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Crítica: Recital de Seong-Jin Cho en el Festival de Granada

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Autor: José Antonio Cantón
21 de julio de 2021
Seong-Jin Cho

Etérea y fugaz sustancialidad

Por José Antonio Cantón
Granada, 17-VII-2021. Palacio de Carlos V de la Alhambra. . LXX Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Recital de piano de Seong-Jin Cho. Obras de Chopin, Ravel y Schumann.

   Como ganador del último Concurso Internacional de Piano Fryderyk Chopin del año 2015, el pianista coreano Seong-Jin Cho se ha presentado en el festival granadino como una figura emergente en la traducción del pensamiento musical del compositor polaco entendido como el «poeta del piano» por antonomasia, paradójicamente, desde un lenguaje musical herméticamente cerrado en sí mismo y, de alguna manera ajeno a los vectores románticos de su generación. Esta connotación, de aceptarse, implica la asunción del carácter singular de su creación pianística que determina un particular cosmos que atrae de manera subyugante a todo amante de este arte, sea cual fuere su posición y actitud ante él. De ahí que sea un autor proclive a ser traducido de variadas maneras según las diferentes inquietudes artísticas. Insignes intérpretes, que hayan quedado bien reflejados en la historia de la fonografía, como Horowitz, Rubinstein, Benedetti-Michelangeli, Zimerman, Argerich. Pollini o más recientemente Sokolov, han aportado mucho de su impronta personal al adentrarse en este compositor, sin que lleguen a perderse esos cánones subliminales que se sienten y presienten en su obra. Seon-Jin Cho, con una agilidad mecánica verdaderamente prodigiosa, se sitúa en un planteamiento, podríamos decir, trans-moderno que adelgaza la sustancia del discurso chopiniano dejando más impresiones que sensaciones. 

   Es así como este pianista afrontó la ejecución de los cuatro Scherzi que se presentaban como lo más atractivo y sustancial de su programa. Remarcando cierta intención de abstracción, inició el primero con una inquietante audacia expresiva que se iba a mantener a lo largo de su exposición, como queriendo marcar el ámbito estético en el que se desarrollaría su interpretación. Ésta se hizo enormemente melancólica en su aire lento central entrando de lleno en una especie de ensoñación que fue cantada con especial emoción. Sin especiales tensiones fue aproximándose al final para de forma fugaz tratar la recapitulación con una fugaz velocidad antes de la coda. Aunque pide otro tipo de apasionamiento, mantuvo la misma tónica en el segundo scherzo hasta que llegó una más contrastada reexposición, que vino a cargar de vitalidad su discurso, dejando una sensación de mayor plenitud en su escucha. En el tercero fue determinante el coral anterior al arrebato con el que expuso el final, generando un gran contraste. Lo mejor vino con el cuarto, dada la sobriedad y serenidad de su contenido más acorde con el planteamiento emocional del pianista. Sus aires de vals lento y barcarola centrales funcionaron con un estricto control tanto en pulsación como en pedal, que le daban al discurso ese sentido poético en sí sin más motivaciones que la búsqueda de una sugestiva sonoridad. Siguiendo esta línea, terminó su actuación con un bis ocupado por el segundo nocturno del opus nueve que expresó con muy delicada factura.

   El recital se inició con la Humoreske en si bemol, op. 20 de Robert Schumann que, ya de por sí, obliga a un contrastado planteamiento para alcanzar esa difícil coherencia global a la que debe aspirar todo intérprete que afronta esta colección. Se aprecia que sus avances en el concepto han progresado a lo largo de los últimos diez años ya que fue una de las piezas con las que Seong-Jin Cho se presentó en el Premio Tchaikovsky del año 2011 que ganó Danil Trifonov, -figura del piano que echamos de menos en el Festival de Granada desde entonces-. Transitó por el particular humorismo de esta obra con académica respuesta hasta que apareció el sentir romántico que pide Einfach und zart, que realizó con exquisito lirismo antes del agitado intermedio expresado sin demasiado contraste, en línea con el mostrado en el penúltimo episodio y la coda del último, demasiado entrecortada.

   La bisagra del programa la constituyó esa cumbre del pianismo raveliano cual es Gaspard de la nuit. Su versión estuvo más escorada a la sugestión que al dramatismo, queriendo resaltar más la sensación que el sentimiento, como ocurrió de manera clara y manifiesta en el episodio central, Le Gibet, perdiéndose la escenografía del cadalso, sustentada por la repetición de una nota que no terminó de generar esa sensación de dramatismo en su discurrir sincopado, que evidencia el balanceo de un cuerpo exánime suspendido en la horca. Finalmente cogió un huidizo camino en la exposición de Scarbo, no adentrándose en la ordenación del desorden que propone Ravel, ni llegando plenamente a la iluminación con que esta página es tratada por pianistas como Ivo Pogorelich o lo fue también por Andréi Gavrilov, en los mejores momentos de su tormentosa carrera. El carácter del pianismo que ofrece Seong-Jin Cho no favorece a la estremecedora expresividad que requiere este final así como al conjunto de la obra. Vendría después la música de Chopin para recomponer esta sensación plana y casi podría calificarse de insustancial que percibí en este Ravel extrañamente asistido en ornamentación, articulación, claridad y fraseo.

Foto: Fermín Rodríguez

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