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Crítica: La Sinfónica de Sevilla inaugura temporada bajo la dirección de Michel Plasson

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Autor: Álvaro Cabezas
25 de septiembre de 2020

«El público, ahíto de música, quiso alargar lo más posible la grata experiencia del concierto levantándose de sus asientos y superando con sus aplausos los diez minutos»

Reencuentro con el repertorio francés

Por Álvaro Cabezas | @AlvaroCabezasG
Sevilla, 24-IX-2020. Teatro de la Maestranza. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla; Michel Plasson, director. Programa: Suite de Pelléas et Melisande de G. Fauré; Sinfonía en re mayor de Ch. Gounod; y Ma mère l'Oye de M. Ravel.

   La vuelta al Teatro de la Maestranza para los abonados de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla se produjo ayer. Aunque en las semanas anteriores se habían celebrado los tres conciertos del Start Festival, fue en este último jueves de septiembre cuando muchos melómanos volvían a verse y reencontrarse con el teatro tras medio año de ausencia. La cita no era otra que el primero de los conciertos del programa de abono inaugural con un contenido íntegramente francés dirigido por el que, a buen seguro es [tras la muerte de Georges Prêtre en 2017] por veteranía y estilo, el mejor intérprete del mismo: Michel Plasson [París, 1933]. Tras formarse en el conservatorio de su ciudad natal con Lévy y ganar el concurso internacional de directores de orquesta de Besançon en 1962 [el mismo que conquistó Seiji Ozawa tres años antes y que le sirvió como catapulta internacional], pudo haber comenzado una carrera en Estados Unidos, ya que su compatriota Charles Munch, que presidía ese concurso, acababa por entonces su tenencia musical en la Boston Symphony Orchestra y transfirió a Plasson al cuidado del nuevo director de la formación americana, Erich Leinsdorf, con quien se curtió en aquel experimentado campo de aprendizaje que fue durante los veranos el Festival de Tanglewood. Tras tomar también contacto con Pierre Monteaux y Leopold Stokowski, volvió a Francia para ocupar un puesto en Metz entre 1966 y 1968. Ese último año empezó el gran proyecto de su vida profesional: la dirección de la Orchestre du Capitole de Toulouse, donde estuvo con mano firme hasta 1983 y más intermitentemente hasta 2003, año en que atenuó sus funciones allí por las de director honorario que ostenta todavía. Entre 1994 y 2001 compaginó esa responsabilidad con la dirección de la Dresdner Philhamonie y hubo una etapa en la que estuvo muy relacionado con la Tonhalle de Zúrich. Además de dominar a la perfección todo el repertorio galo, incursionó con éxito en óperas como Parsifal, Aida, Guillermo Tell o Tosca, con triunfos destacados en el Covent Garden. Gran amigo de la Sinfónica de Sevilla casi desde sus inicios, dirigió ópera en el Maestranza en diciembre de 2006 [Romeo y Julieta de Gounod con una sugestiva producción] y en marzo de 2008 [Werther de Massenet, cuando sentó cátedra en palabras del profesor Ramón Serrera]. Sus visitas en los últimos años han sido regulares: volvió a Sevilla en 2011, en 2013 (cuando celebró su ochenta cumpleaños con un homenaje que le tributó con cariño la orquesta) y, por último, en 2016. Hasta ayer.


   En esta ocasión, las medidas de prevención del coronavirus en el teatro, la separación entre espectadores, el uso de la mascarilla, la luz amortiguada de la sala [con reflejos azulados], la indumentaria austera de los músicos y director [desechado el frac habitual], la reducida duración del espectáculo [no se superó la hora y diez minutos] y la edad y limitaciones físicas de Plasson, conjugaron una mezcla de intimismo y refinamiento que iba muy bien con la estética y el contenido emocional de lo que se escuchó ayer en el Maestranza. Al inicio una suite de Pelléas et Melisande bien paladeada y elegantemente ejecutada por una orquesta liderada por Eric Crambes, mucho más contenida que lo que indicaban los gestos, a veces ciertamente desvencijados, del maestro. Sin duda la partitura de Fauré, exuberante y ampulosa era especialmente adecuada para las necesidades y gusto de Plasson, pero la orquesta ofreció una versión que sonó un tanto camerística y que provocó más de una ensoñación entre el público. Luego vino la deplorable sinfonía de Gounod, que con sus incursiones impulsivas de los metales en su conclusión pretendía perseguir la romántica idea de grandeza francesa, pero que más bien hace justicia a la despiadada frase de Norman Lebrecht sobre el repertorio galo: «manifestaciones de mediocridad musical por las que París es famosa» [El mito del maestro, Acento Editorial, p. 294). En vez de Le tombeau de Couperin [anunciada en el libro de temporada de la orquesta], se interpretó Ma mère l'Oye de Ravel, que fue, posiblemente lo mejor de la noche, no solo por la consistencia de la composición, sino por las pulidísimas intervenciones de la oboísta Sarah Roper y del flautista Juan Ronda, que recibieron, por supuesto, el reconocimiento del maestro al final cuando el público, ahíto de música, quiso alargar lo más posible la grata experiencia del concierto levantándose de sus asientos y superando con sus aplausos los diez minutos, algo que fue recompensado con una propina. Supuso una hermosa experiencia, no solo por lo musical, que también, sino por el reencuentro íntimo que significó volver a escuchar a la Sinfónica en el Maestranza con mascarillas y sin descanso o programas de mano, como si de una suerte de reunión cultural espontánea a la que hubiéramos sido invitados se tratara. Las cosas que provoca el virus.

Foto: Real Orquesta Sinfónica de Sevilla

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