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Crítica: Ute Lemper en el Teatro Real de Madrid

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
4 de noviembre de 2017

CAMBIAR PARA QUE NADA CAMBIE

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Teatro Real. 29-X-2017. Último tango en Berlín. Ute Lemper, cantante; Vana Gierig, piano; Cyril Garac, violín y Romain Lecuyer, contrabajo. Obras de Friedrich Hollaender, Georges Moustaki, Kurt Weill, Artor Piazzolla, Jacques Brel, Norbert Shultze, Léo Ferré y Serge Gainsbourg.

   En el mundo de la empresa, la expresión “cambiar para que nada cambie” - hacer una serie de movimientos en las organizaciones de las compañías en varias fases para que al final todo quede como está- suele utilizarse de modo peyorativo, dando una imagen de continuidad poco deseada. Tras el recital del domingo en el Teatro Real de la gran intérprete alemana Ute Lemper, vamos a utilizar la frase, pero no en dicho sentido sino de manera diferente. Es muy difícil, por muy camaleónica y personalísima que sea una cantante, el ser capaz de atraer año tras año a una ingente legión de seguidores con un espectáculo que en su esencia no se ha modificado en muchos años y sin embargo, en cada ocasión que te enfrentas a él, suele ser tan atractivo o más que en ocasiones anteriores.

   En sus primeras visitas en los 90, cuando se abría paso con una imagen enigmática y algo perversa, una suerte de Marlene Dietrich revivida, vino acompañada de una banda amplia para interpretar canciones de Michael Nyman. Ya en los albores del nuevo siglo se recogió junto a una banda clásica de jazz. En Madrid la pudimos ver en el Teatro Albéniz con el pianista Bruno Fontaine, el bajista Dan Cooper y el percusionista Todd Turkisher. En los últimos años, con la presencia en la banda de su pareja, el bandoneonista argentino Victor Villena, ha añadido nuevas sonoridades al espectáculo que cada vez se vuelve más seductor.

   Se presentaba la cantante en el Teatro Real, casi once años después de su único recital en este escenario, cuando actuó delante de los decorados del Wozzeck de Alban Berg dirigido por Calixto Bieito. En esta ocasión la formación es la de los últimos tiempos: un cuarteto con los teclados – piano y órgano – de Vana Giering, el bandoneón de Victor Villena, el violín de Cyril Garac y el contrabajo de Romain Lecuyer. Un escenario en completa oscuridad, salvo cuatro focos azules que alumbraban los cuatro instrumentos, esperaba a los músicos que se arrancaron con dos canciones fusionadas que Friedrich Hollander compuso en dos momentos y en dos lugares diferentes de su vida: “Illusions” de 1948 para la película de Billy Wilder “A foreign affair” – en España se tituló Berlín Occidente –, y “Falling in Love” para  el “Angel azul” de Josef von Sternberg en el Berlín de 1930.

  Al terminar, la cantante nos comentó que aunque inicialmente, el Teatro Real le había pedido “une soirée française” en el marco de la semana francesa que incluye la Carmen de Bizet de nuevo escenificada por Calixto Bieito, el recital iba a discurrir como un viaje por el tiempo entre el Berlín de entreguerras, la intensidad romántica de la canción francesa, y la fuerza del tango bonaerense. Contó alguna de sus anécdotas habituales, como la del comunista Berthold Brechel paseando en su Mercedes por el Berlín de los años 30, pero rápido pasó al “Milord” de Marguerite Monnot y Georges Moustaki que cantó de manera admirable con unos accelerandi y ritardandi marcados por Vana Giering realmente admirables.

   Salimos por un momento de la fase francesa con la Balada Tango de la “Opera de los 3 peniques” de Kurt Weill, que mezcló de manera admirable con el “Yo soy María” de la “María de Buenos Aires” de Astor Piazzolla, en un castellano bastante mejorado respecto a visitas anteriores. Luego cambió de orden alguna de las páginas anunciadas para desgranar una “Lili Marleen” marca de la casa fusionada con el “Yiddishe Lied” que elevó y de qué manera la temperatura del recital.

   El mejor momento de la velada para un servidor fue la desgarradora versión del “Ne me quitte pas” de Jacques Brel. Ute Lemper cantó con una enorme intensidad bastante controlada, valga la paradoja, la preciosa línea melódica que crearon en un pianísimo casi imperceptible el órgano de Giering y el bandoneón de Villena, al que se sumaron en la segunda estrofa Lecuyer y Garac. De primer nivel también el “Je ne sais pas”, el “Amsterdam”, el “Avec le temps” de Léo Ferrer y el divertido y enérgico ejercicio de “scat” del Lola de Hollander.

   Un nuevo discurso sobre el existencialismo y la pena por beber agua y no whisky canción y canción, introdujo la última canción del recital. El “Ces petits riens” de Serge Gainsbourg, donde de nuevo exhibió variedad de registros canoros y donde todos acabamos “locos”.

   Tras los saludos y las ovaciones, todos regresaron al escenario con la propina clásica de “La balada de Mackie Navaja” donde en poco más de 10 minutos, Ute Lemper dio un pequeño repaso a toda su carrera. Desde el “Moon of Alabama” del Mahagonny al “Fever” de Eddie Cooley y Otis Blackwel, del “Moondance” de Van Morrison al “All that jazz” de Fred Ebb y John Kander, para volver al Mackie Navaja con todo el público silbando el tema principal mientras ella nos decía “So cute! – ¡qué maravilla!”.

   Así terminó un nuevo recital de Ute Lemper, al que el único pero que se le puede poner, es una cierta falta de frescura o de sorpresa. Todo está “demasiado” en su sitio. Lo extraordinario sin embargo es como la artista es capaz de conseguir temporada tras temporada –la única novedad para mí ha sido el “Ces petits riens”- que el público repita y que sus conciertos sigan estando prácticamente llenos. El magnetismo de una artista de primera línea atrae a los noveles, mientras la capacidad de reinventarse – donde juegan un papel excepcional los arreglos de Vana Giering – nos atrae a los veteranos.  

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