Crítica de Álvaro Cabezas del concierto inaugural de la Sinfónica de Sevilla, bajo la dirección musical de Lucas Macías
Un Réquiem de relumbrón
Por Álvaro Cabezas
Sevilla, Teatro de la Maestranza. 18-9-2026. Masabane Cecilia Rangwanasha, soprano; Silvia Tro Santaffé, mezzosoprano; Enea Scala, tenor; Marko Mimica, bajo; Lucas Macías, dirección; Coro del Teatro de la Maestranza; Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Programa: Messa da Requiem de Giuseppe Verdi.
Abrir una temporada sinfónica con el Réquiem de Verdi es, ante todo, un acto de máxima responsabilidad y valentía. Estamos hablando de una partitura de un peso monumental, de una obra tan densa y exigente que reta a cualquier institución. Curiosamente, no es la primera vez que el coliseo sevillano la escoge para alzar el telón de un curso: ya lo hizo Pedro Halffter en 2012 y ahora Lucas Macías ha querido replicar aquella gesta. En esa ocasión, Halffter optó por imprimir un sentido profundamente religioso a la obra, consiguiendo un sonido cercano al propio de la paz conventual, si exceptuamos el momento en el que el bajo Egils Silins se salió de esa línea con un aparatoso manoteo que dotaba a su intervención de un dramatismo puramente operístico.
Cabe aquí el debate que acompaña a esta obra maestra: ¿es una pieza litúrgica o es ópera disfrazada de misa? ¿Funciona para abrir o cerrar una temporada o puede programársela en medio de un ciclo de abono? ¿Va siempre asociada con un momento especial? Stricto sensu, el Réquiem no es una pieza religiosa destinada a tocarse en un funeral de cariz tradicional, pero tampoco es una ópera escenificada sobre las tablas. Sin embargo, Giuseppe Verdi era, por encima de todo, el mayor genio operístico de su tiempo, un creador incapaz de renegar de su instinto teatral y esa naturaleza dramática impregna cada compás de su Messa da Requiem. Sin poder olvidar todo eso, Lucas Macías hizo sonar la partitura con los códigos de la gran escena, transportándonos de manera irremediable a los universos de Aida o Don Carlo. Era, sin dudarlo, la misma tinta orquestal la utilizada en aquello y en esto, enlazando casi las últimas representaciones del drama del Nilo –con el que se cerró la temporada pasada–, con estos acordes que inauguran la presente, algo que resultó interesante como efecto.
A lo largo de los años, he tenido el privilegio de escuchar esta obra en vivo en diversas ocasiones y bajo batutas antológicas: desde aquella vivencia en el propio Maestranza con Halffter, hasta la experiencia inolvidable del Festival de Salzburgo en 2019 de la mano de un inmenso Riccardo Muti y los Wiener Philharmoniker, pasando por el rigor que trajo a Sevilla Daniel Harding al frente de la Orquesta y Coro de la Academia Nacional de Santa Cecilia en julio de 2025. Por eso es inevitable mirar hacia los referentes universales. El absoluto guardián de las esencias de esta partitura de todos los tiempos es Riccardo Muti, de quien se dice que se despidió de la obra hace apenas un mes en Salzburgo. El maestro napolitano la ha abordado en los últimos años desde un misticismo etéreo, intelectual, trascendente y completamente elevado por encima de cualquier plano terrenal; un punto de llegada al que se suma la dificultad constante de materializar el concepto inabarcable que bulle en su cabeza, o, dicho de forma más llana, agotando con maestría absoluta todas las posibilidades expresivas que encierra la partitura. Macías, en cambio, optó por otra vía muy distinta. Ciertamente, no se deseaba imitar el misticismo inalcanzable de Muti, pero tampoco de reproducir el registro frágil y convaleciente que Claudio Abbado firmó en 2001, justo tras superar su enfermedad para conmemorar el centenario de la muerte del compositor en Berlín.
El resultado de la propuesta de Macías fue un Réquiem de relumbrón: una lectura diseñada para impresionar antes que para hacer meditar, construida para estremecer al oyente más que para invitarle al rezo, buscando siempre el impacto y la epatación por encima de la empatía sutil. Se nos mostró de manera epidérmica las notables fortalezas de una orquesta muy brillante en casi todas sus secciones, pero se echó en falta la búsqueda de un sonido puramente verdiano, con aquellas profundas implicaciones patrióticas e históricas que nacieron de las entrañas de la Italia de 1874. Además, el ambiente con el que nos recibió el teatro no fue baladí: el coliseo ha registrado un lleno durante las dos jornadas de este programa de abono, algo que ha servido, de manera muy implícita pero sanadora, para resarcirnos del mal trago colectivo que vivimos el pasado 2 de septiembre, cuando un inoportuno apagón interrumpió la presentación en Sevilla de la prestigiosa Orquesta del Festival de Bayreuth.
