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Crítica: La Sinfónica de Castilla y León inicia su temporada 2017/18 bajo la dirección de Andrew Gourlay

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Autor: Agustín Achúcarro
10 de octubre de 2017

 SENSACIONES DISPARES

   Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 5-X-2017. Auditorio de Valladolid. Temporada de la OSCyL. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Berlioz: El carnaval romano, op. 9. Mendelssohn: Sinfonía nº5  en re mayor, op. 107 “Reforma”. López Estelche: Partita para orquesta. Resphigi: Pinos de Roma. Dirección: Andrew Gourlay.

   Obras de cuatro compositores, con un estreno incluido, para comenzar el curso 2017-2018 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León a la que dirigió su titular Andrew Gourlay. Abrió el programa El carnaval romano de Berlioz que resultó todo un acierto por la viveza tímbrica y la coloración, con un sentido de danza radiante.

   En la Sinfonía nº5 de Mendelssohn destacaron más ciertos detalles que la obra en su conjunto y no se terminó de lograr equilibrar rasgos como la solemnidad, unida a cierta severidad, y la liberación final de ese carácter. Al no darse todos esos elementos en su justa cabida hizo que se perdiera algo por el camino, como bien pudo ocurrir en el Allegro con fuoco del primer movimiento, allí donde se concitan una palpitante emoción con la contención formal. Mucho más convincente pareció el Andante con una melodía expresada con inequívoca emotividad. El último movimiento con el Himno de Lutero, que enuncia la flauta, resultó plano en su complejo desarrollo.

   La obra de estreno correspondía al ganador del segundo concurso de composición que organiza la propia OSCyL, y que en su fase final eligen los instrumentistas y el director. En la Partita para orquesta de Israel López Estelche hay algo de singularidad que tiene un valor en sí mismo. Sin ser novedosa funciona la idea de una supremacía rítmica que acaba expresando conceptos melódicos. La obra alcanza una suerte de subyugante atmósfera entre notas a contratiempo, que por cierto tendieron a desajustarse entre las secciones de la orquesta, contrastes y una conciliación sonora que llevó a un piano final, de marcada pureza, que el aire acondicionado de la sala -increíble que pueda escucharse tanto y que no se evite- se encargó de chafar.

   Terminar con Pinos de Roma lleva casi aparejado el triunfo por su indudable espectacularidad y la vivacidad de los colores. En Los pinos de Villa Borghesese dio la citada coloración y en Los Pinos junto a una catacumba salió a relucirel carácter oscuro que le confirió Gourlay. Innegable, por otra parte, la espectacularidad de la conclusión con Los pinos de la Via Apia, de una fuerza irrefutable aumentada por el efecto de la parte del viento metal que estaba repartida por la sala. Pero al igual que se reseña esto no es menos cierto que ese empuje orquestal apareció demasiado pronto en toda su potencialidad lo que impidió que se produjera un crescendo que hubiera aportado un efecto aún mayor.

   Un concierto que abrió una temporada llena de expectativas, con una OSCyLen buena forma (a la espera de que retornen este mes a sus atriles diez de sus músicos), que resultó interesante y desigual.

Foto: OSCyL

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