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Crítica: Concierto homenaje a Miguel de Cervantes en el Teatro de la Zarzuela

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3 de noviembre de 2016

RENDIR HOMENAJE

   Por Óscar del Saz
Madrid. 1-XII-2016. Teatro de la Zarzuela. Concierto homenaje a Miguel de Cervantes. Joan Martín-Royo, Mariola Cantarero, Alejandro del Cerro y Cristina Faus. Director musical: Cristóbal Soler. Orquesta de la Comunidad de Madrid y titular del Teatro de la Zarzuela. Obras de Ullmann, Ibert, Massenet, Ravel, Chapí, Guerrero, Gombau, Vives y Palomo.

   Resulta altamente gratificante que el Teatro de la Zarzuela también programe conciertos líricos temáticos como el que nos ocupa, esto es, un concierto en homenaje al cuadrigentésimo aniversario de la muerte del universal “Príncipe de los Ingenios”, D. Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616). Afortunadamente, ésta parece ser una de las señas de identidad de la nueva era de Daniel Bianco, en la que -según sus propias palabras-, se pretende abrir todas las puertas y ventanas del bello edificio de la calle Jovellanos para fusionar, enriquecer y modernizar repertorios a fin de sorprender al público habitual y atraer a nuevos aficionados. El aforo se completó y hubo una media más baja de edad que de costumbre.

   En cuanto al diseño del contenido del concierto, la dificultad –convertida realmente en comodidad, como se comentará después- probablemente ha consistido en seleccionar de entre las innumerables obras de ballet, zarzuela, música sinfónica y óperas, aquéllas en las que mejor se hayan quintaesenciados los personajes de Don Quijote, Sancho Panza y Dulcinea en nuestra música occidental.

   Alternando obras de compositores reconocidos universalmente (a falta, quizá, del consabido Strauss) con otros menos habituales como Ibert, Ullmann, Palomo o, inexplicablemente, Gombau, el concierto comenzó con Don Quixote Tanzt Fandango, de Viktor Ullmann (1944). La obra es descriptiva, casi cinematográfica, un baile que sugiere pasos trastabillados… Pese a no ser una obra que se programe con frecuencia, no fue dirigida con demasiada implicación por el maestro Cristóbal Soler. Ullmann realizó la composición mientras estuvo confinado en el campo de concentración de Theresienstadt (donde realizaría una encomiable labor como animador cultural, director de orquesta, pedagogo,…), aunque su obra más conocida, la ópera Der Kaiser von Atlantis, se convirtió en símbolo del Holocausto al morir el autor ese mismo año en la cámara de gas del campo de Auschwitz.

   El sonido de la Orquesta de la Comunidad de Madrid resultó un tanto desangelado sin el resguardo del foso, aspecto éste que Cristóbal Soler tampoco supo remediar. Al principio de la segunda parte el conjunto mostró algo más de empaque, pero sin demasiado entusiasmo, en el  Combate de Don Quijote con las ovejas (1869), de un muy joven Chapí; y resultó más atinada, aunque excesivamente “llorosa” su sección de cuerda en el Don Quijote velando las armas, de Gerardo Gombau, pieza muy interesante por su instrumentación (Premio Extraordinario de Composición del Conservatorio de Madrid en 1945), comparable en calidad a las más famosas obras quijotescas de Óscar Esplá o Guridi, aunque más cercana a los cánones compositivos de Sorozábal, Conrado del Campo o el mismo Strauss.

   A destacar las intervenciones del barítono Joan Martín-Royo en las cuatro Chansons de Don Quichotte, de Jacques Ibert (1933), de ingeniosa belleza, así como en las tres Canciones de Don Quichotte à Dulcinée, de Maurice Ravel (1932-33), con una voz no dotada de excesivo volumen pero sí muy afinada y expresiva, correcto fraseo y perfecta dicción francesa, si bien un tanto justa en la zona grave para un repertorio que requeriría más un bajo-barítono que un lírico puro. En este último aspecto, comentar que el intérprete abusó del recurso del falsete no reforzado en las dinámicas piano, lo cual le penalizó al hacerse inaudible en algunos de los finales. Como anécdota, comentar que las piezas de Ravel constituyen unas de las últimas obras del músico antes de su definitivo deterioro neurológico, y fueron un encargo para una versión cinematográfica de Don Quijote, dirigida por el cineasta G. W. Pabst y protagonizada por el legendario bajo ruso Fiódor Chaliapin. Se da la circunstancia de que G. W. Pabst también contactó con el mismo fin con Jacques Ibert cuando tuvo constancia del deterioro de Ravel.

