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Crítica: Sergey Malov con la Orquesta Ciudad de Granada

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Autor: José Antonio Cantón
26 de abril de 2021

Concierto de contrastes

Por José Antonio Cantón
Granada. 23-IV-2021. Auditorio Manuel de Falla. Orquesta Ciudad de Granada. Director y solista de violín: Sergey Malov. Obras de Bartók, Mendelssohn y Schumann.

   Bajo el título de «Cuentos, versiones y misterios», la Orquesta Ciudad de Granada [OCG] presentaba uno de sus más esperados conciertos de la presente temporada con una nueva participación de Sergey Malov como director y solista, en esta ocasión con el violín a diferencia de su visita el pasado otoño que lo hizo con el curioso y esplendente sonido de su violoncello da spalla. La parte literaria del programa vino de la mano de Mendelssohn con su obertura La bella Melusina, op. 32 con la que se inició la velada, sirviendo para que la orquesta y el público conectaran con el sustancial espíritu romántico de este compositor tan determinante en la música alemana de la primera mitad del siglo XIX.

   Con una figuración cinética sustentada en una constante flexión de sus piernas y paralela evolución de su brazos, Malov conseguía que la fluctuante fascinación de su introducción por parte de la madera produjera una sensación análoga a la musicalidad de un continuado fraseo poético que se iba a mantener a lo largo de su interpretación, impresión que sólo fue interrumpida cuando dinamizó la tensión que pide el segundo motivo de esta obertura, lo que facilitó y mejoró la conjunción de la orquesta hasta su conclusión.


   Una gran expectación había despertado la escucha de la versión para violín del Concierto op. 129 que Robert Schumann escribiera originariamente para violonchelo. La impresión que produjo la exposición de su primer tema fue una especie de alteración del color orquestal acentuándose la diferenciación expresiva de los dos elementos concertantes, orientados en una novedosa experiencia de escucha si se tiene en cuenta la ya asumida por el oyente con el violonchelo. La brillantez del violín parecía quitar dramatismo al desarrollo, como si entrara en un espacio sonoro de diferente inspiración, adquiriendo mayor justificación con el sentido que dio Malov al realce del violín sobre la orquesta al hacer un claro contraste entre las voces agudas y graves de su instrumento. Alcanzó así uno de los momentos más estelares de su actuación al superar incluso el lucimiento técnico que le significó la interpretación del movimiento final, en el que paradójicamente vino a decaer la intensidad emocional que se percibió en los tiempos anteriores.

   El público reconoció las virtudes de la ejecución con un intenso aplauso al que respondió el músico ruso, con la intervención del concertino invitado, Raúl García, a hacer un pequeño anticipo del autor de la obra que cerraba el programa, Música para cuerda, percusión y celesta, Sz. 106 de Béla Bartók. Fueron los números 33 y 35 de los 44 Dúos para dos violines, Sz. 98 los que interpretaron con un condensado estilo camerístico y acusado sentido folclórico, contrastando la poética serenidad del primero con la controlada viveza rítmica de la danza rutena del segundo, convirtiéndose en otro de los momentos esenciales de la velada.


   Ésta culminaba con la mencionada anteriormente obra de Bartók que se erige en el gran repertorio orquestal como una de las cumbres de la música del siglo XX. La OCG aprovechó la oportunidad para adentrarse en el virtuosismo que ha de exigírsele a una formación de su historia y experiencia dando lo mejor de sí misma a un director que se esforzó por estar a la altura de una obra de absolutas referencias estéticas y técnicas. Es así que buscó siempre realzar el entramado contrapuntístico y la sonoridad cromática del Andante inicial, que obligaba a cada uno de los músicos a emplear un máximo grado de precisión y concentración que, en algunos momentos, no se veía reflejado suficientemente en las indicaciones y gestos provenientes del pódium.

   El hecho de que Malov tenía que atender a dos cuerpos orquestales contrapuestos y a la distinción de algunos pasajes antifonales llevaba a pensar en la exhaustiva preparación y complejo montaje que requiere esta obra, que siempre se quedan cortos por ensayos que se prevean y programen dados sus condicionantes de alto virtuosismo y de asunción emocional necesarios en cada uno de los músicos intervinientes. La cuerda de la OCG funcionó adecuadamente en el Allegro consecuente, impulsada por las réplicas pianísticas que agrandaba la resonancia. La percusión destiló detalles sónicos y tímbricos en el Adagio, creando sugestivas sensaciones en el oyente, pero que no llegaron a tomar cuerpo definitivo, quedándose en un efecto diferenciador de carácter pero nunca en ese otro integrador que da razón de ser a su complicado discurso. Finalmente, Malov afrontó la interpretación del último movimiento como una especie de liberación de la minuciosa intensidad del anterior para precipitarse desde su coda fugada a su descendente conclusión, más deseada que disfrutada como calma necesaria de un concierto lleno de contrastes.

Foto: Orquesta Ciudad de Granada

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