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Crítica: Obras de Vaughan Williams y Mozart clausuran la temporada de la Sinfónica de Galicia

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Autor: Julián Carrillo Sanz
14 de junio de 2021
Sinfónica de Galicia con Dima Slobodeniouk

Alfa y omega

Por Julián Carrillo Sanz | @Quetzal007
La Coruña, 12-VI-2021. Coliseum. Orquesta Sinfónica de Galicia, Orquesta Infantil de la OSG, Coro de la OSG. Concierto de clausura de la temporada 2020-2021 y conmemorativo del décimo aniversario de la Orquesta de Niños de la OSG. Programa: Ralph Vaughan Williams, Concerto grosso para orquesta de cuerdas; Wolfgang Amadeus Mozart, Réquiem en re menor, KV 626. Christina Landshamer, soprano. Marie Henriette Reinhold, mezzo. Mathew Swensen, tenor. Yorck Felix Speer, Bajo. Joan Company, director del coro. Dima Slobodeniouk, director. 

   Principio y fin. Dos conceptos en principio contrapuestos, pero llenos de coherencia si se unen en un programa, como el de clausura de temporada de la Orquesta Sinfónica de Galicia, diseñado con un doble objetivo: celebrar la primera década del que es sin duda uno de sus proyectos con más amplias perspectivas temporales y sociales y, al tiempo, clausurar brillantemente la que ha sido la temporada de conciertos más difícil para cualquier orquesta o actividad cultural. También para la Orquesta Sinfónica de Galicia y sus agrupaciones, que han tenido que reacomodarse físicamente para los ensayos y conciertos trasladándose de su sede del Palacio de la Ópera al Coliseum de A Coruña, donde hubo que montar un escenario capaz de albergar una gran orquesta con todos sus miembros cumpliendo con la distancia que garantizara la separación necesaria entre los músicos. 

   Principio. La Orquesta Infantil de la OSG ha cumplido diez años, durante los cuales centenares de niños gallegos y de fuera de la comunidad autónoma, con edades entre ocho y quince años, han recibido formación de Enrique Iglesias y Jorge Montes con la dirección académica de Alejandro Sanz. La Orquesta Infantil tiene unos objetivos no solo musicales sino también sociales, entre los que destaca el trabajo conjunto y la escucha mutua. Los componentes de la Orquesta Infantil  llegarán o no a ser músicos profesionales -no es eso lo más importante- pero esta verdadera educación musical de la infancia y adolescencia es lo único que puede garantizar a largo plazo el relevo generacional de los aficionados, con personas llenas de una verdadera afición a la música y ese sentido crítico que da la formación en arte.

   En este proyecto de aniversario, anterior a la pandemia, se trataba de unificar los dos grupos de niños en una actuación conjunta, cuya preparación alteró la llegada del Covid-19. Pero hay personas para quienes los problemas son solo peldaños hacia el éxito y así surgió «Eu son futuro», todo un programa de trabajo organizado en diferentes fases. El trabajo individual de cada alumno de la orquesta ha supuesto cientos de horas de grabaciones y clases en línea a cargo de veintidós profesores de la OSG. Luego llegarían los ensayos por secciones y conjuntos que habrían de culminar en la semana de ensayo a las órdenes del titular de la Sinfónica, Dima Slobodeniouk, y en los conciertos de viernes y sábado en el Coliseum.

   El Concerto grosso para cuerdas de Vaughan Williams, la música elegida para esta celebración, fue escrito por el compositor inglés para la Asociación Musical de Escuelas Rurales de su país. La obra está concebida para ser interpretada por orquestas que integren tres grupos de diferente habilidad y formación, desde quienes por edad apenas pueden afinar tocando por la «tastiera» a quienes, por su formación, pueden tener algún papel solista. Una música escrita e integrada de tal forma que el resultado pueda ser gozado por todo tipo de oídos y exigencias musicales; como las de quienes en 1950 asistieron a su estreno. 

   O como las de quienes este viernes y sábado la escucharon en el Coliseum de A Coruña y que se encontraron con la sorpresa de un sonido inaudito para una orquesta infantil, empastado y lleno de color, que fue lo primero que llamó la atención. Pero no lo único ni lo mejor; lo mejor fue la capacidad de esta chavalería de hacer música, con mayúsculas, y de interpretar una obra llena de distintos ambientes y climas sonoros y dar a cada uno el sentido requerido: desde la solemnidad de la Intrada al aire juguetón de la Burlesca ostinata; desde la serenidad de la Sarabande al aire marcial como de cuento de la March previa a la repetición de la primera sección. Bravo por las niñas y niños de la orquesta, por sus profesores y directores y por un músico como Slobodeniouk, capaz de hacer disfrutar a sus intérpretes manteniendo –e incluso aumentando- el nivel de exigencia de los ensayos durante los conciertos.

