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Crítica: Víctor Pablo Pérez e Iván Martín protagonizan el primer concierto de temporada de la Sinfónica de Castilla y León

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Autor: Agustín Achúcarro
30 de septiembre de 2020

Con tino y mesura

Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 28-IX-2020. Abono de Otoño. Auditorio de Valladolid, Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Iván Martín, piano. Víctor Pablo Pérez, director. Concierto para piano y orquesta n.º 11 en re mayor, Hob. XVIII: 11 de Haydn y arreglo para orquesta de cámara de Iain Farrington de la Sinfonía nº1 en re mayor, «Titán» de Mahler.

  Vaya por delante que el hecho de que la Orquesta Sinfónica de Castilla y León pudiera volver a ofrecer un concierto en su sede del Auditorio de Valladolid con público tras 6 meses es de una relevancia incontestable. Ver, aunque sea a un grupo reducido de músicos de la orquesta, retomar su trabajo, entre mascarillas, y con más de 300 personas de público, nos enfrenta a algo tan desgraciado como vivificante, ya que supone poder volver y plantarle cara al covid-19. Un recuerdo emocionado, también, para aquellos que no han podido estar.

  Tras una breve alocución sobre las medidas de seguridad y las obras, comenzó el concierto. Víctor Pablo Pérez fue el encargado de dirigir y en líneas generales puso pulcritud, dominio de las formas y una relevante capacidad de ajustar todo con precisión.


   En el Concierto para piano y orquesta n.º 11 en re mayor, Hob. XVIII:11 de Haydn el director realizó una versión académica, modélica, enfocada desde los aspectos más formales, con un cuidado al detalle en la articulación. Iván Martín, el pianista, en su primera intervención pareció abrir otro camino más dinámico, pero al final no fue la opción predominante, ya que se dio un enfoque al concierto, como ya se ha dicho, formalista. El pianista dotó a su parte de transparencia y supo dialogar con la orquesta. Una forma de tocar la suya elegante y no falta de recursos, como demostró en las cadencias y en subrayar ese aspecto cantable que tiene su parte, algo que quedó acreditado, por ejemplo, en el Un poco Adagio. Volvió a dominar la precisión, el gusto por la concepción clásica en el último movimiento, dejando de lado una visión algo más enérgica. Y la OSCyL supo amoldarse a las circunstancias, incluida la excesiva separación entre músicos -normas de salud mandan- que sin duda no contribuyen al empaste, ni a que puedan escucharse bien entre ellos. Durante toda la actuación se notó la destacada labor que realizó la concertino Beatriz Jara.

   Quizá para poder escuchar con cierta satisfacción la adaptación para orquesta de cámara de Iain Farrington de la Sinfonía nº1 en re mayor «Titán» de Mahler sea preciso olvidarse de la obra original, pues el arreglo no deja de ser una sucesión de los temas de la partitura, eso sí, bien engarzados, pero alejados de la impronta que ha dejado la obra original. Vista desde esta perspectiva la interpretación contó con dos partes diferenciadas, sin que el director dejara de controlar la obra en todos sus aspectos, en particular tímbricos y dinámicos. Una primera, formada por los dos primeros tiempos, correcta pero sin la garra que tendrían los otros dos, empezando por la marcha fúnebre marcada con hondura por el contrabajo. Un discurrir de la obra que ya no tuvo pausa hasta el final, en donde se pasaba de los pasajes calmos al contundente sonido del metal. El timbre, el ritmo, los colores fueron llevados con vigor por orquesta y director, quien mantuvo siempre el equilibrio preciso. Fue en estos momentos en donde salió a relucir la buena labor de los solistas, oboe, trompeta, trompa, clarinete, fagot, arpa, violonchelo, viola… en realidad la cita debería incluir a todos.


   Se abre pues un camino, queda sin duda trecho, y nada estará completo hasta que pueda volverse a la normalidad y se cuente con la plantilla orquestal íntegra, algo que no parece que precisamente vaya a llegar en breve. De momento Víctor Pablo Pérez y la OSCyL pusieron la primera piedra de una vuelta a los conciertos. Pedir ahora mayores cotas sería quimérico. Recordar que hay que recuperar la normalidad lo antes posible y que para el crecimiento de la OSCYL es necesario acertar con la figura del gerente y que éste esté en consonancia con las ideas del director, sin olvidarse de los músicos. Una tarea en estos momentos nada sencilla, en la que está en juego el futuro de la orquesta, que es uno de los mayores patrimonios de esta Comunidad. De momento, la música volvió a sonar en el Auditorio, con las limitaciones impuestas por los tiempos de pandemia, y es momento de agradecérselo a los instrumentistas, al público y a los trabajadores de la OSCyL.  

Foto: OSCyL

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