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Crítica: Vladimir Jurowski, Frank Peter Zimmerman y la Estatal de Baviera en Ibermúsica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
22 de marzo de 2024

Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto de Vladimir Jurowski, Frank Peter Zimmerman y la Orquesta Estatal de Baviera en Ibermúsica

Vladimir Jurowski, Frank Peter Zimmerman y la Estatal de Babiera en Ibermúsica

Un hombre del Renacimiento

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 20-III-2024, Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Sinfonía núm. 32 K 318 (Wolfgang Amadeus Mozart). Concierto Gregoriano para violín y orquesta (Ottorino Respighi), Frank Peter Zimmerman, violín. Serenata núm. 1,  Op. 11 (Johannes Brahms). Bayerisches Staatsorchester-Orquesta Estatal de Baviera. Dirección: Vladimir Jurowski. 

   La Orquesta Estatal de Baviera cuenta con cinco siglos de antigüedad, ocupa el foso de la Ópera Estatal de Baviera con sede en el Teatro Nacional de Munich y forma una gloriosa tríada de orquestas de ensueño radicadas en la capital bávara, junto a la Filarmónica de la ciudad y la Sinfónica de la Radio de Baviera. 

   Comparecía en el ciclo Ibermúsica esta magnífica orquesta con su titular desde la temporada 2021-22, Vladimir Jurowski, que asumió el cargo en sustitución de Kirill Petrenko al que le esperaba el podio de la Filarmónica de Berlín. 

   Muy interesante programa y alejado de lo más trillado el planteado por el músico ruso, que abrió concierto con la curiosa y brevísima Sinfonía número 32 de Mozart escrita en abril de 1779 y  que, dada su estructura tripartita de obertura italiana, se ha considerado por diversos expertos, destinada a pórtico de obras dramáticas como Thamos, Rey de Egipto o bien, Zaide. Con trompas y trompetas historicistas y contrabajos a la izquierda, Jurowski ofreció un Mozart delicioso, animado y juguetón en los movimientos extremos y de bello lirismo en el central –las maderas empezaron a demostrar sus enormes calidades-, todo ello mediante una articulación, luminosidad y transparencia primorosas. 

Vladimir Jurowski, Frank Peter Zimmerman y la Estatal de Babiera en Ibermúsica

   Ottorino Respighi (1879-1936), un excelente violinista, compuso para dicho instrumento en 1921 una magnífica obra concertante que es muy difícil de ver programada en las salas de concierto. Circunstancia totalmente injusta, pues como pudo comprobarse en la espléndida versión ofrecida por el violinista Frank Peter Zimmermann junto a la batuta de Jurowski, estamos ante una obra de gran calidad y belleza. Aunque la obra mire, en principio, hacia el cristinianismo primitivo, la orquestación es opulenta, rica en colores y con influencias impresionistas. La batuta de Jurowski con ese gesto elegantísimo, amplio y de una precisión milimétrica puso de relieve todo ello al frente de una orquesta a nivel altísimo, en el que destacaron el solista de trompa, las maderas y una cuerda de deslumbrante brillo y empaste. La escritura para el violín contiene un virtuosismo latente, si se quiere, no evidente o manifiesto, lo que puede explicar la tibia acogida que tuvo el concierto en su estreno. El sonido bello, sedoso, mórbido y aquilatado de Zimmermann y su fraseo áulico resultaron ideales para el tono elegíaco de los dos primeros movimientos. La acrisolada musicalidad, el dominio del detachè, el efusivo lirismo y la capacidad de dotar de vuelo al diseño melódico se sumaron al tesoro del color aterciopelado del violín de Zimmermann. En el Allegro energico del último movimiento, el violinista alemán demostró su capacidad para reproducir pasajes vertiginosos sin olvidar los acentos y la intensa expresión con la que termina la obra. Zimmermann regaló una suculenta propina, una transcripción para violín del emblemático lied de Franz Schubert Erlkönig. Una pieza de enorme exigencia técnica, virtuosa y expresiva, espléndidamente traducida por Zimmermann  

   Si en la obra de Respighi, Jurowski mediante su gesto exacto y pleno de empaque pareció ejercer de pintor con la paleta de colores impresionistas de la orquestación, en la Serenata op. 11 de Brahms la batuta se tornó en buril que esculpió prodigiosamente el sonido, además de simbolizar el mando de un arquitecto preclaro, que construyó con profunda sabiduría y clarividencia. Por tanto, una especie de hombre del Renacimiento. Control total sobre la orquesta, precisión quirúrgica, con unas maderas esplendorosas -¡ese solista de flauta!-, la sensación de que «se oye todo» por las diáfanas texturas orquestales e impecable diferenciación de planos sonoros, así como un segundo movimiento en el que la orquesta cantó esplendorosamente como si fuera un orfeón. ¡Y qué decir de los matices y las primorosas dinámicas administradas con mano maestra por la batuta!. Todo ello selló una interpretación sobresaliente de este primer acercamiento del siempre prudente Johannes Brahms al mundo sinfónico.

   Las ovaciones del público tuvieron como premio una fascinante interpretación, pletórica de chispa, claridad expositiva, contrastes y refinamiento tímbrico,  por parte de Vladimir Jurowski y la Orquesta Estatal de Baviera, de la obertura de Las bodas de Figaro de Wolfgang Amadeus Mozart. Una de las mejores versiones que he escuchado de pieza tan interpretada. 

Fotos: Rafa Martín / Ibermúsica

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