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Crítica: Steven Isserlis y Paul McCreesh con la Orquesta de Valencia

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Autor: Alba María Yago Mora
26 de enero de 2026

Crítica de Alba María Yago Mora del concierto de la Orquesta de Valencia con Steven Isserlis y Paul McCreesh 

Steven Isserlis y Paul McCreesh con la Orquesta de Valencia

Lirismo, riesgo y afirmación

Por Alba María Yago Mora
Valencia, 24-I-2026. Palau de la Música (Sala Iturbi).  Orquestra de Valencia. Paul McCreesh, director. Steven Isserlis, violonchelo. Edward Elgar: Serenata para cuerdas, op. 20. William Walton: Concierto para violonchelo y orquesta. Ludwig van Beethoven: Sinfonía n.º 3 «Heroica».

   Hay programas que, sin necesidad de artificio, trazan una dramaturgia clara. El del pasado sábado en el Palau lo hacía desde la propia disposición de las obras: dos miradas británicas al lirismo y al conflicto del siglo XX como antesala de la gran afirmación beethoveniana, ese punto de inflexión histórico que es la Heroica, la sinfonía que inaugura una nueva idea de sujeto creador y de sinfonía como espacio de transformación.

   La Serenata para cuerdas de Edward Elgar, obra temprana y concisa, abrió la noche con una atmósfera de nobleza y canto interior. A pesar de su brevedad, Paul McCreesh supo dotarla de una respiración amplia, evitando cualquier tentación de ligereza superficial. El Allegro piacevole fluyó con un fraseo cálido y flexible, bien sostenido por un empaste cuidado de la cuerda, mientras que el Larghetto desplegó esa melancolía típicamente elgariana, hecha de líneas largas y una expresividad sin énfasis. El Allegretto final, de carácter más danzable, cerró con elegancia una lectura que, sin buscar grandilocuencia, resultó profundamente comunicativa: una pequeña joya presentada con sensibilidad y estilo.

   El Concierto para violonchelo de William Walton supuso el gran acontecimiento solista de la noche. Steven Isserlis ofreció una interpretación que combinó dominio absoluto del instrumento, virtuosismo natural y, sobre todo, una sensación de espontaneidad constante. Nada sonó fabricado: cada entrada parecía nacer en el instante, con un discurso orgánico, flexible, vivo. Su enorme riqueza tímbrica osciló entre la introspección y el arrebato con una facilidad pasmosa.

Steven Isserlis y Paul McCreesh con la Orquesta de Valencia

   El Moderato inicial se presentó con ese carácter enigmático tan propio de la obra, y desde las primeras frases quedó clara la complicidad entre Isserlis y el material musical: un canto que avanza entre sombras, sostenido por un arco de gran elasticidad. El Allegro appassionato fue uno de los puntos álgidos: energía, empuje rítmico y una tensión muy bien administrada, con un diálogo intenso entre solista y orquesta. Hubo algunos pequeños desajustes de conjunto, seguramente inevitables en una obra de escritura compleja y cambiante, pero más propios del riesgo del directo que de un problema estructural, y nunca empañaron la fuerza del discurso.

   El movimiento final, con su estructura de tema e improvisaciones, permitió a Isserlis desplegar todo su mundo expresivo: cadenzas de gran personalidad, contrastes muy marcados y una capacidad extraordinaria para sostener la atención incluso en los pasajes más meditativos. Walton evita el final efectista, y apuesta por un cierre en decrescendo, casi onírico; el británico lo entendió perfectamente, conduciendo el sonido hacia una disolución poética que dejó la sala en un silencio densísimo antes del aplauso. A continuación, una propina íntegramente en pizzicato, muy rítmica y viva, cerró su intervención dejándonos con un sabor de boca excelente. Un epílogo que, lejos de funcionar como mero añadido, condensó muchas de las virtudes desplegadas a lo largo del concierto: imaginación y libertad.

   Tras el descanso, llegó la Sinfonía n.º 3 «Heroica» de Beethoven, verdadero eje conceptual del programa. McCreesh planteó una lectura sólida, de gran claridad estructural, más atenta al discurso global que al efectismo puntual. El Allegro con brio inicial se construyó con un pulso firme, haciendo perceptible la arquitectura del movimiento y sus tensiones internas. Destacó especialmente el trabajo de los vientos madera, con intervenciones muy notables del oboe de Roberto Turlo y el fagot de Juan Sapiña, ambos con gran musicalidad, sonido bien proyectado y una articulación limpia, aportando carácter y relieve a la actuación.

   La Marcha fúnebre se desplegó con una gravedad contenida, sin excesos retóricos, dejando que el peso expresivo naciera del fraseo y de la acumulación progresiva de la tensión. La cuerda mostró aquí un sonido compacto y oscuro, mientras que los vientos aportaron ese tono elegíaco imprescindible para sostener la atmósfera.

   El Scherzo, vivo y contrastante, respiró con naturalidad, con un trío de trompas bien integrado y de buen empaste, que aportó brillo sin estridencias. En el Finale, basado en variaciones, McCreesh supo articular los distintos episodios con claridad, haciendo perceptible el juego entre ligereza, energía y afirmación conclusiva, hasta desembocar en un cierre de carácter rotundo. Fue una Heroica convincente, bien sostenida de principio a fin, con una orquesta concentrada y especialmente inspirada en las maderas, y con una sensación de coherencia que dio pleno sentido al recorrido de la obra.

   Una noche que funcionó tanto por la inteligencia del programa como por el nivel de sus intérpretes: una Serenata de Elgar servida con poesía, un Concierto de Walton elevado a verdadero acontecimiento por un Isserlis desbordante de vida y personalidad, y una Heroica sólida, clara en su arquitectura y sostenida por una orquesta concentrada, con maderas especialmente inspiradas. Un concierto que recordó que la grandeza no reside sólo en las partituras, sino en la manera —siempre irrepetible— de hacerlas hablar.

Fotos: Foto Live Music Valencia

Paul McCreesh con la Orquesta de Valencia
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