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Crítica: Recital de Stephen Hough en las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» de Oviedo

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Autor: F. Jaime Pantín
28 de febrero de 2020

Brillante recital de Stephen Hough

Por F. Jaime Pantín
Oviedo. 25-II-2020. Auditorio Príncipe Felipe. Jornadas de Piano Luis G. Iberni. Stephen Hough, piano. Obras de Bach- Busoni, Busoni, Chopin, Hough y Liszt

   Un desgraciado accidente impidió la presencia en las Jornadas de Piano de Nelson Freire, uno de los grandes del teclado, todavía en activo tras más de seis décadas de brillante carrera y cuya actuación era muy esperada, pues por aquí se le recuerda como uno de los artistas más sensibles y directamente emotivos en su relación con el público. No en vano, el gran maestro Bruno Seidlhofer, profesor de tantos y tan grandes talentos, le distinguía como uno de los tres pianistas geniales a quienes había conocido- Friedrich Gulda por su intelecto y Martha Argerich por sus dedos eran los otros dos- destacando en él su potencial expresivo. Un pianista que toca siempre desde el corazón al que desde aquí deseamos una pronta y completa recuperación, esperando volver a escucharle cuando sea posible.

   El excelente pianista Stephen Hough fue el encargado de sustituirle con un interesante programa netamente romántico- si exceptuamos su propia sonata nº 4- en el que, de una manera algo forzada, la muerte pretende convertirse en nexo de cohesión entre un conjunto de obras en realidad muy diferentes entre sí.


   Hough es uno de los pianistas más versátiles del momento actual, con una carrera sólidamente cimentada que ha sabido llevar con inteligencia y acierto. Recordamos sus primeras grabaciones, dedicadas a un repertorio  olvidado que había sido patrimonio de los grandes virtuosos de principios del pasado siglo, cuyo estilo interpretativo fue capaz de resucitar partiendo de una técnica brillante y un espíritu inquieto y renovador, con numerosos arreglos de su propia cosecha, siempre elegantes e inspirados. El eclecticismo y amplitud de su repertorio es notorio, destacando sobre todo en la literatura de los grandes románticos, de quien ofrece lecturas de frescura inusual que combinan la ligereza con la pasión controlada y una especial y genuina capacidad para el cantábile, a través de un sonido de amplitud algo limitada que muestra su mayor riqueza en las dinámicas más sutiles e intimistas. Su interpretación desprende una importante dosis de reflexión y todo parece estar milimétricamente controlado, incluso los frecuentes momentos de precipitación rítmica que añaden una apariencia de ímpetu juvenil a unas versiones totalmente calculadas.

   La conocida transcripción de Busoni de la Chacona BWV 1004 de Bach destacó por su equilibrio y serenidad, en una visión ascética no exenta de misticismo, algo muy de agradecer en una partitura que se aleja mucho del espíritu original y que tiende al exceso en todo momento. Ejecución impecable y transparente en lo que quizá constituyó el momento más logrado de un recital que continuó con otra pieza- esta vez original- de Busoni, la bellísima Berceuse Elegíaca, de nuevo un tombeau de gran fuerza poética y lenguaje cercano al impresionismo que el pianista británico expuso de manera magistral.


   Continuó el recital con la Sonata op. 35 de Chopin, la conocida Sonata fúnebre en virtud de la Marcha que constituye su movimiento lento, y que, unida a los tres movimientos rápidos- de tensión extrema- que la flanquean conforman un conjunto en el que la muerte se erige en protagonista. La versión de Hough parece relativizar el contenido trágico de la obra en una búsqueda permanente de la fluidez. La Marcha se expone a una velocidad inusualmente rápida, disipando el elemento lúgubre en aras de una pomposidad algo convencional y el Presto final se ataca a una velocidad que, unida a una pedalización continuada y algo excesiva, impide distinguir los sutiles trazos polifónicos y la riqueza interválica que este gran unísono -a pesar de su oscuridad ominosa- contiene. Más convincentes resultaron los dos movimientos iniciales, con dramatismo contenido pero no exento de intensidad y fuerza poética desde la llamada fatídica que sirve de arranque a la Sonata o la rudeza implacable de un Scherzo que, deliberadamente retenido en su exposición, contrasta con la ligereza casi valsística que el pianista imprime a la lírica sección central.

   La segunda parte del recital comenzó con la Sonata nº 4 del propio Stephen Hough, cuyo dinamismo, transparencia y concisión establecen un fuerte contraste con la obra anterior. El título de Vida breve hace referencia a lo efímero de la existencia, sin implicaciones sombrías aparentes. La sonata transcurre en un solo movimiento y se construye sobre cinco cortos motivos, convirtiéndose el contrapunto en protagonista esencial de una obra de energía trepidante que el pianista interpretó de forma magistral.


   Tres obras de Liszt culminaban el programa. Funerales es la pieza más conocida de la serie Armonías poéticas y religiosas y, probablemente, la más profana y alejada del misticismo presente en varias de los diez números que conforman el ciclo inspirado en las recopilaciones poéticas del mismo nombre de Alphonse de Lamartine. A través de un pianismo de vocación sinfónica, la obra conjuga el mundo de la marcha fúnebre con la cultura de la Rapsodia húngara, la evocación poética cercana a lo sentimental y la épica heroica y trepidante de la Polonesa, en clara referencia a un Chopin recientemente fallecido. Hough vuelve a imponer un tempo muy fluido que desvirtúa, en parte, la intensa fuerza dramática de una música potencialmente más profunda en la que, en todo caso, el pianista continuó dando clara muestra de su lucidez y precisión expositiva.

   Aunque en el programa se anunciaba el Vals Mephisto nº 4, Hough tocó la Bagatela sin tonalidad, en realidad 5ª y penúltima pieza del ciclo lisztiano mephistofélico que culminará con el Mephisto- Polka. Pieza visionaria y descarnada, de fuerte componente tritonal y repleta de acordes alterados, que no llegan a situarla fuera del entorno tonal pero que buscan claramente la indefinición en este aspecto. La interpretación de Hough destacó por su precisión impecable y pianismo estilizado. El recital se cerró con el primero de los valses Mephisto, obra maestra del pianismo romántico y uno de los hitos del virtuosismo, de audición más frecuente en los concursos que en las salas de concierto y que Hough afronta con facilidad y sobrado de medios, si bien se pudo echar en falta más tensión dramática y mayor amplitud sonora. En todo caso, asistimos a una versión brillante, digno colofón a un recital de gran calidad en el que probablemente se percibió cierto distanciamiento y que el pianista concluyó con sendos bises de Bach-Gounod y Mompou, donde volvió a mostrar su sonido preciosista y cristalino.

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