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Crítica: Thielemann dirige 'Ariadne auf Naxos' en Viena

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Autor: Alejandro Martínez
27 de octubre de 2014

DER KAISER THIELEMANN

Por Alejandro Martínez

23/11/2014 Viena: Wiener Staatsoper. Strauss: Ariadne auf Naxos. Soile Isokoski, Johan Botha, Sophie Koch, Daniella Fally, Peter Matic, Adam Plachetka, Norbert Ernst y otros. Christian Thielemann, dir. musical. Sven-Eric Bechtolf, dir. de escena.

   De tanto en tanto, entre funciones de repertorio no tan logradas, la Staatsoper de Viena ofrece auténticas perlas, como es el caso de esta Ariadne auf Naxos de Strauss bajo la batuta de Christian Thielemann y con un reparto casi intachable. Y es que el trabajo de Thielemann con esta partitura es simplemente prodigioso. De una pulcritud, sensibilidad y brillantez que apabullan al oyente, que no puede sino rendirse boquiabierto ante el despliegue de virtuosismo que redunda de la suma de su batuta con las facultades de una Filarmónica de Viena en estado de gracia, completamente entregada a una batuta con la que sus músicos disfrutan de forma evidente. Una primorosa versión musical, en suma. Para enmarcar, especialmente, los últimos veinte minutos de música, con el dúo entre Ariadne y Baco, con esas cuerdas intensas, bordando el sonido en pianissimo, como si el tiempo se hubiera ralentizado de repente. La madurez y solvencia del trabajo de Thielemann con estas partituras y en general con todo el repertorio germano es simplemente admirable. Hemos sabido que este resultado musical se ha logrado con tan sólo dos intensas y extensas sesiones de ensayo de Thielemann con la Filarmónica de Viena. Increíble. Sólo una batuta de su talla y una orquesta tan virtuosa son capaces de bordar una versión musical así con un tan corto periodo de ensayos. Thielemann fue ovacionado, y con justicia, como pocas veces hemos visto en Viena.

   Soile Isokoski es una señora cantante, con mayúsculas. Derrocha clase, seguridad y conocimiento del estilo. Ya nos referimos aquí a su impecable Mariscala en Der Rosenkavalier. Su Ariadne fue una nueva lección de cómo se puede y debe cantar Strauss, con una línea y un color que admiran y convencen durante toda la representación. Su madurez con este repertorio es una garantía que merece la pena poner en valor, por menor que sea su renombre, al lado de Harteros o Fleming, por citar dos solistas más reconocidas en estas lides.

   Como Baco, Johan Botha ofreció una de las mejores interpretaciones que le recordamos, no sólo firme en la emisión y restallante en el agudo, sino esmerado incluso como actor, creíble e implicado, casi desconocido. De un tiempo a estar parte encontramos a Botha levemente más pendiente de su trabajo interpretativo, al margen de la pura realización musical. Le hemos criticado varias veces precisamente por su desatención en ese sentido y no cabe sino aplaudir su esfuerzo en la dirección opuesta. Impecable la labor de Sophie Koch con la parte del compositor, salvo por alguna tirantez y desgaste en la franja aguda.

   Ya nos habíamos referido aquí a Daniella Fally, al hilo de su Olympia, precisamente en unos Cuentos de Hoffmann en Viena. Ya entonces nos dejó una impresión poco favorable, que se ha vuelto a confirmar con su Zerbinetta, por lo general blanda, discreta hasta resultar mediocre. No compartimos en modo alguno la ovación que recibió. Sin virtuosismo técnico para la coloratura y el sobreañado no se puede cuajar una gran Zerbinetta y precisamente en esas dos facetas queda Fally bien lejos de la excelencia. No es tampoco una actriz esmerada, más bien remilgada, afectada y falta de naturalidad. Cabe destacar el espléndido trabajo del nutrido equipo de excelsos comprimarios, habituales en el escenario de la Staatsoper de Viena, y entre los que cabe destacar el buen hacer de Norbert Ernst y Valentina Nafornita.

   Un general sopor y un convencionalismo que desilusiona es lo único que encontramos en la puesta en escena de Bechtolf, estrenada hace dos años en Salzburgo. una producción tediosa, sin ironía, de un clasicismo tan apagado como caduco. A pesar de la buenas intenciones de la escenografía de Rolf Glittenberg y del vestuario de Marianne Glittenberg, la producción adolece de una falta general de ideas y una dirección de actores verdaderamente inspirada brilla por su ausencia. Recientemente nos referimos aquí a la producción firmada por Robert Carsen, que es un ejemplo de lo mucho que da de sí esta partitura se se afronta con ambición y coherencia, todo lo contrario de lo que vimos en Viena.

© Wiener Staatsoper / Michael Pöhn

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