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Crítica: "La sonnambula" de Bellini en el Teatro del Liceo de Barcelona con dos repartos de notable interés

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Autor: Alejandro Martínez
3 de febrero de 2014

MÁS DORMIDOS QUE SONÁMBULOS 

Por Alejandro Martínez

La sonnambula (Bellini). Gran Teatro del Liceo. 27 y 28 de enero de 2014

   No cabe duda de que la pluma de Bellini brilla más en las tragedias (Norma) y en los dramas serios (Puritani) que en los cuadros semi-serios, como es el caso de esta Sonnambula. Estamos ante una partitura que se sostiene más por la brillantez de muchos números vocales que por el interés dramático propiamente dicho. No en vano, el gran atractivo de estas funciones recaía en sendos carteles vocales de notable interés. Sea como fuere, y antes de valorar el desempeño de los protagonistas, si algo ha lastrado estas representaciones de un modo generalizado es la batuta pesante y morosa de DanielOren, con una articulación dilatada en exceso, siempre falta de dinamismo, de brío, de esa natural fluidez que adorna el belcanto belliniano. Oren penalizó, de hecho, el desarrollo de no pocas escenas, muy singularmente el gran cuadro del tenor, con un lentísimo y lánguido 'Ah, perché non posso odiarti!', totalmente falto de tensión. Por más que Oren logre cuadrar de forma impecable los concertantes, lo cierto es que toda su lectura roza, por lenta y caprichosa, lo exasperante.

   En el rol titular, tras la cancelación de la prevista Diana Damrau, que iba a debutar como Sonnambula en el Liceo, se alternaron Patricia Ciofi y AnnickMassis. La primera con un ideal physiquedurôle y con un dominio impecable del estilo, se presentó, no es menos cierto, en un estado vocal algo mermado por una afección que arrastraba desde hace algunos días y que no quiso anunciar al público. Ciofi no mostró sus cartas, de hecho, hasta el segundo acto, con muchas irregularidades vocales durante la primera mitad de la representación, ofreciendo aquí un timbre áfono, desguarnecido en el grave y un tanto desatinado en tercio agudo. Pero su dominio del estilo es pluscuamperfecto y Ciofi supo estar a la altura de su gran escena conclusiva. La personalidad de la intérprete es magnética y consigue trasladar ese fascinante hechizo que hace del belcanto algo más que melodías inspiradas y florituras vocales. Ciofi resolvió así una valiente Amina que fue de menos a más, sin ahorrarse esfuerzos, dándolo todo a pesar de su afección. Cantar no es otra cosa que entregarse sin límites como hizo Ciofi en el estreno de esta producción. La segunda intérprete del rol protagonista, Annick Massis, venía de convencer al Liceo con su impecable hada en Cendrillon y volvió aquí a dar muestra de su buen hacer. La francesa, ya en la cincuentena, domina sobre todo la emisión en el sobreagudo, ciertamente descollante, si bien su coloratura no es siempre intachable. Su línea de canto no posee la fascinación que sí encontramos en Ciofi, quedando un tanto superficial su 'Ah, non credea mirarti'. Cumplió con creces con las exigencias del rol, salvo por algún apuro de fiato y un par de agudos que escamoteó por no anticiparlos como debiera, pero quedó algo distante en términos interpretativos, con una vis actoral más bien discreta.

   Para el rol de Elvino el Liceo reunió a dos tenores excepcionales, Flórez y Albelo, ambos en un momento dulce de sus respectivas trayectorias. El primero volvió a hacer gala de su estilo impecable, de su emisión siempre homogénea y de un estudiado concepto del belcanto. Se nos antojó, todo hay que decirlo, tan pluscuamperfecto como premeditadoen exceso. De alguno modo Flórez es, a veces, como un amante ideal sobre el papel que sin embargo nos deja un tanto vacíos a la hora de pasar a mayores. No cabe duda de que los tiempos de Oren en el foso contribuyeron a generar esa falta de expresividad, ese tono tan contemplativo de su Elvino, intachablemente cantado, sí, pero falto en suma de espontaneidad y verdad teatral. Celso Albelo hacía con este Elvino su debut en el Liceo y su labor fue brillante aunque no despertó tanto entusiasmo en el público como cabía esperar. Su emisión sigue deparando más fortuna en el sobreagudo, brillantísimo y descollante (espléndidos re y si bemol), que en la zona media, menos asentada y homogénea en algunas notas de transición. Domina el canto a media voz y ofreció un precioso 'Prendi, l'anel ti dono', jugando a placer con las dinámicas aquí. Actoralmente delineó un Elvino mucho más desenvuelto y contrastado que Flórez.

   Dos estupendas voces se presentaron en el rol de Lisa. Ambas podrían haberse encargado del rol titular sin mayores problemas. Por un lado Eleonora Buratto, a la que ya habíamos visto varias veces en el Real. Ofreció una voz de caudal notable, bien esmaltada y con amplia extensión, aunque algo descontrolada en su emisión, no siempre homogénea. Actoralmente, aunque algo básica, contribuyó a elevar el tono teatral, por lo demás bastante inane, de la representación. Por otro lado, la española SabinaPuértolas firmaba un debut intachable en el Liceo, haciendo gala de una impecable vis cómica, sabiendo mostrarse pizpireta y seductora a partes iguales. Llevo además con una dignidad admirable, todo hay que decirlo, un pequeño resbalón en su escena del segundo acto.Es un gusto comprobar los grandes profesionales del canto que tenemos en este país y de los que ella es un ejemplo redondo. En el rol del Conde Rodolfo se alternaban Ulivieri y Pertusi, en general más desenvuelto el primero, con un timbre más en forma y una línea de canto más matizada. Completaban el reparto la impecable Teresa de GemmaComa-Alabert y el eficaz Álex Sanmartí como Alessio.

   La producción de Marelli, una coproducción ya vista en Londres y Viena, es de un convencionalismo más bien tedioso y en exceso socorrido. Plantea un espacio único, de resonancias alpinas, ciertamente irrelevante, que no ejerce sino de decorado, habida cuenta de la poco inspirada dirección de actores. Si acaso, cabe rescatar, como el propio Marelli comenta en el programa de mano, el acierto al mostrar la progresión de Amina desde su papelcomo una mera sirviente al principio a su presentación como unaprimadonna en la última escena, a telón echado. Un golpe facilón, es cierto, pero de cierto interés dramático; de hecho, sería lo único reseñable de una propuesta escénica por lo demás bastante hueca y trivial.

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