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Crítica: «Tosca» en el Baluarte de Pamplona

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Autor: Aurelio M. Seco
5 de febrero de 2026

Crítica de Aurelio M. Seco de la ópera Tosca de Puccini ofrecida en el Auditorio Baluarte de Pamplona, bajo la dirección musical de Iván López-Reynoso y escénica de Mario Pontiggia

«Tosca» en el Baluarte de Pamplona

Espléndida y heroica Tosca

Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
Pamplona, 30-I-2026. Auditorio Baluarte. Tosca de Puccini. Vanessa Goikoetxea [Tosca], Arturo Chacón [Mario Cavaradossi], Carlos Álvarez [Scarpia], David Lagares [Angelotti], Fernando Latorre [El sacristán], Manuel de Diego [Spoletta], Juan Laborería [Sciarrone] y Pepa Santamaría [Un pastor]. Orquesta Sinfónica de Navarra, Coro Lírico AGAO, Coro Joven del Orfeón Pamplonés. Escenografía, Francesco Zito. Iluminación, Santiago Mañasco. Director musical: Iván López-Reynoso. Dirección de escena: Mario Pontiggia. Orquesta Sinfónica de Navarra.

   No siempre es fácil determinar las materialidades que producen los grandes eventos artísticos. El actualismo del proceso es en ocasiones impredecible y sorprendente. Hay producciones bien ejecutadas pero sin alma, óperas con alma pero con una absurda dirección de escena, direcciones musicales interesantes con repartos irregulares..., una multitud de posibilidades a las que hay que sumar las condiciones acústicas de la sala, un aspecto importante que pocas veces se tiene en consideracion o sobre el que se pasa de puntillas, y del que en esta ocasión conviene hablar en especial, porque creemos ha contribuido, paradógicamente por defecto de hipertrofia sonora orquestal, a potenciar las virtudes de unos artistas magníficos que estuvieron soberbios, heroicos.

   El resultado ha sido una gran función de Tosca, una de las más reconfortantes que hemos podido ver, dentro y fuera de nuestro país, convirtiendo a Pamplona y su Baluarte en una referencia en la institución operística, aunque sólo hayan sido dos las funciones programadas. Y menos mal, porque el esfuerzo de la ópera y la necesidad de sobreponerse a la sonoridad de la sala, que potencia excesivamente el sonido de la orquesta, ha tenido que ser agotador para el reparto. Que la orquesta suene fuerte es, en cualquier caso, mejor a que apenas suene, sobre todo en una música tan apasionada, enfática y genial como esta.

  Para el éxito de la propuesta ha sido fundamental la elección, sobre todo, de los cantantes y de la producción. La puesta en escena es de Mario Pontiggia, excelente director que dio la sensación de conocer hasta los más mínimos recovecos dramáticos de la historia, dejando detalles de elegancia e inteligencia durante todo el espectáculo. Pontiggia, autor también de la escenografía y vestuario, situó a los artistas lo más cerca posible del público, una decisión sabia que buena parte del gremio ignora o desprecia, equivocándose. Hubo momentos escénicos llamativos en su grandeza, y también sutiles, sorprendentes y lucidos, que aportaron valor a las ya grandes dotes actorales de los principales miembros del reparto. Si acaso faltó un poco de naturalidad en la forma en que se resolvió el final del primer acto, en la manera de introducir y mostrar a un abanderado francés, pero en general la producción, de la Fundación Teatro Massimo de Palermo, resultó vistosa, elegante, apasionada e inteligentemnete diseñada, con una escenografía magnífica, que nos mostró a la iglesia de San Andrés del Valle con todo lujo y esplendor, con un trabajo impresionante de perspectiva para mostrarnos la grandiosidad y belleza del interior de la cúpula del templo. Bien es cierto que se apoyó en un reparto sensacional, cantantes que no sólo no sucumbieron a la difícil acústica del recinto que, como hemnos dicho pontenciaba muchísimo la sonoridad de la orquesta, no siempre de forma homogénea además, sino que se sobrepusieron a ello de forma admirable, con una capacidad técnica y entrega que dotaron a sus interpretaciones de una reconfortante fuerza magnética. Este fenómeno peculiar, de no dejarse vencer por lo orquestal dotó a las participaciones de Chacón-Cruz y Goikoetxea en especial, de una naturaleza dramática vibrante, que fue bien con la sustancia musical y dramatúrgica de una obra de gran impacto emocional.

