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Crítica: Vivica Genaux rinde homenaje a Pauline Viardot en el Teatro Calderón de Valladolid

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Autor: Agustín Achúcarro
7 de marzo de 2018

Una vida bien contada

   Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 2-III-2018. Teatro Calderón de Valladolid. Temporada del Teatro Calderón. Vivica&Viardot. Obras de Pauline Viardot, Gluck y Rossini. Vivica Genaux, mezzo, Carlos Aragón, piano, Ángeles Blancas, voz de Pauline Viardot, y Abel Folk, voz de Saint-Saëns. Director de escena, dramaturgia y escenografía: Paco Azorín.

   El subtítulo que encabezaba este espectáculo es suficientemente clarificador al definirlo como “un recital escenificado a partir de la correspondencia de Pauline Viardot”. No se pretendía un montaje a lo grande sino algo íntimo y sencillo, y ahí radicaron sus méritos, tanto escénica como musicalmente. Referirse a Pauline Viardot, a esa cantante que fue algo más que una mera cantante, perteneciente a una saga que creó escuela como fueron la familia García no es fácil, y hacerlo desde la sencillez resultó una feliz idea de Paco Azorín. A esto hay que añadir que la parte musical del relato se basó en obras compuestas o arregladas por la propia Viardot y dos de sus éxitos en su carrera operística. El poder escuchar sus canciones tiene un valor en sí mismo ya que no se suelen programar, aunque podrían ocupar un puesto en cualquier recital.

   El montaje se desarrolla con voces grabadas, bien en sus cometidos, que contaron como narrador con el personaje de Saint-Saëns. Se hizo alusión a figuras que tuvieron relación con Viardot como Liszt, Sand, Berlioz o Clara Wieck. En una escena bastante desnuda, apoyada en una luz por lo general oscura, se centró la atención en la cantante y en una pantalla cuyas proyecciones fueron desgranando los momentos cruciales de la vida de la Viardot. Un traje claro para empezar, negro en la decadencia y el mismo traje claro para finalizar, simbolizaron la marcada personalidad intelectual de una artista que, más allá de sus retirada como cantante, se mantuvo activa hasta su muerte. Fue además una excelente pianista y en cuanto a sus composiciones Liszt las consideró propias de una gran compositora.

   Vivica Genaux no comenzó precisamente bien en las canciones iniciales, Madrid y Les filles de Cadix, con una voz algo fría y un estilo poco próximo a la música española. No le facilitaron las cosas el piano, que no parecía ser el mejor instrumento posible, ni la malhadada acústica del teatro, que tampoco fue precisamente una aliada. De hecho esto condiciona de manera determinante las opiniones que puedan darse al respecto de la actuación de la cantante y el pianista. Al llegar la interpretación de “Assisa al piè d´un salice…Deh! Calma o ciel”  de Otello de Rossini, Vivica Genaux dejó momentos llenos de encanto, sin faltar cierta irregularidad en el legato y un vibrato en el agudo excesivo, que en mayor o menor medida fue una constante en el recital.

   A partir de “Amour, viens rendre à mon âme” de Orphée et Eurydice de Glück las cosas tomaron otro vuelo. El aria fue para Genaux una puesta en valor de su coloratura, de su forma de abordar los pasajes de bravura y de su propensión a la delicadeza ante los momentos más líricos. Después llegarían tres de las canciones mas señaladas de la Viardot en este recital, concretamente La luciole, Die Sterne y En mer, justo aquellas en las que las armonías se relacionaban más por la coloración. Así Vivica Genaux y el pianista Carlos Aragón hicieron gala de no pocos matices, engarzados de forma sugerente, mientras iba apropiándose de la escena un ambiente cada vez más lánguido, lo que se relacionaba directamente con el hecho cronológico de que los éxitos de la Viardot en los escenarios se apagaban. Con las dos últimas obras, Tsvetok y Zaklinanie, con música de Viardot y texto de Pushkin, se retomó la importancia que tuvo en la vida de la artista el escritor Iván Turgénev. Genaux destacó en ambas, de manera más concluyente en la primera, una honda declamación y un sentimiento poético muy interiorizado.

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