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Crítica: 'Street scene' de Kurt Weill en el Teatro Real de Madrid

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Autor: Raúl Chamorro Mena
20 de febrero de 2018

Sobró la amplificación

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 16-II-2018, Teatro Real. Street Scene –Escena callejera (Kurt Weill). American Opera en dos actos. Patricia Racette (Anna Maurrant), Mary Bevan (Rose Maurrant), Paulo Szot (Frank Maurrant), Joel Prieto (Sam Kaplan), Marta Fonatanals-Simmons (Jennie Hildebrand), Richard Bukhard (Harry Easter), Michael J Scott (Lippo Fiorentino), Gerardo Bullón (George Jones), Geoffrey Donton (Abraham Kaplan), Eric Green (Henry Davis), Tyler Clarke (Daniel Buchanan). Pequeños y jóvenes cantores de la ORCAM, Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Dirección musical: Tim Murray. Director de escena. John Fulljames.

   El músico alemán Kurt Weill (1900-1950) intentó, desde un principio, crear algo nuevo, una especie de combinación entre la tradición operística Europea y el cabaret en unas creaciones que destacaban por su gran crítica social. Entre ellas, a subrayar sus colaboraciones con Bertolt Brecht, principalmente Die Dreigroschenoper (“La ópera de los tres centavos”) basada en la ópera del siglo XVIII The Beggar's opera de John Gay y Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny (“Auge y caída de la ciudad e Mahagonny”) esta última vista en el Real en 2010. Ante la cada vez mayor presión del régimen nazi, Weill se vió obligado a huir de Alemania, primero a París y posteriormente, a los EEUU junto a su esposa y musa Lotte Lenya. Allí continuó con su afán por crear algo distinto (manteniendo esa crítica social, por supuesto, es más, potenciada por un crudo realismo) y encauzó ese afán de fusión música culta-popular con los ritmos y melodías de dicha nación-continente, el Jazz, el blues, el swing, el fox…, en definitiva, el musical de Broadway (Rodgers, Kern, Hammerstein, Berlin, Porter, el propio Gershwin….). De este modo, además, y dado que los EEUU carecían de una tradición operística propia, Kurt Weill pudo protagonizar -junto al gran George Gershwin y su inmortal “Porgy and Bess” (estrenada en 1935)- la creación de una Opera Estadounidense.

   Una obra clave en este terreno es Street Scene estrenada en 1946 en Filadelfia sobre libreto de Elmer Rice basado en su obra de teatro homónima ganadora del premio Pulitzer y que llegaba por primera vez al Teatro Real. Una magnífica muestra del talento como músico de Weill, su creatividad y variedad, la capacidad para asimilar la música popular, los ritmos fundamentalmente procedentes del musical americano, pero con  fibra y sello operístico. Ese carácter heterogéneo y especial de esta obra tiene como consecuencia que su presencia sea limitada en los teatros de ópera y nula en los de musical. De hecho, no ha vuelto a representarse en Broadway desde 1947.

   Antes de entrar en materia de lo que fue un espectáculo globalmente estimable, es preciso incidir en la parte más negativa del mismo: la utilización de amplificación. Además de lo que molesta y distorsiona, homogeneiza a todas las voces, que se escuchan igual, sean del calibre que sean, se coloquen como se coloquen. El que suscribe teme, zozobra y hasta se angustia cuando se abre esta puerta inquietante en un teatro de ópera, sobretodo en época en que reinan las minivoces, los modos del pop se adueñan de la lírica y muchos aficionados se han acostumbrado a ver la ópera en cine, donde a todos se les oye igual dándose la circunstancia, que algunos que presencian una ópera en teatro se sienten decepcionados “porque no es le oye tan bien como en el cine”. Se dice que es necesario porque la mayoría de cantantes proceden del musical y no tienen suficiente proyección para una sala como el Real, pero no tiene sentido que se amplifique a la soprano Patricia Racette que ha hecho su carrera fundamentalmente en teatros tan grandes como el MET o la Opera de Chicago. Incluso a Joel Prieto o Paulo Szot les ha visto el que firma exhibirse en la amplia sala del Liceo de Barcelona.

