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Crítica: Recital de Sondra Radvanovsky en el Perelman Theater de Filadelfia

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19 de septiembre de 2017

TRIUNFAL APORTACIÓN AL PRIMER FESTIVAL DE OPERA PHILADELPHIA

   Por David Yllanes Mosquera
Filadelfia. Perelman Theater. 17-IX-2017. Sondra Radvanovksy, Soprano. Anthony Manoli, Piano. Obras de Vivaldi/Giacomelli, Bellini, R. Strauss, Liszt, Barber y Giordano. Bises de Dvořák, Lerner/Lowe y Puccini.

   La situación actual de la ópera estadounidense, en la que hasta grandes centros como Nueva York o Chicago tienen que hacer esfuerzos para combatir la pérdida de público, es especialmente difícil para una compañía con menos tradición y medios como la Opera Philadelphia. En estas condiciones, es tentador intentar refugiarse en el público más conservador y en el gran repertorio. En cambio, Daniel Devan, su director general, lleva años buscando otras fórmulas y un nuevo público (con éxito: en 2016 más del 40% de sus espectadores tenían 35 años o menos).

   Esta iniciativa renovadora tiene su culminación esta temporada 2017/2018, que se abre con O17, el primer festival de la compañía. Autodefinido como un festival «urbano», presenta seis producciones en diferentes recintos esparcidos (y fuertemente anunciados) por toda la ciudad. Tienen cabida desde el repertorio más clásico (Die Zauberflöte) hasta el más contemporáneo, con tres estrenos mundiales: We Shall Not Be Moved de Bernard Roumain, The Wake World de David Hertzbergy, Elizabeth Cree de Kevin Puts. Completa la oferta operística War Stories (combinación de Il combatimento di Tancredi e Clorinda de Monteverdi y I Have No Stories to Tell You de Lembit Beecher), presentada no en un teatro sino entre las exposiciones del Philadelphia Museum of Art. A juzgar por el ambiente respirado en la ciudad, y a falta de conocerse los números, el resultado parece haber sido un éxito, con mucha expectación y aficionados venidos de fuera.

   La programación del festival se completa con la colaboración de la artista invitada Sondra Radvanovsky, en su debut en Filadelfia, que ha presentado una clase magistral y un recital en el Perelman Theater. La soprano estadounidense, una de las voces de más calidad del panorama actual, era sin duda un gran fichaje. No en vano es la encargada de abrir la temporada del Met con Norma (de hecho, su participación en O17 se ha producido en medio de los ensayos de esta ópera).

   El ecléctico programa, en todo momento comentado y presentado por la propia cantante, incluía piezas en cuatro idiomas (los bises añadirían un quinto). Lo integraban arias de ópera y canciones en las que la soprano hizo gala de su calidad vocal y técnica cada vez más depurada, aunque no sin algún pequeño altibajo. Acompañaba al piano su colaborador habitual Anthony Manoli, que en todo momento mostró gran sensibilidad y complicidad con la cantante.

   El programa se abrió con «Sposa son disprezzata», del Bajazet de Vivaldi, una opción algo extraña por hallarse lejano el barroco del estilo y repertorio habituales de la artista. Radvanovsky justificó la elección por su simpatía con el personaje y trató de llevarse el aria a su terreno, aunque el resultado no fue muy convincente. Sin embargo, la trayectoria del recital pronto se rectificó, pues el siguiente segmento consistía en canciones de Bellini («Per pietà, bell’idol mio», «La ricordanza» y «Ma rendi pur contento»), en las que se encuentra más a gusto. Empezaron a verse aquí, además de sus potentes agudos, las regulaciones dinámicas marca de la casa, con efectos particularmente bien conseguidos en «La ricordanza». Como es natural, dada su experiencia en ópera italiana, fue en esta parte en la que demostró un mejor fraseo.

   A continuación ofreció cuatro lieder de Richard Strauss. Esto supone una novedad y a la vez una interesante declaración de intenciones de Radvanovsky, que los presentó como un primer paso de cara a abordar papeles de ópera alemana en el futuro. Los resultados fueron en general buenos, aunque se nota todavía alguna aspereza con el idioma (umlauts o sonidos como «Nacht»). En concreto, brilló su «Befreit», en el que exhibió un diminuendo que enloqueció al público. Efecto especialmente destacable si tenemos en cuenta el gran tamaño de su voz y las dificultades para controlarlo en un ambiente más íntimo (comparado con una representación operística). La otra cara de este problema se vio en «Morgen!», en la que este gran caudal vocal se desbordó y abrumó a la música. Completaban el ciclo straussiano «Allerseelen» y «Heimliche Aufforderung». En esta última cabe destacar la labor del pianista Anthony Manoli.

   Después de un descanso, el programa continuó con un guiño a Canadá, su segunda patria, en la forma de tres canciones francesas de Liszt («S’il est un charmant gazon», «Enfants, si j’étais rois», «Oh! Quand je dors»). De nuevo podrían buscarse defectos en el idioma (acentos no del todo diferenciados, ligaduras ausentes entre palabras), pero el canto se mantuvo en un gran nivel. Una vez más, impresionó con filados y un pianissimo en «Oh! Quand je dors». El siguiente segmento consistió en varias de las Hermit Songs de Samuel Barber, que dedicó a su ídolo, Leontyne Price y que le permitieron exhibirse en un estilo muy diferente (incluso cómico, en el caso de «The Monk and his Cat»).

   Como cierre del programa tuvimos la ocasión de presenciar un avance de su próximo papel: la Maddalena de Andrea Chénier, que debutará en Barcelona este febrero. Esta ópera verista supone una novedad y una incógnita, por alejarse de Verdi y del bel canto, repertorios en los que ha basado su carrera. Sin embargo, a tenor de lo escuchado,hay buenas perspectivas para los aficionados que se acerquen al Liceu, incluyendo unsobreagudo de quitar el hipo que hizo estallar al público.

   Las ovaciones se vieron recompensadas con varias piezas fuera de programa. En primer lugar, la «Canción a la Luna» de la Rusalka de Dvořák, dedicada con gran sentimiento a la memoria de su padre checo. Interpretada con enorme emoción y sensibilidad, además un impresionante control de su voz, supuso, sin duda, el mejor momento de la tarde. A continuación, una muy personal versión de «I could have danced all night» del musical My Fair Lady de Lerner y Loewe dio a cantante y pianista la oportunidad para divertirse. Como colofón, un muy satisfactorio «Vissi d’arte» permitió cerrar la función en un punto álgido.

Autor:David Yllanes Mosquera
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