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Crítica: Thomas Dausgaard y Pablo Ferrández con la Sinfónica de Castilla y León

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Autor: Agustín Achúcarro
17 de marzo de 2022

Pablo Ferrández visita la temporada de la Sinfónica de Castilla y León para tocar el Concierto para chelo nº 1 de Nielsen

Pablo Fernández

De la personalidad de Ferrández, a la grandeza de Nielsen 

Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 12-III-2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Auditorio de Valladolid. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Pablo Ferrández, violonchelo; Thomas Dausgaard, director. Sinfonía nº 35 en re mayor, Kv 385, «Haffner» de Mozart, Concierto para violonchelo y orquesta nº 1 en la menor, op. 33 y Sinfonía nº4, op.29, «Lo inextinguible» de Nielsen.

   «La música tiene el poder de darnos esperanzas…» Así comenzó una breve alocución el director Thomas Dausgaard al inicio del concierto para recordar el drama que se vive en Ucrania con la guerra. Palabras a las que se sumó la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, y que dieron paso a un homenaje a las víctimas con la Serenata de la tarde del compositor ucraniano Valentin Silvestrov. Una melancólica partitura con la que se hizo patente hasta dónde puede llegar la barbarie humana.

   Después, obras de Mozart, Saint-Saëns, con su Concierto para violonchelo nº1, que pondría en valor el talento de Pablo Ferrández, y la Sinfonía nº4 de Nielsen, que dejaría bien palpable hasta qué lugares recónditos puede llegar la música y la complejidad técnica y emocional de una partitura.

   La interpretación de la Sinfonía nº35 del salzburgués dejó patente la buena predisposición de los violines, que mantuvieron en el movimiento inicial un fructífero diálogo sobre el fondo de las violas, con un fraseo que buscaba la transparencia. Dausgaard consiguió que todo sonara convincente, que formalmente la versión resultara correcta, ante una partitura de un tejido armónico nada fácil de resolver, aunque pueda parecerlo en apariencia. Se alcanzaron los momentos más subrayables en los movimientos centrales, con un Andante especialmente emotivo. Posiblemente se necesitaron otros planteamientos, no mejores, sino diferentes, sin por eso salirse de las características propias de una orquesta moderna, para haber escuchado una versión más redonda y evitar esa posible sensación de que la obra ya se ha escuchado muchas veces.

   Con Pablo Ferrández y su violonchelo llegó el dominio absoluto del solista. El artista fue dueño y señor de la obra de principio a fin, con un sonido mórbido y cautivador. Impuso su personal forma de entenderla, con un uso muy marcado del vibrato y unos tempos administrados con el fin de conseguir sus objetivos como solista. Curiosamente en esta determinación estuvo su gran fuerza y su punto más debatible. Su forma de actuar puso a prueba al director y a la orquesta que tuvieron que estar siempre muy pendientes de él y no siempre se consiguió la mejor de las conjunciones, lo que condicionó la parte orquestal. Resultó evidente que Pablo Ferrández posee una elevada personalidad artística, con una marcada individualidad, así como sobrada energía y capacidad para abordar la obra. Su interpretación del concierto resultó un auténtico éxito. 

   Quedaba aún una sinfonía de las características de la nº4 de Carl Nielsen y director y orquesta no se arrugaron ante la propuesta desde su súbito inicio. No se alcanzó una interpretación redonda, pero a cambio sí fue peleada en toda su extensión. El director consiguió que sonara espectacular e íntima y la Orquesta Sinfónica de Castilla y León abundó en esa dialéctica que se produce entre los pasajes camerísticos y los tutti plagados de energía, con unos acertados vientos. Pero, aun así, la sinfonía mostró toda su gran complejidad, algo que sufrieron en el primer movimiento los violines, de la misma forma que se resentiría en otros momentos el resto de la orquesta. Pero lo más reseñable, en síntesis, es que ante la grandeza de la partitura nunca le volvieron la cara, como demostraron en su culminación, con todo su fulgor tímbrico, incluido el impactante enfrentamiento de los timbales.    

Foto: Sinfónica de Castilla y León

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