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Crítica: "Tristán e Isolda" con Stemme y Gould en la Deutsche Oper de Berlín

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Autor: Alejandro Martínez
21 de mayo de 2014
Stemme y Gould

CRECER ANTE LA ADVERSIDAD

Por Alejandro Martínez

18/05/14 Berlín. Deutsche Oper. Wagner: Tristán e Isolda. Nina Stemme, Stephen Gould, Liang Li, Egil Silins y otros. Donald Runnicles, dir. musical. Graham Vick, dir. de escena. 

   Superarse a uno mismo es seguramente el mayor logro que puede atribuirse a un artista, más si cabe cuando ese artista actúa no disponiendo de sus facultades en plenitud, como fue el caso de Nina Stemme en esta función de Tristán e Isolda que comentamos. Y es que se anunció al comienzo que actuaría a pesar de estar gravemente indispuesta, hasta el punto de que una sustituta estaba viniendo en taxi al teatro por si era preciso reemplazarla. En esas circunstancias, todo hacía presagiar lo peor, francamente. Y de hecho Nina Stemme dio muestras en el primera acto de no encontrarse en plenitud, no tanto porque incurriera en algún accidente vocal, que no fue el caso, como sí por el cuidado y cautela con que iba desgranando las primeras frases de su parte, como si no estuviera segura de la respuesta que encontraría en sus cuerdas vocales. Decíamos que nada bueno parecía presagiar el aviso antes mencionado sobre su indisposición, pero nada tampoco hacía presagiar la remontada progresiva que iba a llevar a cabo Stemme, imponiéndose a su propio estado físico a base de temperamento, técnica y una entrega ilimitada. Así, tras un primer acto más reservado y cauteloso, donde hizo virtud de sus carencias, abundando en un acento menos agresivo y más belcantista, por decirlo de algún modo, no tuvo especial inconveniente en dar la réplica a un entonado Gould en el segundo cuadro de la ópera, como si poco a poco hubiera ido olvidando su indisposición. La sorpresa iba a llegar con un tercer acto a lo grande, extraordinaria por entrega, expresividad y fuerza dramática, rematando la faena con un Liebestod de los que hacen estremecer al oyente. Bárbara pues, y ya no tanto por la pura resolución musical, por debajo obviamente de su entrega en plenitud de facultades en Viena, aquí comentada, sino por el absoluto compromiso con su oficio y con su público, al que se entregó literalmente en cuerpo y alma en una función que engrandece su arte, precisamente por dar tanto sin disponer de todo lo que ella hubiera querido. Stemme es una Isolda de las que hacen época, imponiéndose a su propia condición física y a cualquiera que sea la producción que tenga delante.

   Seguramente Stephen Gould sea el único tenor, junto a Peter Seiffert, capaz de ofrecer hoy un Tristán de esta envergadura vocal. Siempre están ahí los solventes Dean Smith, Storey y compañía, pero Gould añade un punto más de desahogo vocal, dando todas y cada una de las notas de su parte (magnífico el tercer acto) sin aparente esfuerzo. La comparación con el Tristán de Seiffert no es baladí, y es que curiosamente el canadiense tiene los medios pero queda corto en la expresividad, todo lo contrario que el tenor alemán, que en ausencia de unos medios ideales, gana al final la partida por el oficio y la emotividad con que se expresa. Gould ya había cantado esta parte anteriormente, en varias producciones (Tokyo, 2010; Dresde, 2011 y Berlín, 2013) y la retomaba ahora una vez más, seguramente con la mirada puesta en su futuro Tristán de Bayreuth en 2015, ese que está previsto con Thielemann a la batuta y Westbroek como Isolda. Precisamente con Westbroek interpretó Gould ya Tristán en Coruña, el pasado septiembre de 2013, con Inbal a la batuta. También será Tristán, de nuevo junto a Stemme, la temporada 14/15 en Londres y Zurich. Ambos solistas ya habían coincidido interpretando esta genial partitura de Wagner en Berlín, en marzo de 2012, con Janowski al frente de la Rundfunk-Sinfonieorchester Berlín, en una grabación editada por Pentatone en su Edición Wagner. Gould tiene entre las manos un gran Tristan. Vocalmente es capaz de cubrir la parte son sobrada solvencia, sin fatigas y haciendo cargo a la infinita riqueza de indicaciones de intensidad y dinámica que residen en la partitura. Esto ya es mucho más de lo que los últimos intérpretes de Tristan nos han podido ofrecer. En el debe, lo cierto es que no es un gran actor. Tampoco estamos ante alguien de la inexpresividad de un Botha, pero es cierto que su gran labor vocal se resiente de una expresividad demasiado austera durante toda la función, por más que se entone en el tercer acto.

