con un Gurnemanz convertido en una especie de fraile no exento de crueldad y que no duda en usar la fusta con los pacientes. Durante el preludio vemos a Titurel que nombra guardián del Grial a Amfortas ante el despecho de Klingsor que clama venganza. En el acto segundo vemos simbolizada la alegría festiva, despreocupada y decadente de la República de Weimar y al final de la obra, observamos a un Parsifal, el puro loco, ese redentor de la profecía,  convertido en la “nueva esperanza” en forma de ese líder militar salvador de la patria que ya sabemos a que abismo llevó al país. Amfortas y Klingsor terminan, congraciados, ambos apartados ante el nuevo orden.

   Más allá del “mensaje”, el montaje, bien pensado e inteligentemente planteado, resultó valioso y muy estimable por su cuidadísima ejecución teatral, la muy trabajada dirección de actores y caracterización de personajes.

   Ciertamente, en el llamado drama musical, y en general, las composiciones para el teatro a partir del último tercio del siglo XIX, elementos como la orquesta y el apartado escénico adquieren cada vez mayor protagonismo en detrimento de las voces, hasta ese momento, absolutas protagonistas del género.  Aún así, por mucha cuota que perdieran, tienen capital importancia en cualquier representación en un teatro de ópera y en su mediocridad radicó el talón de aquiles de este Parsifal.

   Absolutamente deficiente Christian Elsner en el papel titular. De emisión encajada en la gola, pródiga en nasalidades, en sonidos duros y esforzados, limitado de proyección, monótono tanto en el canto como interpretativamente y que mostró un envaramiento y falta de porte en escena, realmente desconcertantes. Todo lo contrario, Anja Kampe en el complejo papel de Kundry.  Lanzada, con una entrega sin tasa, pero con la que no logró compensar serias carencias. En primer lugar, una vocalidad caracterizada por la desigualdad, tanto de emisión, como de timbre, como de línea de canto. En segundo lugar, estamos ante una soprano lírica incapaz ante la tesitura híbrida de su papel, que bordea el terreno de la mezzosoprano. Centro insuficientemente nutrido, grave desguarnecido, agudos agrios y estridentes en una interpretación muy intensa dramáticamente, aunque no exenta de ciertos tintes vulgares, y que obtuvo las mayores ovaciones del público. Franz Josef Selig como Gurnemanz, el relator del Grial, resultó encomiable por oficio, intención en el fraseo y factura musical, pero, además de apretado en los ascensos, le faltó amplitud, rotundidad, volumen y empaste. Por caudal y presencia sonora destacó el Titurel de Ante Jerkunica, que exhibió el material de mayor fuste de todo el elenco. Muy curioso el caso de Detlef Roth, intérprete del fundamental papel de Amfortas. Atenorado, de timbre pálido y sin expansión, pero incapaz de emitir los agudos de barítono de su parte. Se podrá alegar que estuvo entregado y comprometido dramáticamente, pero no pudo soslayar con ello, tamaña “ausencia vocal”. Tampoco despuntó el Klingsor de Evgeny Nikitin con su voz gruesa, pero totamente gutural, opaca y de expansión limitada.

Fotografía: Javier del Real

Autor:Raúl Chamorro Mena
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