Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto de la Deutsche Kammerphilarmonie Bremen en el ciclo Impacta, bajo la dirección de Tarmo Peltokolsi, con Daniel Lozakovich como solista
El joven talento y el aristócrata del violín
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 3-III-2026, Auditorio Nacional. Ciclo de conciertos Impacta. Danzas de Galanta (Zoltán Kodály). Concierto para violín, Op. 64 (Felix Mendelssohn). Daniel Lozakovich, violín. Sinfonía nº 3, Op. 56, “escocesa”. (Felix Mendelssohn). Die Deutsche Kammerphilarmonie Bremen – Filamónica de cámara alemana de Bremen. Director: Tarmo Peltokoski.
El ciclo de conciertos Impacta se asienta esta temporada dentro de la actividad concertística madrileña con un aumento considerable del número de eventos y la presencia de artistas de renombre Internacional.
En esta ocasión, visitaba el ciclo el precoz director musical finés Tarmo Peltokolsi que, con apenas 25 años de edad ha dirigido ya importantes orquestas, así como obras tan monumentales como Tristán e Isolda y El anillo del Nibelungo, ambas de Richard Wagner. Añadía mucho interés al evento la presencia del estupendo violinista sueco Daniel Lozakovich para enfrentarse al emblemático concierto de Mendelssohn.
Después de su fundación en 1980, la Deutsche Kammerphilarmonie se estableció en 1992 en Bremen y cuenta con Paavo Jarvi como director artístico y el propio Tarmo Peltokoski como director invitado principal.
La actividad compositiva del húngaro Zoltán Kodály (1882-1967) se centró en el folklore de su país. Buen ejemplo de ello son Las danzas de Galanta (1933) en las que demuestra su talento como orquestador. La pieza se basa en el verbunko, danza tradicional húngara de origen zíngaro, que se interpretaba con ocasión de los reclutamientos militares para evocar la vida del soldado como de dicha, disfrute y diversión constante.
El desliz de la trompa al comienzo no contagió a las maderas, especialmente el clarinete, espléndido en sus numerosas intervenciones. Peltokolsi animado, extrovertido y bailón en el podio, pero también con mando y técnica, perfiló una entrada de la cuerda con gran efecto y expuso de manera encendida los flamígeros pasajes de arrebato rítmico en acentuado contrate con las partes lentas.
El violín del sueco Daniel Lozakovich delineó con primor la tan célebre como inspirada melodía de introducción del concierto de Mendelssohn. Su sonido es flexible, sedoso, dúctil, acariciador, pero justo de amplitud y volumen, con lo que fue tapado por la orquesta –algo aparatosa de más en ciertos momentos- en algunos puntuales pasajes. Sin embargo, el fraseo escanciado por Lozakovich resultó propio de orfebre. Sensible, aristocrático, variado, con gama dinámica casi infinita y el sabor de lo caro. La cadencia del primer movimiento fue una muestra de su destacada capacidad virtuosística, técnica y afinación pluscuamperfecta. La cantabilitá de altos vuelos de Lozakovich brilló en el segundo movimiento, un momento de hermoso lirismo y expresión elegíaca. Seguridad absoluta la de Lozakovich en los pasajes rápidos del último movimiento. Realmente asombrosa resultó la seguridad técnica del sueco en la suculenta propia ofrecida, el Capricho 24 de Paganini, todo un compendio de dificultades tanto técnicas, como, incluso, físicas para el solista. No parecieron tales ante el aplomo y serenidad, como quien no hace nada, con la que el violinista sueco abordó la pieza.
El sonido orquestal radiante y claro y que resultó un punto excesivo de decibelios en algún pasaje, permitió, sin embargo, al solista escanciar su gama dinámica, fraseo y detalles. La batuta fue animada, contrastada y comunicativa, más que elegante.
La visita de Mendelssohn a Escocia de 1829 y, concretamente, al Palacio de Holyroodhouse, residencia de la reina Maria Estuardo y lugar de sus matrimonios con Lord Darnely y Lord Bothwell, así como diversas intrigas y asesinatos, como el de su secretario David Rizzio, le inspiró su tercera sinfonía.
Indudablemente, el jovencísimo Tarmo Peltokoski, enésimo alumno de la cátedra del incombustible Jorma Panula, posee técnica, mando y talento. El sonido fue claro y luminoso, fundamental en Mendelssohn, y el discurso orquestal atesoró contrastes y aristas. Las maderas, particularmente el clarinete, volvieron a lucirse. Sin embargo, en este momento y parece lógico, ese talento del finlandés se traduce más en efectos –esas transiciones -, ímpetu, exaltación expansiva y fogosidad, que en poso, reflexión, sentido constructivo y profundidad. La orquesta tocó motivada y entregada, hubo momentos en que la cuerda echaba humo, pero al segundo movimiento le faltó vuelo lírico y cantabilità.
Sin duda, estamos ante un músico talentoso y que tiene mucho que decir. Por tanto, la base de partida para una lógica evolución es sólida y todas esas cualidades indicadas se podrán adquirir con el tiempo.
Foto: Instragram Daniel Lozakovich
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