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Crítica: Viktoria Mullova, Jakub Hrusa y la Sinfónica de Bamberg en el ciclo de Ibermúsica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
15 de noviembre de 2017

LA ORQUESTA ALEMANA CON IMPRONTA BOHEMIA

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 11-XI-2017. Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Vltava –El Moldava de Má Vlast –Mi Patria (Bedrich Smetana); Concierto para violín y orquesta op. 47 (Jean Sibelius); Sinfonía nº 9 op. 95 “Del Nuevo Mundo” (Anton Dvorák). Viktoria Mullova, violín. Bamberger Symphoniker. Director. Jakub Hrusa

   La Orquesta Sinfónica de Bamberg fue fundada por músicos alemanes de la antigua Orquesta Filarmónica de Praga expulsados de Checoslovaquia al finalizar la Segunda Guerra Mundial con la derrota alemana. Esta magnífica orquesta ha sido tradicionalmente la base de la que ocupa el foso en el festival de Bayreuth. El reciente nombramiento de Jakub Hrusa entronca perfectamente con esa tradición bohemia y lo demostró en este concierto con la inclusión de dos obras emblemáticas del repertorio checo. Abrió el evento “El Moldava” el más  popular de los poemas sinfónicos que conforman “Mi Patria” de Smetana, que Hrusa, con gesto amplio, claro y elegante, diseñó de manera nítida y equilibrada, con una tan bella como sentida exposición del famoso tema principal -que evoca el  río- bien contrastado con pianissimi y gradaciones dinámicas que la magnífica orquesta ejecutó con brillantez.

   El fabuloso concierto para violín de Sibelius tuvo como destacada intérprete a la gran Viktoria Mullova en plena madurez artística. El sonido ha perdido algo de potencia, brillantez y resonancia (a lo que no es ajeno el repertorio barroco y ligero que ha abordado en los últimos tiempos), pero sigue atesorando un gran atractivo. Asimismo, la deslumbrante técnica, dominio del arco y capacidad virtuosística, propia de la gran tradición rusa, se mantiene inalterable. Si pudo faltar misterio a la sublime introducción y un punto de expresión poética en el segundo movimiento, la aquilatada musicalidad de Mullova, así como el magisterio de su fraseo y su acreditada personalidad se impusieron indudablemente. Muy ovacionada, ofreció como propina una composición, Brasil, de su hijo Misha Abbado. El acompañamiento de Hrusa no sólo fue colaborador con la solista, también tuvo pulso, además de poner de relieve adecuadamente la elaborada orquestación de Sibelius.

   La segunda parte del programa la ocupó la archifamosa Sinfonía del Nuevo Mundo de Anton Dvorák, estrenada en 1893 en Nueva York y que con una importante presencia de elementos populares bohemios en combinación con algunos del folklore norteamericano, consagra, fundamentalmente, una deslumbrante inspiración melódica. Hrusa construyó bien con equilibrio, aplomo, fluidez, claridad de exposición, tempi coherentes, sin excesos y con un concepto global de la obra. La orquesta “cantó” apropiadamente el tema principal del primer movimiento; las maderas, de riquísimo y esplendoroso sonido, alcanzaron un nivel sobresaliente en el segundo, destacando, rutilante, el corno inglés de Yumi Kurihara. Bien organizados tercer y cuarto movimientos, con adecuadas creación de clímax, juego de intensidades, limpieza en las texturas y refinamiento sonoro. Impecable ejecución, muy aseada y pulidísima, de esta emblemática sinfonía, a la que pudo faltarle, efectivamente, un punto de calidez, hondura y emoción. El público aplaudió generosamente y recibió como propina una de las Danzas eslavas de Dvorak.

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