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Crítica: Simon Trpceski  en las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» de Oviedo

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Autor: F. Jaime Pantín
12 de febrero de 2026

Crítica de F. Jaime Pantín del recital ofrecido por Simon Trpceski en las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo

Simon Tprceski

Simon Trpceski ofrece un cálido recital en el Auditorio


Por F. Jaime Pantín
Oviedo, 8-II-2026. Jornadas Internacionales de Piano «Luis G. Iberni». Auditorio Príncipe Felipe. Simon Trpceski, piano. Obras de Beethoven, Grieg, Ravel y Tchaikovski.

   El pianista Simon Trpceski se presentó el pasado domingo en la que suponía su primera actuación en el ciclo pianístico Jornadas de Piano Luis G. Iberni. Importantes cambios en el programa inicial, con la sustitución de obras emblemáticas del repertorio como son la Sonata op. 31 nº 2 de Beethoven o la Sonata op. 36 de Rachmaninov por las 12 Variaciones WoO 71 de Beethoven o la Suite de Concierto sobre el Cascanueces de Tchaikovski realizada por Mihail Pletnev, alteraba de manera radical el perfil del recital soslayando las honduras dramáticas para presentar un conjunto amable y distendido en el que la magia raveliana de los tan fascinantes como complejos Valses nobles y sentimentales se erigía como auténtica obra de referencia de la misma forma que la encantadora Suite Holberg op. 40 constituía probablemente el momento álgido de la actuación de un pianista de calidad contrastada y personalidad peculiar, de gestualidad extrapianística muy acusada y que busca desde el principio el acercamiento directo y la interacción con un público que finalmente acabó expresando su admiración y simpatía tras la secuencia de cuatro bises de emoción intensa con los que cerró su actuación.

   Las 12 Variaciones en La mayor de Beethoven sobre la danza rusa de ballet La doncella del bosque de Paul Wranitsky fueron abordadas por el pianista macedonio con sencillez aparente que adquiere progresiva complejidad a través de un pianismo refinado que desgrana con claridad las nada desdeñables dificultades planteadas por el autor en una escritura que trasciende de la variación ornamental y exhibe considerable imaginación y variedad articulatoria, culminando en una coda de corte contrapuntístico de exposición transparente.

   La Suite op. 40, homenaje de Grieg a Ludwig Holberg en su segundo centenario, fue compuesta inicialmente para piano en 1884, siendo adaptada meses después para orquesta de cuerdas. No obstante, la versión inicial mantiene un encanto especial y fue un verdadero placer volver a escucharla en manos de un pianista plenamente identificado con su sabor arcaizante que Grieg tan bien supo combinar con la inspiración melódica y colorido armónico característico. Desde el arranque, en permanente ondulación de veloces arpegios, a la ceremoniosidad de una Zarabanda polifónica, la Musette preciosista, flanqueada por una Gavotte sensible y elegante a la trepidancia virtuosística de un velocísimo Rigodón, la versión de Trpceski fue una maravilla que tuvo su momento cumbre en un Air de mágica introspección y matices sublimes, con un increíble dominio del mezza voce que ilustró un discurso de belleza conmovedora en un recitativo infinito en el que la ascesis convive con la poesía sin renunciar al lamento apasionado y a la nostalgia.

   Es probable que los Valses nobles y sentimentales constituyan la obra pianística más enigmática de un Ravel que, tras la composición del Gaspard de la nuit tres años antes, era plenamente dominador de su lenguaje instrumental más complejo y fascinante. El refinamiento armónico alcanza aquí su máxima expresión y sutileza, hasta el punto de complicar notablemente la propia lectura de un texto tradicionalmente temido por los pianistas por su complejidad en este aspecto. El virtuosismo apenas está presente pero resulta evidente que se trata de una obra tan solo asequible a los grandes pianistas. Simon Trpceski posee los medios necesarios para hacer justicia a esta obra y así lo demostró, destacando precisamente por su capacidad de sutileza sonora y expresividad intensa. Busca contrastes muy marcados entre las diferentes piezas, con una acusada tendencia a la trepidancia en los valses rápidos, que resultan un tanto caricaturizados, y quizás se acuse en su versión un exceso de rubato en los más introspectivos, confiriendo una intensidad fuertemente romántica que probablemente atenúe el misterio que subyace en estos pentagramas. En este sentido fue precisamente el octavo vals el más logrado de su interpretación, epílogo que resume los valses precedentes en una visión caleidoscópica y fragmentaria que el pianista revela de manera admirable.

   En 1978, durante la VI edición del Concurso Tchaikovski de Moscú, el excepcional pianista Mihail Pletnev presenta su transcripción de concierto sobre El Cascanueces. Se trata precisamente de una transcripción y no de una paráfrasis, teniendo en cuenta su impecable adecuación al texto orquestal. La diferencia con respecto a la Suite para piano realizada por el propio Tchaikovski sobre su propia Suite orquestal op. 71 a de 1892- que es la que figuraba en el programa de mano del recital- radica en las piezas elegidas, no siempre coincidentes y que incluyen el Intermezzo y el Pas a deux que cierra la Suite en lugar del Vals de las flores. Además el eximio pianista ruso utiliza en su transcripción un lenguaje pianístico que -heredero de Liszt y Rachmaninov- aporta una riqueza y brillantez deslumbrantes y por algo su transcripción es la que se ha impuesto en el repertorio actual.

   Un gran pianista como Simon Tprceski se siente como pez en el agua en una partitura de este tipo y su lectura resultó fastuosa por colorido, virtuosismo atlético y pasión intensa. Ante el entusiasmo de un público ya entregado regaló cuatro bises: la conocida Valsa da dor, de Villalobos, con la emoción añadida de la dedicatoria a las víctimas del reciente accidente ferroviario; el Precipitato final de la Séptima Sonata de Prokofiev, velocísimo y de tensión paroxística; la última de las Improvisaciones de Poulenc, Homenaje a Edith Piaf, especie de canción ligera refinada que Tprceski tocó con preciosismo y sensibilidad sin asomo de sentimentalismo y el arreglo de una canción popular de su país que puso fin a un cálido y cercano recital que el pianista terminó como comenzó, aplaudiendo al público.

Foto: B Ealovega

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