Tosca en el Baluarte

   Fue sobresaliente la participación del gran tenor mexicano Arturo Chacón Cruz, que ya desde «Recóndita armonía» mostró una calidad vocal encomiable, apoyada en una técnica segura y una manera de cantar elegante y enjundiosa, brilllante en ocasiones. Fue preciosa, realmente inolvidable la forma en que moldeó el famoso «Victoria», con una vocalización de la palabra de impresión, con el tenor deleitándose al pronunciar cada sílaba y regalándonos un «ri» fenomenal, restallante y hermoso, que cambió la atmósfera de la sala. Fue un «Victoria» victorioso, de los más impresionantes que hemos oído. La sensación de especial esfuerzo para cantar por encima de la orquesta estuvo presente durante toda la velada, pero esto no restó ni un ápice de interés a su interpretación. Más bien al contrario, como hemos dicho, le proporcionó una fuerza inusitada y un tono dramatico potente y elegante, de gran presencia. Si acaso, esta perspectiva fue menos apropiada en el famoso «Adiós a la vida», aria que consideramos tendría que haberse planteado con un tono dramático más grave y, si no más lento, desde luego más triste, nostálgico, desesperanzado, profundo. El plano alegórico no fue el punto fuerte del director de orquesta Iván López Reynoso. El amor de los protagonistas, magistralmente plasmado en el primer acto por Puccini, no alcanzó la potencialidad de esta música en todas sus facetas. Habría que convertir los acordes en algo más. Nos faltó la belleza de lo sutil, de la claridad de Ideas. Pero no estuvo mal dirigida la versión. De la mano de Reynoso, nos sumergimos en la magia de Tosca apreciando sus buenas cualidades conductoras, de una cómoda naturalidad. También pensamos que la cuestión acústica, si no corregirla, cosa harto difícil, se podría por lo menos haber matizado bastante desde el foso. Fue una versión eficaz, estimable, solvente.

   Vanesa Goikoetxea demostró ser, no sólo una soprano excepcional, sino también una cantante con grandes virtudes actorales. Goikoetxea dejó momentos líricos asombrosos, de un dramatismo desesperado, incluso sobrecogedor; tanto que en algún momento logró emocionarnos. Su actuación en el segundo acto junto al Scarpia de Carlos Álvarez nos pareció magistral, de una fuerza expresionista inusual y atractiva. Esta vertiente atormentada, desesperada, fue la que mejor desarrolló la cantante, acomodándose en sus grandes cualidades vocales volumétricas, y esto sin menosprecio de ciertos momentos líricos, que a nuestro juicio podrían haber optado por una mayor sutileza, otorgando así al personaje una paleta dramática más amplia. Por ejemplo, ¿no es acaso más terrible y doloroso musicalmente para Tosca terminar el «Vissi d´arte» en el más difuminado y tenue pianísimo en lugar de hacer un regulador más fuerte justo al final que nos evada del encanto trágico que otorga el momento? En cualquier caso, la caracterización de Goikoetxea nos pareció admirable desde cualquier punto de vista.

 

Tosca en el Baluarte

   La producción y el público tuvimos el privilegio de ver en escena a Carlos Álvarez en el papel de Scarpia. Álvarez es un cantante histórico, un gigante de la escena, un artista de talento único que asombra por la intencionalidad y profunidad de cada palabra, mirada, gesto. Del trío protagonista, fue el único que no forzó su voz para adaptarse a las condiciones sonoras del recinto, lo que hizo que no destacase tanto como la del resto de protagonistas. Pero no nos equivoquemos, Álvarez cantó con la intensidad normal adecuada a su voz y a su manera de entender el personaje (era la orquesta la que sonaba demasiado fuerte), ofreciendo una versión lírico-dramática de absoluta referencia. Qué ramalazo de carácter en la manera de usar el látigo o salir airoso del momento en el que el manto de Tosca se quedó enganchado en su propia ropa, involucrando el momento en la acción. Eso son tablas. La dirección de escena fue muy limpia en general, pero fueron curiosos los problemas que tuvo también Goikoetxea al andar con el vestido y, justo al final del «Vissi d´arte», creemos que con un pendiente que produjo un movimiento inesperado de la cabeza que, al figual que Álvarez, la soprano incorporó con talento a la situación y personaje. 

   Magnífico, realmente soberbio el sacristán de Fernando Latorre, cantando y actuando. Fue un sacristán carismático, de voz siempre presente. Buena participación de David Lagares como Angelotti y correctos Manuel de Diego, Juan Laborería y Pepa Santamaría. Gran participación, en escena y cantando, del Coro Lírico ABAO y el Joven del Orfeón Pamplonés, que nos pareció espléndido. Sonó bien la Orquesta Sinfónica de Navarra. Salvo puntuales desafinaciones hacia el final de la ópera, el conjunto ofreció una notable recreación sonora, en un título difícil, sobresaliendo algunos de sus músicos, como el clarinetista solista en «E lucevan le stelle».

Tosca en el Baluarte
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