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Crítica: Vasily Petrenko dirige obras de Schubert, Korngold y Brahms en la temporada de la Sinfónica de Castilla y León

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Autor: Agustín Achúcarro
2 de abril de 2019

Saber lo que se quiere y hacerlo

Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 30-III-2019. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras: Rosamunda D 644 de Schubert, Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 35 de Korngold y la Sinfonía nº4 en mi menor, op. 98 de Brahms. Solista: Clara-Jumi Kang, violín. Director: Vasily Petrenko.

   La interpretación de Rosamunda se convirtió en un anticipo de lo que habría de llegar. Vasily Petrenko le dio un sentido dramático contenido en los primeros acordes y después impuso la sutileza y la transparencia como vehículos fundamentales de la obra.

   Con la interpretación del Concierto para violín de Korngold a la capacidad manifiesta del director, y por supuesto al magnífico rédito que dio la orquesta durante todo el concierto, se sumó una nueva baza, la de la violinista Clara-Jumi Kang. La obra de Korngold, que rezuma lirismo y melodía, puede ser llevada por caminos realmente empalagosos pero ahí estaba la solista para evitarlo y, respetando su carácter, otorgarle un sello de contención que para nada le hizo renunciar a las esencias de la partitura. A la romanza, la más propicia a caer en el señalado edulcoramiento, le dio una impronta realmente lírica, no exenta de una emoción nada banal. En el último movimiento la intérprete supo recrear un ambiente desenfadado, próximo al estilo de Hollywood, a lo que sumó un virtuosismo preciso, de ritmo contagioso. Kang manifestó un sonido pleno en todo el registro y no pocos recursos técnicos y estilísticos distribuidos con sapiencia. Aquí, el directory la orquesta jugaron la baza de potenciar en cada rasgo, en cada detalle, la interpretación de Kang, sin por eso dejar de lado el protagonismo orquestal del concierto de Korngold.


   En la Sinfonía nº4 de Brahms el director asumió el riesgo con una interpretación vertiginosa, insinuante, llevada al extremo, con una fluctuación sonora subyugante, y una manera espléndida de introducir un tejido musical tan variado y complejo. La propuesta de Petrenko dio la constante sensación de que el director dominaba lo que quería poner en práctica, y aunque pudo llevar a la orquesta a rozar el abismo a la postre fue un motivo de liberación de la música en estado puro. Y todo esto ocurrió desde la primera entrada de los violines, la progresiva coloración, el aumento de la densidad sonora y la presencia de continuos rasgos poéticos. Elementos que propiciaron el que se mostrara íntimo en el segundo movimiento, con unos reguladores eficacísimos, y extrovertido en el tercero. En el último se plantearon en su plenitud las concatenadas variaciones. Recorrió a la obra un apasionamiento que a veces llegó de manera sutil y otras de forma directísima.

   Petrenko, que contó con una OSCyL volcada, dejó respirar a la orquesta al tiempo que impuso unas ideas muy claras y precisas sobre lo que pretendía conseguir, partiendo de un profundo conocimiento de la música y de cómo llevar a cabo sus objetivos.

Foto: OSCyL

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