   Fin. De temporada y más, que un réquiem no deja de ser la música para un final cierto con la esperanza de un futuro incierto. Y si no que se lo digan al pobre Mozart, al que la Parca le impidió terminar esta obra maestra, que solo se completó por la necesidad de efectivo de Constanze y el trabajo casi artesanal de su alumno Franz Xaver Süssmayr. Y si un réquiem es también homenaje de despedida a quienes nos dejan para siempre y a quienes querríamos mostrar nuestro agradecimiento por cuanto hicieron en vida por nosotros, sirvan estas líneas como el más humilde homenaje a quien tanta y tan elevada música nos dejó.

   La versión de Slobodeniouk, la Sinfónica y su Coro, que fundó y con tanto acierto dirige Joan Company, pudo sorprender por su carácter de gran serenidad y esperanza. La gama dinámica de orquesta y coro tuvo gran amplitud y exquisita matización, lo que permitió un contraste siempre bien medido entre las partes más reflexivas y las de mayor potencia sonora, incluso dentro de cada una de las catorce secciones del Kyrie. Algo que está en la esencia misma de la obra póstuma e inconclusa de ese genio de Salzburgo, que reflejó en ella los sentimientos personales –amor, emoción piedad- de alguien para quien la muerte era «la verdadera y mejor amiga del hombre». Un hombre de fe en los valores humanos y religiosos de su religión católica y su condición de miembro de la masonería.

   Fue de resaltar la claridad de líneas en las fugas -Kyrie, Domine Jesu Christe, Hosanna, Cum sanctis tuis-. tanto en las partes orquestales como en las corales, siendo la de estas todo un logro: tanto de la preparación previa por Company como de la dirección de Slobodeniouk, Es revelador que lo que en la primera intervención del coro pareció un cierto «asordinamiento» de las voces por las mascarillas se reveló luego como parte importante de la versión de Slobodeniouk y su carácter de sereno intimismo. 

   Y aquí surge un punto de admiración del trabajo del coro y sus resultados, una pregunta retórica sobre cómo puede una masa de unas sesenta personas sonar tan junta estando estas tan separadas entre sí y con una disposición rectangular –junto a las tres paredes de la concha acústica- tan ajena a la doble o cuádruple fila habitual y no digamos a la media luna arquetípica de coros. 

   La dirección de Slobodeniouk llevó a la Sinfónica a una de aquellas grandes noches mozartianas suyas de primavera avanzada: con una cuerda compacta  desde los contrabajos a los violines; unas maderas llenas de color (esos «corni di bassetto»), unos metales tan rotundos como brillantes - gran solo de trombón de Eyvind Sommerfelt en el Tuba mirum- y unos timbales clásicos con el hermoso color sonoro de sus parches de piel natural y la gran precisión e idónea regulación de la potencia sonora que les imprimió Irene Rodríguez. Precisamente en el Tuba mirum se mostró por primera vez en la tarde del sábado la buena concertación lograda por Slobodeniouk que habría de repetirse en todas las intervenciones del cuarteto solista vocal, cuyos componentes hicieron llegar su voz al menos hasta el final de la platea, lo que no es poco mérito dadas las condiciones acústicas del recinto. 

   Destacó en este sentido la de la soprano, Christina Landhamer, que une esa potencia y proyección de su voz. la mejor de los cuatro, a su timbre limpio y brillante. Su intervención final en el Lux Aeterna fue como un reostato, uno de esos ingenios eléctricos que permiten graduar la luz de una instalación variando la resistencia de un circuito. Landhamer abrió suavemente el interruptor desde lo más íntimo de una súplica a la fuerza y la serena grandeza con las que sonó la gloriosa fuga del Cum sanctis tuis. Mozart, al decidir que la voz de soprano iniciaría la primera y la última de las piezas de su Requiem; parecería que estaba pensando en una cantante como Landhamer. 

   Final. De temporada y, por lo que se puede saber, de uso del Coliseum como sede de la Orquesta Sinfónica de Galicia, que salvo imprevistos volverá a su casa del Palacio de la Ópera para la próxima temporada. Hay que señalar que la OSG, como dice su propio comunicado del día 9, «cierra su temporada musical como una de las pocas orquestas europeas que ha podido mantener su repertorio de gran orquesta sinfónica al tiempo que garantizaba la salud de todos sus trabajadores manteniendo la distancia social obligatoria en el escenario. Interpretar el repertorio para gran orquesta sinfónica, que exige en tantas ocasiones más de un centenar de instrumentistas sobre el escenario, gracias a la construcción de un escenario propio en el Coliseum de A Coruña, donde ha podido ofrecer sus 27 programas de temporada». 

   Y celebrar, como dijo Dima Slobodeniouk al inicio del concierto del sábado, «que estamos juntos y que hemos aprendido muchas cosas: alguna que no nos gusta, como a tocar sin público». A ese público le dijo Slobdeniouk «Gracias por estar aquí». Quizás la mayor enseñanza para todos sería aplicarnos su consejo a los componentes de la Orquesta Infantil: «A disfrutar; ahora y siempre. El futuro es hoy».

Foto: Facebook Sinfónica de Galicia

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