Crítica de Álvaro Cabezas del concierto ofrecido por Vox Luminis y Camerata Salzburg en el Teatro de la Maestranza de Sevilla
Clasicismo para honrar a los difuntos
Por Álvaro Cabezas
Sevilla, Teatro de la Maestranza. 2-11-2026. Gwendoline Blondeel, soprano; Marie Henriette Reinhold, alto; Raffaele Giordani, tenor; Sebastian Myrus, bajo; Gregory Ahss, violín y dirección artística; Lionel Meunier, bajo y dirección artística; Camerata Salzburg; y Vox Luminis XL. Programa: Misa en re menor, "Misa in angustiis", Hob. XXII:11 de Joseph Haydn; y Misa de réquiem en re menor, K. 626 de Wolfgang Amadeus Mozart.
La coincidencia del calendario quiso que el solemne programa propuesto para la conmemoración de los Fieles Difuntos encontrara en el coliseo maestrante el marco idóneo para la comunión espiritual y musical. En una interpretación impecable y de honda carga emotiva, la velada del pasado 2 de noviembre se ofreció además, de manera muy especialmente en Sevilla, a la memoria de los fallecidos en el trágico accidente de Urda, elevando el sentido luctuoso de la cita hacia un plano de máxima cercanía y respeto con el dolor que sienten los españoles. Las formaciones protagonistas de este hito musical, de sobrada y acreditada experiencia y bien conocidas en la ciudad del Guadalquivir, gracias a sus recurrentes comparecencias en el Festival de Música Antigua (FEMÀS), llegaban a la capital andaluza en el comedio de una gira que las había llevado el día anterior a pisar los escenarios madrileños y que los conduciría seguidamente hasta Oviedo, desplegando en cada parada una maquinaria interpretativa de precisión milimétrica. Y eso que estos músicos no tenían director en el podio, sino en el puesto de concertino (Gregory Ahss) y en el coro (Lionel Meunier).
La primera parte del concierto estuvo dedicada a la Misa en re menor titulada primero Misa in Angustiis (Hob. XXII:11) de Joseph Haydn, aunque luego renombrada como Misa Nelson. Escrita en un aciago momento de zozobra bélica para el Imperio austríaco –puesto en riesgo por las campañas napoleónicas–, la obra se desplegó con un carácter tan valiente como esplendoroso. Desde los compases iniciales, el tejido instrumental de la Camerata Salzburg, bajo la incisiva y sugerente dirección desde el atril de Gregory Ahss, hizo gala de una tensión dramática perfectamente calibrada, donde las cuerdas exhibieron una articulación limpia y carente de excesos románticos. El empuje de la percusión y la brillantez rotunda de los metales aportaron ese pulso marcial y urgente que define la escritura haydniana en este opus, dotando al discurso de una energía desbordante pero siempre sujeta al rigor estilístico del clasicismo. En el plano vocal, el cuarteto solista dialogó con un coro Vox Luminis XL en estado de gracia, cuyos empastes vocales deslumbraron por su diafanidad y la belleza de sus matices polifónicos. El resultado fue sumamente interesante: a veces los solistas se subían en el podio y quedaban en medio de la orquesta, flanqueada esta por dos coros enfrentados, y se ofrecía una lectura vibrante, de gran riqueza textual y contrastes dinámicos muy meditados, que sirvió para templar y sacudir a partes iguales el ambiente del coliseo sevillano antes de adentrarse, ya en la segunda parte, en los valles de tristeza propuestos por el genio salzburgués.
El contraste estilístico y conceptual entre ambas mitades de la velada no pudo ser más elocuente. Mientras que la Misa Nelson de Haydn constituye una pieza lamentablemente infrecuente en los atriles –prácticamente una desconocida para el gran público, que rara vez tiene la oportunidad de escucharla o verla interpretada en directo en nuestras salas de concierto, aunque fue la elegida por Karajan en 1959 para celebrar el 150 aniversario de la muerte de Haydn, con los Wiener Philharmoniker en la Musikverein y con Wilma Lipp, Hilde Rössel-Maidan, Anton Dermota y Walter Berry como solistas–, el Réquiem de Mozart tiene, ya solo como enunciado, la capacidad de cosechar un lleno en el Maestranza en víspera de laborable porque habita desde hace siglos en el imaginario colectivo (¿quizá, en parte, gracias a Milos Forman?), y del repertorio sacro universal.
Conviene recordar que en Sevilla se guardaba aún en la retina la versión que Currentzis y musicAeterna brindó en marzo de 2024; aquella propuesta se reveló deslumbrante, de corte marcadamente dramático y proyectaba un halo casi fantasmagórico y escenográfico sobre la partitura. En esta ocasión, la aproximación conjunta de Vox Luminis XL y la Camerata Salzburg se decantó por postulados bien distintos, más modélicos y académicos, fieles a una honestidad historicista rigurosa: inscrita de lleno en los parámetros del clasicismo más puro, la lectura se planteó desde la contención escénica y una moderación expresiva que, lejos de restar un ápice de dramatismo, basó toda su abrumadora fuerza en la absoluta transparencia tímbrica, en el equilibrio de los planos sonoros y en la impronta de unos ritmos marcadamente vivos y articulados. La ejecución rozó la perfección técnica y expresiva en cada una de las secciones del coro y de la reducida pero incisiva plantilla instrumental. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión del concierto y el detalle más comentado con curiosidad por los aficionados en el foyer del teatro fue el célebre Lacrimosa. Interpretado a un tempo netamente aligerado, casi ágil y danzable, chocó frontalmente con el aire reposado, denso, plañidero y monumental que la tradición discográfica de referencia ha asentado a fuego en la memoria colectiva del oyente moderno, sobre todo por ser, precisamente, lo último compuesto por Mozart en su vida. Esta audaz opción métrica y agógica extrañó sobremanera en un primer instante, pero terminó por disipar cualquier duda y convencer plenamente por la prodigiosa coherencia orgánica con la que engarzaba dentro del discurso global de la obra, despojándola de cualquier barniz fúnebre excesivo para devolverla a su dimensión humana y teatral.
El triunfo final fue inapelable, absoluto y coronado por una calurosa ovación de pie, sin nada que reprochar a una versión impecable tanto en la forma como en el fondo. Como colofón a una noche magnífica y de profunda comunión con el público, los conjuntos regalaron como propina esa filigrana que ahonda en el sentido de la maravilla mozartiana: el Ave verum corpus, sellando así una jornada donde la gran música se erigió, con toda justicia, en el mejor vehículo para la memoria y la emoción.
Fotografías: Guillermo Mendo
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