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Crítica: 'Sigfrido' de Wagner en el Teatro Campoamor de Oviedo bajo la dirección de Guillermo García Calvo

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8 de septiembre de 2017

¡VOTO A WOTAN!

   Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
Oviedo. 6-IX-2017. Teatro Campoamor. Ópera de Oviedo. Sigfrido, Wagner. Mikhail Vekua, Johannes Chum, Béla Perencz, Zoltan Nagy, Andrea Mastroni, Agnes Zwierko, Maribel Ortega, Alicia Amo. Concepto visual: Carlos Wagner. Dirección musical: Guilllermo García Calvo. Oviedo Filarmonía y Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias.

   Ópera de Oviedo dio comienzo a su temporada 2017-18 continuando con el ciclo de El anillo del nibelungo de Wagner. Le tocó el turno a Sigfrido tras el éxito sin paliativos de los dos títulos anteriores, dirigidos siempre en lo musical por Guillermo García Calvo, digno miembro de una estirpe de jóvenes y heroicos directores españoles que amenazan con marcar una época, no ya en España si no en Europa. Hay algo del destino en la relación de García Calvo con Oviedo. Si no nos equivocamos, aquí dirigió su primer concierto sinfónico en España, con la Oviedo Filarmonía, y su primera ópera, el Tristán, con la Sinfónica del Principado de Asturias. Wagner y García Calvo parecen haber nacido el uno para el otro. El director madrileño, Apolo en las distancias cortas pero Dionisos, o más bien Sigfrido sobre la tarima, aprendió en su día alemán -algo muy importante para dirigir este repertorio- la sonoridad wagneriana y el arte de la dirección de la mano de algunos de los mejores maestros de la actualidad, como Zubin MehtaPeter SchneiderChristian Thielemann -A quien asistió en su día en El anillo de Bayreuth- y Daniele Gatti. De Thielemann da la sensación de habérsele quedado una intensidad y exigencia artística por el sonido y la afinación, y pensamos que de Gatti sus virtudes a la hora de ensayar. Porque García Calvo, todo un Premio Codalario,  es uno de los pocos directores que a lo largo del año pasan por Asturias capaz de modificar, para bien, el sonido de las orquestas que dirige. Ya tiene mérito este grado de amor por el trabajo bien hecho en un mundo acostumbrado a la superficialidad y a aceptar lo que las orquestas dan por no molestar. El premio que ha obtenido en esta ocasión es nada menos que El anillo que nos está regalando a la espera del Ocaso de la última jornada, dentro de dos años. En Asturias aprendimos a valorar a Wagner en su día a través del Tristán que nos había enseñado Maximiano Valdés antes que García Calvo, y Valdés tiene virtudes pero no Wagner no es una de ellas. Después llegó el Tristán del madrileño como una revelación y ahora nos llega este Sigfrido de más de cinco horas, con las dos orquestas, Oviedo Filarmonía y Sinfónica del Principado de Asturias sobre el escenario. Ciento seis músicos, los que quería el compositor para que la sonoridad orquestal fuese el principal aliciente de una producción que contó con un buen reparto y una puesta en escena sencilla -un "concepto visual", de escasos medios e irregular resultado.

   Magnífico trabajo de las dos orquestas. Lo que no entendimos es el cambio de músicos de lugar según el acto. Nos sorprendió ver un concertino diferente en el segundo, entre otras cosas. Parece que se intentó con este reparto que todos los músicos tuvieran el mismo nivel de importancia. Lo primero es el arte de la música y una búsqueda de cierta unidad estética antes que el respeto por el ego. Sonando bien siempre, que no se diga que la orquesta sonó igual en el primer acto que en el segundo. García Calvo volvió a mejorar la sonoridad de la orquesta puesta a su disposición, dotando a la versión de un gran atractivo estético durante toda la función. La claridad expositiva y la búsqueda de la expresión de cada detalle de la partitura hicieron de esta música una delicia pictoricista, muy preocupada, preocupadísima en no tapar a los cantantes. Wagner es Wagner, ciento seis instrumentos son muchos y no hubiera pasado nada si el acompañamiento orquestal se hubiera inmiscuido un poco en el terreno de las voces. Incluso resulta apropiado. García Calvo resultó en esto prudente y delicado, obteniendo una versión elegante y refinada como pocas, que tampoco renunció a epatar. Fue magnífica la forma de dirigir el principio del tercer acto, y extraordinaria la manera de marcar los últimos compases de la partitura. Otra versión para enmarcar que pone a Oviedo en un lugar preferente por las cualidades del director. No ha elegido mal sus batutas la Ópera de Oviedo en este comienzo de temporada: García Calvo, Ramón Tebar, Óliver Díaz. Muy bien.

   Del reparto hay que hablar bien en conjunto. Y aunque nos imagináramos a Mime con más aristas y unas cualidades dramáticas más marcadas, Johannes Chum dio la talla del personaje y el nivel del resto de sus compañeros, que tuvieron en Mikhail Vekua una referencia, por voz e intención. Vekua impresionó con la forja de la espada, toledana si se quiere,  pues Wagner incluyó en el momento una recurrente cadencia española. El fuego -como metáfora- y España parecen una en la Historia del Arte. Apropiado en voz y actuación el Alberich de Zoltan Nagy. Resultó imponente, como no podría ser de otra forma, la voz de Béla Perencz para recrear los pasos del Viandante. Un Wotan de quilates. Como el Fafner de Andrea Mastron, ciertamente epatante por la profundidad de su voz. Agnes Zwierko lució una voz especial, tectónica, bien calibrada para Erda. Maribel Ortega resultó una convincente Brünnhilde, en un repertorio inusual para una cantante española. Tuvo mérito su interpretación. La participación de Alicia Amo como Voz del Pájaro del bosque nos pareció exquisita, de gran belleza. 

   La puesta en escena ofreció la oportunidad de presenciar una serie de proyecciones, algunas  bellas, a veces de movimientos hipnotizantes. No estuvo mal la idea de realizar proyecciones pero creemos que se cayó en una excesiva reiteración. El movimiento escénico tampoco nos satisfizo especialmente y creemos que la propuesta optó por un concepto demasiado abstracto que no hizo comprender mejor la obra. Hubiera estado bien que Carlos Wagner hubiera añadido algún elemento a la acción: un martillo, una lanza, una espada; algo. Tampoco era fácil el trabajo con tan poco espacio sobre el escenario, con la orquesta y el talento de Guillermo García Calvo como principales puntos de atención.

Foto: Iván Martínez / Ópera de Oviedo

Autor:Aurelio M. Seco
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