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Crítica: La Sinfónica de Castilla y León interpreta el 'Concierto para violín' de Salonen

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Autor: Agustín Achúcarro
19 de febrero de 2018

González-Monjas o el fecundo arte de un violinista

   Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 15-II-2018. Auditorio de Valladolid, Sala sinfónica. Temporada de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obertura de Coriolano, op. 62 de Beethoven, Concierto para violín de Esa-PekkaSalonen y Suite de Parsifal de Wagner preparada por Andrew Gourlay. Director: Andrew Gourlay. Solista: Roberto González-Monjas, violín.

   Si una obra como el Concierto para violín de Esa-Pekka Salonen cuenta para su interpretación con un violinista de las características de Roberto González-Monjas parece ineludible que surja algo realmente cautivador. La partitura da sobrados motivos para que el intérprete saque no pocos frutos y el violinista no perdió la ocasión. No cerraría convenientemente el círculo si no se citase también la labor de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León y de manera muy concreta del director Andrew Gourlay. Máxime en un concierto en el que el evidente protagonismo del solista tiene una marcada relación con una parte orquestal que también resulta muy destacada, de tal forma que si no se produce una equiparación entre ambos difícilmente se puede llevar la obra a buen término.

   González-Monjas fue ante todo un intérprete versátil, capaz de sacar lo máximo de las tensiones que se producen en la obra y recrearse en los momentos de sosiego. Salonen plantea una partitura que no da descanso a nadie, que en cada momento ofrece un pasaje a cual más subyugante o imprevisto, ya por que lo es en sí o por la forma de presentarlo, y solista y orquesta no fallaron. El violín y la OSCyL captaron lo corpóreo que puede ser este concierto, cómo se perciben sus texturas y al momento todo se difumina en un aliento. El color se manifestó abiertamente en Mirage, mientras el violín alcanzó la máxima expresión en una tesitura muy amplia, de grandes saltos interválicos, de sonidos forte y piano. El solista dejó una atmósfera tímbrica inabarcable en Pulso I, mientras en Pulso II pareció llevar al espectador, con una relevante participación de la percusión y los metales, a una atmósfera de gran energía. Al llegar a Adieu González-Monjas consiguió un aire melancólico, sin que faltasen los pujantes contrastes bien proporcionados por la orquesta, y dejó que el sonido se desvaneciera desde el agudo. El violinista estuvo inagotable, en una obra que no da tregua, a la hora de ahondar en los recursos que le proporcionó para hacerlos patentes. Gourlay hizo una labor fundamental al cohesionar al violín y a la orquesta y las reseñables intervenciones de sus solistas, con una contundente participación de la percusión. Ante los reiterados aplausos del público el violinista tocó fuera de programa la Zarabanda de la Partita Nº2 de J.S. Bach.

   La OSCyLcomenzó el concierto con la Obertura Coriolano y quizá lo más destacable de su interpretación estuvo en el esperado carácter épico y en la rítmica aplicada a ciertos pasajes.

   El programa concluyó con una Suite sinfónica de Parsifal, según señala textualmente el programa de mano, preparada por Andrew Gourlay. El director pretendió dar continuidad musical a este Festival escénico sacro en tres actos, con sus temas característicos, como las referencias al grial o la eucaristía, y para ello realizó unos enlaces comedidos con el fin de no enturbiar la fidelidad a la obra de Wagner. No eligió la lógica del desarrollo cronológico y así tras el Preludio prefirió continuar por el acto tercero, para luego ir al segundo y el primero y acabar retornando al tercero. Sin entrar en lo que esto pudo o no convenir a la suite, quizá lo más difícil de resolución estuvo en cómo poder sintetizar en algo más de 30 minutos la obra, con el añadido de no contar con algo tan fundamental como la voz. En cuanto a la interpretación el problema radicó en que se precisó de una mayor gradación sonora y unas dinámicas amplias capaces de dar relevancia a una melodía continuada sin que resultara demasiado uniforme. Y eso no se consiguió desde el Preludio inicial, que necesitó de matices y crescendos, bien resulten casi imperceptibles bien sean evidentes o haya que realizarlos en un lapso largo de tiempo. Igual ocurrió en el Acto III, en donde se precisaron claros acentos, que determinaran la entrada de ciertos motivos, porque la música no sólo suena, por ejemplo en piano, sino que tiene sutiles y continuos cambios para evitar la reiteración. A lo mejor ciertas apreciaciones son fruto de una deformación auditiva de quien suscribe, hecho a escuchar el Parsifal original con todos sus elementos tan determinantes, y lo que persigue Gourlay es otra cosa bien diferente. Fue, en todo caso, una propuesta bien intencionada, tratada con mimo por Gourlay.

Foto: OSCyL

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