En el plano estrictamente instrumental, la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla demostró un estado de forma envidiable, respondiendo con entrega absoluta a los requerimientos de su director titular. Lucas Macías cuenta con una batuta elegante, pero que no siempre puede exprimir las capacidades técnicas de la formación hispalense. Desde los compases iniciales, la orquesta dibujó un tejido sonoro compacto. No obstante, la impronta de Macías priorizó el lucimiento de las grandes masas y el contraste dinámico abrupto. Si bien el Dies irae supuso una auténtica descarga de adrenalina, en los movimientos de transición se echó en falta algo más de reposo reflexivo, de poso ambiental. La orquesta sonó firme, empastada y con una sección de cuerda generosa en volumen y virtuosismo, pero la dirección apostó por un efectismo constante que a menudo impedía que la música respirara por sí misma. La Sinfónica actuó como una gran maquinaria operística, más volcada en la grandilocuencia del juicio final que en el susurro íntimo del alma doliente, que, como en un cuadro de ánimas, alza sus manos buscando la salvación eterna y la libertad de las llamas del infierno. Fue un ejercicio de gran nivel técnico, innegable fruto del trabajo que se viene realizando, pero que en obras de este calibre espiritual nos deja con el deseo de encontrar un mayor sosiego y una profundidad metafísica más depurada.
En cuanto al aparato vocal, el resultado general dejó sensaciones agridulces y marcadamente desiguales, salvadas de forma magistral por una de las sopranos del momento. El coro cumplió con profesionalidad y eficacia, aunque a muchos melómanos nos dejó con las ganas de volver a disfrutar de aquel empaste milimétrico y de la ductilidad expresiva que recordamos de otras ocasiones. Por lo que respecta al cuarteto solista, el balance fue desigual. Enea Scala comenzó la velada mostrando evidentes problemas de vibrato con una emisión notablemente engolada que le restó la naturalidad lírica que exige el Ingemisco. Marko Mimica aportó un color vocal oscuro y de gran presencia, pero se movió en una línea equívoca, como si interpretara al malo de una ópera, lejos de la rotundidad penetrante que requiere el texto sagrado, además de algún gazapo notorio y sin hablar de su manera de pronunciar el latín. Silvia Tro Santafé cumplió con profesionalidad en sus intervenciones, si bien su aportación se percibió algo corta de proyección acústica y desprovista del desgarro que otras grandes mezzos han imprimido a la parte. Masabane Cecilia Rangwanasha fue, sin discusión alguna, el gran pilar sobre el que se sostuvo el éxito vocal de la noche. Dotada de una capacidad canora superlativa, la soprano firmó una intervención memorable que culminó en un Libera me absolutamente colosal. Cantó la tremenda página conclusiva como si se tratara de un gran aria operística, controlando las dinámicas y ofreciendo un dramatismo punzante que puso los vellos de punta, aunque hubo momentos en que todo peligró por cierta desafinación. El planteamiento de la velada –entendido como una ópera sin escenificar–, más que como un oratorio, quedó rubricado de manera simbólica al final: tal fue el cariz teatral de la propuesta que el propio Lucas Macías alentó que la Rangwanasha recibiera, en solitario, los primeros aplausos por parte del público. Gestos como estos no son propios de una interpretación coral, unitaria o integrada, sino, más bien, resultado de una sucesión de extractos operísticos verdianos, como si de un recital de gala se tratara.
En definitiva, este arranque de temporada con el Réquiem de Verdi en el Teatro de la Maestranza nos deja ante un balance estimulante, aunque matizado. No estamos ante una lectura que vaya a perdurar en la memoria de los grandes hitos del coliseo, sino ante una aproximación de relumbrón, pulida, sí, en sus costuras instrumentales y coronada por el triunfo rotundo de Rangwanasha, pero que en el plano interpretativo general optó por epatar antes que por buscar una empatía trascendente. Se hizo un gran esfuerzo, pero, para los aficionados más adictos a la página (que dirigían la música con sus manos desde su asiento o se anticipaban a los golpes de timbal), quizá esperen algo más de sosiego, vuelo lírico y una profundidad espiritual que remueva por dentro más allá del deslumbramiento puramente acústico. Obras tan conocidas como esta exigen a estas alturas el aporte de un prisma distinto. Confiamos en que ese poso de madurez llegue a lo largo de la temporada a medida que orquesta y director adquieran un mayor rodaje e imbricación. De momento, el telón se ha alzado con ambición y un lleno absoluto que augura un curso musical apasionante en las riberas del Guadalquivir.
Fotos: Real Orquesta Sinfónica de Sevilla
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