   La sorpresa, positiva, de la noche vino de la mano del rey Marke de Liang Li, un bajo de origen chino, todavía joven aunque ya con una cierta trayectoria a sus espaldas, dotado de una voz grande, bien timbrada, nítida y homogénea, administrada con soltura y al servicio de un fraseo solvente, aunque algo falto de grandeza y expresividad. Está, digamos, en la senda de un Kwanchoul Youn, pero con una personalidad y un oficio como intérprete ciertamente todavía por labrar. Los espectadores españoles quizá le recuerden por dos actuaciones suyas en Valencia, precisamente como Rey Marke en el último Tristán en concierto con Mehta, y asimismo como Ferrando en Il Trovatore, ambos en junio de 2012. Decepcionante a todas luces la Brangäne de Tanja Ariane Baumgartner, de afinación dudosa, emisión desigual y timbre desabrido e hiriente. Su hermosa página de los avisos en el segundo acto pasó sin pena ni gloria. Muy tosco e indolente también el Kurwenal de Egil Silins, sustituyendo al inicialmente previsto Samuel Youn. 

   En la dirección musical, el titular de la Deutsche Oper, el director escocés Donald Runnicles, mostró una suma irregular de oficio y monotonía. El contraste entre el deslavazado preludio y el intenso acompañamiento final en el Liebestod dejaba entrever los constantes altibajos de su labor en el foso con este Tristán. El primer acto lo desgranó sin alma, quizá esmerado en no descuidar a Stemme hasta que ésta se sintiera más segura, pero sin capacidad alguna para emocionar con el fraseo de la orquesta. Runnicles planteó un segundo acto levemente más entonado, aunque falto aún de carisma y de personalidad. El hermosísimo dúo entre Tristán e Isolda adoleció aquí de un tono contemplativo del que no emanaba precisamente una emoción arrebatadora. Hubo que esperar al tercer acto, como apuntábamos, para asistir a una dirección más briosa, con más intenciones, mucho más consciente de lo que se traía entre manos. Tanto en el exigente monólogo de Tristán como en todo el último tramo, desde que aparece Marke hasta el Liebestod, la labor de Runnicles estuvo claramente a un nivel distinto del mostrado en el resto de la función. La orquesta titular de este teatro ofreció un nivel muy solvente y un sonido típicamente alemán, con una cuerda expresiva y nutrida, mucho más que solvente, y con unos metales y unas maderas bastante irregulares. Decepcionante el coro, quizá no tanto por su propia labor, sino porque estuvo torpremente dispuesto en escena en todo momento, lo que perjudicó sin duda la nitidez y plenitud de su contribución. 

   Dejamos para el final el comentario a la producción de Graham Vick, que nos resultó muy decepcionante, de una mediocridad pretenciosa. Vick ha firmado trabajos muy superiores, sin la menor duda. Intenta aquí de algún modo desacralizar esa espiritualidad tan elevada con la que Wagner trata el argumento de Tristán. Por el camino hay algunas intuiciones interesantes, pero en conjunto Vick banaliza y desinfla el interés dramático de la obra. Todo parte de entender la situación de Isolda como la de un mujer que es víctima de un matrimonio forzado, de tintes mafiosos (Marke aparece así con la guisa de un gran capo mafioso). El problema no es tanto la pura traslación a un ámbito doméstico, reduciendo el argumento a una trama familiar clásica. En sí mismo, ese viraje no es un demérito ni un problema; sí lo es sin embargo la realización propiamente dicha, en la que son abundantes los elementos que desentonan: desde los dobles desnudos de Tristán e Isolda que pasean sin pena ni gloria por el escenario a la conversión del bálsamo en una droga inyectable. Tristán mismo está en escena durante todo el primer acto, silente, sentado en un sofá; lo mismo que el rey Marke, de espaldas al público, en una butaca. E Isolda finalmente no parece morir de amor ante el cadáver de Tristán; simplemente, se queda allí, impasible. Multitud de extras (la viuda, el niño…) deambulan por el escenario sin que pueda clarificarse su aportación en ningún momento. Entre las intuiciones interesantes que mencionábamos, queda sobre todo la idea de plantear el tercer acto, con los personajes avejentados y canosos, como una gran ensoñación o alucinación del herido y senil Tristán. No llega, pues, en realidad ningún barco a Kareol, e Isolda no canta ante el cadáver recién yacente de Tristán su Liebestod, sino ante su féretro. La escenografía de Paul Brown, dicho sea de paso, deja mucho que desear, disponiendo apenas tres ángulos del mismo espacio doméstico. Y la iluminación de Wolfgang Göbbel, arbitraria y torpe, tampoco contribuye a mejorar la propuesta de Vick. Se nos indicó al comienzo de la función que por un problema mecánico no iba a poderse disponer una gran lámpara que adorna la escenografía durante los tres actos. Francamente, ojalá hubiera sido ese el único problema de una producción que hace aguas por doquier.

Foto: Bettina Stöß

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