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Crítica: Valentin Malinin en el Festival de Piano Rafael Orozco

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Autor: José Antonio Cantón
9 de noviembre de 2021

Crítica del recital de piano ofrecido por Valentin Malinin en el Festival de Piano «Rafael Orozco» de Córdoba.

Valentin Malinin

Arrebatado temperamento

Por José Antonio Cantón
Córdoba, 5-XI-2021. Conservatorio Superior de Música. XIX Festival de Piano «Rafael Orozco». Recital de piano de Valentin Malinin. Obras de Franz Liszt y Alexander Scriabin. 

   La decimonovena edición del Festival de Piano ‘Rafael Orozco’, que fue aplazada el año pasado por causa de la pandemia de Covid-19, ha coincidido con dos aniversarios del gran pianista cordobés; el setenta y cinco de su nacimiento y el veinticinco de su muerte en Roma. Es por ello que tiene una significación especial para recordar su eminente figura como uno de los intérpretes en su instrumento más importantes que ha dado España a lo largo del tiempo. Así lo recoge con suficientes datos y argumentos la monografía publicada en 2016 por el también cordobés Juan Miguel Moreno Calderón, catedrático de piano del Conservatorio Superior de la ciudad califal y, a la sazón, Director Artístico de este Festival, al que ha dado una trayectoria cada vez más importante, convirtiéndolo en una de las citas obligadas en España de este tipo de eventos, como puede inferirse de su cada vez más relevante programación a lo largo de su historia.

   La tercera cita en la presente edición ha sido ocupada por el joven pianista ruso Valentin Malinin, ganador del LXII Concurso Internacional «Premio Jaén de Piano», que ha significado un extraordinario reconocimiento a su incipiente carrera. Hacía su presentación con un programa dedicado a obras de Franz Liszt y Alexander Scriabin, iniciando el concierto con la Segunda balada en si menor, S. 171 del gran compositor húngaro, exhibiendo un intenso cromatismo en la mano izquierda que iba a indicar la alta tensión que iba a imprimir a esta obra y por extensión a todo el recital. Su afectación se implantó con arrebatada expresividad incluso en el moderado allegro central, cuidando su armonización con mayor serenidad.

   La facilidad de carácter que indica Scriabin en su Vals en La bemol mayor, op.38, que tocó a continuación, se tornó en una controlada rigidez, a cierta distancia de esa nostálgica música de salón que desprenden sus sones, que fueron propulsados en algunos momentos con cierta intensidad dinámica. Se identificó con más sentido en el tema airado que anima el Poème tragique, 0p. 34 del mismo autor, dando manifiesta teatralidad a su ejecución, para desarrollar toda su exuberancia de mecanismo en la Fantasía en Si menor de este compositor ruso y penúltima pieza del recital, cualidad que facilitó el estilo animado del pasaje moderado central, en el que Malinin mostró su mejor lirismo antes de su expansivo planteamiento de la coda, con la que demostró una hierática gestualidad acompañando a sus amplias capacidades técnicas.

   Anteriormente interpretó la versión que para piano hizo Liszt de la última escena de la genial ópera Tristán e Isolda de Richard Wagner: Isoldes Liebestod, S.447. Fue el momento estelar de su actuación al conseguir introducirse en el complejo pensamiento lírico-dramático del gran operista de Leipzig, llegando en su parte central a desgranar los sentimientos de Isolda con la riqueza pianística que permite el genio de Liszt. Alcanzó así los secretos emocionales de la protagonista en este singular momento de la ópera con soberbia musicalidad, mucho más allá de la sonoridad del piano, en un ejercicio de recreación que sólo se puede admirar en pianistas de madurez más consolidada.

   Terminó con una obra clave del repertorio lisztiano como es la conocida por Sonata Dante y que ocupa el último lugar de la colección de piezas que integran su Segundo año de peregrinaje. Italia. No llegó al pathos de concepto desarrollado en la obra anterior dedicada a Wagner, en la que jugó más acertadamente con sus reguladores. Prefirió aproximarse a la espectacularidad de su pianismo orquestal eminentemente imaginativo de corte descriptivo en su infernal y dantesca recreación sonora, a costa de ese sutil carácter de improvisación que justifica su intención de fantasía apoyada siempre en el curioso simbolismo que destilan las tonalidades de sus temas.

   Ante la muy merecida reacción del público con un cerrado aplauso, ofreció de bis la séptima pieza de Goyescas de Enrique Granados, titulada Serenata del espectro. Al igual que el caso anterior, optó por afianzar una objetividad de lectura  distanciándose del duende de copla en la que se inspira, terminando una actuación que se singularizó por su afectada y efectista cinética ante el teclado, que fluía de su arrebatado temperamento que, seguramente con el tiempo, se irá serenando en pos de un deseable incremento conceptual dada su más que demostrada inteligencia recreativa.

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