   Dicho esto y esperando sea algo puntual y que no se repita, el espectáculo con producción de John Fulljames y dirección musical de Tim Murray es notable y gustó, en general, al público madrileño. La escenografía de Dick Bird representa apropiadamente un humilde edificio del Lower East side, barrio pobre de Manhattan donde se desarrolla con crudeza y profundo realismo esta escena callejera. Bien es verdad, que en algún momento resta espacio al escenario donde fundamentalmente transcurre la acción, pero junto al muy eficaz y trabajado movimiento escénico ambienta impecablemente esa barriada indigente en la que florece el chismorreo, la violencia, el acoso, el racismo, la falta de horizontes. En definitiva, lo deshumanizada que puede llegar a ser una gran ciudad como Nueva York. Se desahucia a una familia con menores como si fuera tal cosa dejando sus enseres en plena calle y en seguida llegan los nuevos ocupantes de la vivienda. El portero desagua por dos veces un cubo de sangre, la primera vez es producto de la vida (el parto de la Sra. Buchanan), la segunda, del fin de la misma, el asesinato de la Sra. Maurrant y su amante. Magnífico este personaje, Anna Maurrant, madre y esposa entregada, que ha de soportar un marido cruel y brutal. Una vecina siempre dispuesta a ayudar a los demás, lo que no le evita los despiadados comadreos de sus colindantes, porque efectivamente, en su situación, un amante es, prácticamente, inevitable, como lo es el desenlace trágico: que el violento, vándalo y déspota marido asesine a ambos. Patricia Racette encarnó magníficamente a Anna Maurrant en lo interpretativo, con esa entrega e  intensidad dramática que siempre le han caracterizado. Aunque la amplificación impide, prácticamente, analizar las prestaciones vocales, puede decirse, que la soprano norteamericana conserva su centro carnoso, pero el timbre suena ya desgastado y el agudo, tasado. Creíble, asimismo, aunque de medios vocales muy modestos, Mary Bevan como su hija Rose, chica sensata y decente, que debe renunciar al amor de Sam Kaplan (interpretado por el tenor nacido en Madrid, portorriqueño de nacionalidad, Joel Prieto, de voz pequeña y corta, canto aseado, pero más bien monótono), pues después de la tragedia su única opción es huir de ese barrio, aunque sea de manos de un desaprensivo, prácticamente un acosador. Convenientemente agresivo, zoquete y obtuso el Frank Maurrant de Paulo Szot. El barítono Gerardo Bullón volvió a demostrar su “Alta fidelidad”, segurísimo en lo musical, ajustado en lo interpretativo, impecable en la caracterización del alcohólico George Jones. También merecen cita, entre el amplísimo elenco, Eric Green como el portero del edificio Henry Davis, la adecuadamente naif y afectada Jenny Hildebrand encarnada por Marta Fontanals-Simmons y Richard Burkhard como Harry Easter, hombre casado loco por llevarse al huerto a la joven e inexperta Rose Maurrant. Después de todo, la vida sigue y después de la tremenda escena de las dos nodrizas, cruel y lacerante donde las haya, la cotidianeidad del barrio vuelve al principio, a la “normalidad” con los vecinos quejándose del calor y los mosquitos.

   Bien el coro, pero especial mención, una vez más, para la espléndida intervención, tanto en lo musical como en lo escénico, de los pequeños y jóvenes cantores de la ORCAM dirigidos por Ana González. De matrícula. Buena labor de Tim Murray, que ya gustó en el Porgy and Bess ofrecido en la temporada 14-15. Consigue que la orquesta del Real suene con la suficiente afinidad, con swing, sentido del ritmo, lirismo cuando se necesita y adecuado pulso teatral. Un espectáculo recomendable, es preciso insistir, a pesar de la amplificación, y que podrán ver en el mes mayo los que se lo hayan perdido en esta ocasión, o bien repetir los que hayan tenido la oportunidad de verlo ahora. Pedro Almodóvar, así como Pedro Sánchez y señora, presentes en la función que aquí se reseña, no se la perdieron.

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