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Crítica: Teodor Currentzis y la Sinfónica de la Radio de Stuttgart en Madrid, para La Filarmónica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
1 de abril de 2022

El ciclo musical de La Filarmónica acoge en el Auditorio Nacional de Música un concierto protagonizado por Teodor Currentzis y la Sinfónica de la Radio de Stuttgart

Teodor Currentzis

Llamamiento a la paz de alto voltaje musical

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 30-III-2022, Auditorio Nacional. Ciclo La Filarmónica. Glosolalia para orquesta (Oleksandr Shchetynsky). Concierto para viola y orquesta (Jörg Wildmann). Antoine Tamestit, viola. Sinfonía nº 5, op. 47 (Dmitri Shostakovich). Orquesta Sinfónica de la Radio de Stuttgart. Dirección: Teodor Currentzis. 

   Muy interesante concierto el que anunciaba La Filarmónica en su temporada del 10ª aniversario, pues suponía el regreso a Madrid del controvertido, pero siempre personal y pleno de alicientes, director Teodor Currentzis después de su concierto para Ibermúsica del pasado año con MusicAeterna. Esta vez ya con orquesta completa, sin protocolo pandémico, pero sí con cambio de obras para toda la gira de orquesta y director, que en opinión del que suscribe añadió aún más interés al evento. Una variación provocada, sin duda, por la guerra ruso-ucraniana, que dejaba fuera a Brahms incluyendo en su lugar a Shostakovich, manteniéndose la presencia del excepcional violista Antoine Tamestit, a cargo del concierto de Jörg Wildmann y no el de Marko Nikodijevic como estaba previsto en un principio. Además, se incluía a comienzo una obra de un compositor ucraniano, Oleksandr Shchetynsky (1960), mientras una alocución previa al concierto subrayaba la presencia en el programa de un compositor ucraniano, un alemán y un ruso «para hacer un llamamiento por la paz y la concordia». Con todo ello, el director ruso de origen griego, Teodor Currentzis, «salvaba» la gira con la orquesta de la Radio de Stuttgart de la que es titular, alejándola de esa tentación de vetar todo lo ruso que se está apreciando, en cierta medida, últimamente en Occidente. 


«Bravos, vítores y ovaciones del público recibieron el final de la quinta sinfonía y sellaron lo que fue el clamoroso éxito de un gran concierto»

   Oleksandr Shchetynsky se confiesa gran admirador de Shostakovich en su texto del programa del concierto y trazaba un paralelismo entre su sufrimiento ante las presiones de Stalin y el actual del pueblo ucraniano ante Putin. Su obra dodecafónica Glosolalia para orquesta (1989) contiene abundante percusión como es habitual en la música contemporánea y logra algunas texturas y tímbricas orquestales interesantes, además de un inquietante halo de misterio que culmina en un violento clímax a la mitad de la obra, que fue impecablemente expuesta por Currentzis al frente de una orquesta que ya empezó a mostrar su excelso nivel. 

   Si esta pieza de música contemporánea resultó interesante, el concierto para viola y orquesta del alemán Jörg Wildmann -nacido en 1973- se puede considerar auténticamente fascinante, toda una obra maestra, plena de originalidad, creatividad y fantasía. La obra exige prácticamente de todo al solista de viola, en esta ocasión el parisino Antoine Tamestit, que a la sazón, estrenó la obra en 2015 y que completó una deslumbrante interpretación. La composición, junto a una tremenda exigencia técnica y virtuosística, demanda al solista, que entra de manera inopinada, después del director musical, una importante faceta interpretativa con hondo componente gestual, además de desenvolverse entre los atriles y pasar de un lado a otro del escenario. La obra comienza con golpes sobre la tapa superior de la viola y sobre el mástil, para pasar a un largo pasaje en pizzicati con el que dialoga primorosamente con diversos instrumentos de la orquesta. Espléndido Tamestit en lo instrumental, también dominador del escenario y dueño absoluto de la capacidad técnica para asumir un abanico inagotable de exigencias virtuosísticas, como todo tipo de golpes de arco -incluso hay un momento en que lo maneja somo si un sable laser de un caballero Jedi se tratara- pasajes vertiginosos, escalas, saltos de cuerda… Wildmann, después de esta exhibición de imaginación creativa nos reserva para el final un fragmento de prodigioso lirismo, de tonos melancólicos, de una cautivadora belleza. Tamestit, ya quieto en el lugar habitual de un solista de obra concertante, puso la guinda a su prodigiosa interpretación demostrando que su cantabilità es también excelsa y su sonido de una calidad extraordinaria por belleza, aquilatamiento, ductilidad y generosa sonoridad. Fabulosa la conjunción solista-director, pues Currentzis fue atentísimo y apropiado colaborador de la exhibición instrumental y escénica de Tamestit con una dirección exacta, quirúrgica, transparente, pero también intensa y enérgica al frente de una orquesta sobresaliente. El público ovacionó entusiasmado la extraordinaria interpretación de obra tan singular, tan fascinante. Tamestit ofreció tal y como anunció al público Bach. Small Ukranian Lullaby, es decir una canción de cuna popular ucraniana en curioso arreglo con la Sarabande de la Segunda suite para violonchelo de Bach.

   La segunda parte la ocupó la monumental Quinta sinfonía de Dmitri Shostakovich, una de las obras maestras del genial compositor ruso. Como sabemos, Currentzis sacrifica la construcción global a los exarcerbados contrastes, tanto de dinámicas - muy audaces- como de tempi, con un acentuado uso del rubato. Todo ello con una gestualidad muy particular, pero muy efectiva, al frente de una orquesta, entregada y motivadísima, inequívocamente fiel a la idea y concepto de su titular y que ofreció un espléndido nivel tanto de sonido como de ejecución. Comienzo arrollador el del primer movimiento, pleno de fuerza. Intenso, brillante, pleno de contrastes. Impactante la entrada de la cuerda grave en el allegretto, con un tempo inusitadamente rápido y un aliento rítmico desaforado, que expresó adecuadamente la ironía tan genuina de Shostakovich. El Largo, en esa búsqueda de contrastar al máximo, llevó a Currentzis a ralentizar al extremo el tempo -de hecho, le duró la sinfonía unos minutos más de lo habitual- y estirar las dinámicas hasta el susurro, llegando a veces a estar a punto de desnaturalizar la frase musical, cayendo en puntuales pérdidas de tensión. Sin embargo, logró transmitir con intensidad ese sufrimiento lacerante de un Shostakovich acosado por el régimen soviético y por su propio líder, el tirano Stalin. Brillantísimo, fogoso, pleno de brío, el último movimiento, que encarna el entusiasmo aparente y fingido del alma del autor, con una orquesta a fascinante nivel. Cierto es que, cuando se toman riesgos y se busca hacer algo distinto, personal y muy contrastado, se puede caer en algún exceso o pasaje discutible, pero, sin embargo, el balance es muy positivo cuando se tiene talento y se sabe lo que se quiere, además de lograr tal complicidad y entrega por parte de la orquesta. Por ello, ante tanta rutina, monotonía y sucesión de conciertos anodinos, se agradecen las propuestas de Currentzis, personal, atrevido, distinto, talentoso y siempre interesante.  

   Bravos, vítores y ovaciones del público recibieron el final de la quinta sinfonía y sellaron lo que fue el clamoroso éxito de un gran concierto. Otra prueba de la plena comunión de la orquesta con Currentzis fue la propina, pues parte de los músicos ejercieron de cantantes en «Jesus bleibet meine Freude» de la Cantata nº 147 de Johann Sebastian Bach.

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