   Fue el mismo Fiódor Chaliapin quien estrenó la ópera Don Quichotte, de Jules Massenet.  En esta versión, la sencilla campesina Aldonza Lorenzo de la novela original pasa a convertirse en la sofisticada Dulcinée, una coqueta belleza local que trastorna al anciano don Quijote. Para la parte de mezzo, son muy famosas las intervenciones «Lorsque le tempsd’amour a fui», y «Alza! Alza! Ne pensonsqu’auplaisird’aimer», que Cristina Faus dibujó con desparpajo escénico acompañada por la guitarra. Aunque desgarró la voz a propósito en algún momento puntual, exhibió igualdad en toda la tesitura y lució un estupendo color de verdadera mezzo con facilidad en el agudo.

   Frente a esta música muy próxima a lo folclórico, la bella rareza de la pieza «Bienvenido sea a mi reino», de Dulcinea, de Lorenzo Palomo, constituyó el contraste de ensoñación e introspección de la heroína quijotesca. Mariola Cantarero presentó una versión afectada en exceso, muy cercana a la de un ser atormentado. La obra resulta quizá demasiado grave para sus medios vocales, aunque dado el estado actual de suzona aguda, quizá le benefició.

   La segunda parte giró casi exclusivamente en torno a la zarzuela El huésped del Sevillano, de Jacinto Guerrero (1926): «Mujer de los ojos negros»y «¡Fiel espada triunfadora…!», y estuvieron a cargo del tenor Alejandro del Cerro. Con una voz de color no demasiado bello, pero sí varonil, en la primera pieza fraseó con elegancia con un canto bien apoyado y seguro, aunque no cuidó todos los ataques. En la segunda, el canto fue más arrojado como solicita la partitura, aunque en el agudo final, un tanto estrecho, dejó entrever cierto margen de evolución en su voz para redondearse e igualarse adecuadamente en toda su tesitura.

   Correctos, sin más, los dúos «Cuando el grave sonar de las campanas», de El huésped del Sevillano y«No me asustan tus palabras», de La buena ventura, de Amadeo Vives a cargo de Mariola Cantarero/Alejandro del Cerro y Mariola Cantarero/Cristina Faus, respectivamente.

   Para cerrar, se interpretó «Insolente, presumido, fanfarrón y pendenciero», de El huésped del Sevillano, a cargo de Mariola Cantarero y Alejandro del Cerro, que agradaron al público más por lo célebre de la pieza que por su ejecución, la cual se podría adjetivar de poco vehemente por parte del tenor y de frágil de medios en el agudo en la parte femenina.

   Ante la insistencia de los aplausos del público, complacido sobre todo por esta segunda parte, se ofreció como bis el dúo cómico «Si tú fueras pastora, yo fuese corderito», también de El huésped del Sevillano, interpretado por los cuatro integrantes de la velada.

   Como corolario, añadir que ocasiones para engalanar el Teatro de la Zarzuela no hay tantas si se quiere que nuestro patrimonio musical brille a la altura de aquello a lo que se pretende homenajear, por lo que no debemos desaprovecharlas.

   En esta ocasión, y como se ha comentado al principio, el planteamiento del concierto cumplió en su primera parte con las expectativas sobre la innovación y ampliación del repertorio ofrecido al público que habitualmente asiste al Teatro de la Zarzuela, pero pecó de cómodo y previsible en la segunda parte, focalizándose en un mismo título. Lo ideal habría sido incluir en esta segunda parte una mezcla entre el repertorio más conocido y alguna de las joyas de nuestra zarzuela -aunque hubiera habido que desempolvarlas- que se han compuesto en torno a la figura de Don Quijote.

Autor:Óscar del Saz
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