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Crítica: Kaufmann protagoniza 'Werther' en el Metropolitan

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Autor: Alejandro Martínez
15 de marzo de 2014

EL QUE MUCHO ABARCA, ¿POCO APRIETA?

Por Alejandro Martínez

18/02/2014. Nueva York. Metropolitan Opera. Massenet: Werther. Jonas Kaufmann, Sophie Koch, Lisette Oropesa, David Bizic, Jonathan Summers. Alain Altinoglu, dir. musical. Richard Eyre, dir. de escena.

   Con mucha expectación se esperaba el regreso de Jonas Kaufmann al Met (teatro donde ha actuado mucho, dicho sea de paso, desde su debut en 2006 como Alfredo) además para estrenar una nueva producción de Werther, rol que retomaba desde su última tanda de funciones con esta parte, en enero de 2011 en Viena. Es cierto que el año pasado hizo una función de Werther en Mannheim, pero fue algo anecdótico y circunstancial. En términos reales, era la primera vez en dos años que Kaufmann retomaba una parte netamente más lírica que todos los roles que habían ocupado su agenda desde mediados de 2012: Siegmund, Fidelio, Lohengrin, Parsifal, Don Carlos, Manrico, Dick Johnson y Don Álvaro. Una lista vertiginosa de compromisos, cuajada de debuts arriesgados, de los que hemos ido dado cuenta en Codalario, abundando en el mérito de salir airoso de un repertorio tan variopinto y cada vez más dramático. Werther es en todo caso una parte engañosa, no tan lírica como podamos creer a primera vista.  Por algo se le ha llamado siempre “el Tristán francés”. Y es que el rol, conviene hacer memoria, fue estrenado por Ernest van Dyck, un tenor dramático belga, habitual en partes wagnerianas. Van Dyck actuó de hecho en Bayreuth por vez primera en 1888 como Parsifal, fue también el encargado de la premiere de Lohengrin en Francia y encarnó ni más ni menos que a Tannhäuser en el Metropolitan de Nueva York. Werther sonó por vez primera en una voz así, tan lejana de los Kraus y cia. que nos han grabado a fuego en la memoria una visión lírica y casi ligera del papel. También Georges Thill fue un Werther con un punto más heroico y dramático que lírico. Y es que esta parte, si atendemos a su orquestación, de un cromatismo prácticamente wagneriano, reclama algo más que un lírico puro. No deja de ser un milagro de la técnica que alguien con una vocalidad de Alfredo Kraus, más anclada en las ligerezas del belcanto, lograse plasmar la interpretación más inmortal que conozcamos de este rol.

   Sirva lo dicho como preámbulo para contextualizar la coherencia de que un tenor como Kaufmann asuma esta parte precisamente ahora, cuando Wagner y un conjunto de roles más dramáticos ocupan el centro de su repertorio. Lo cierto es que Kaufmann no fue un Werther de solvencia absoluta. A favor, el lirismo del fraseo, el acento poético, el dominio del estilo, el esmero en la dicción y la atención al texto. En el debe, un emisión con algunas irregularidades, como cierto sobreesfuerzo en el agudo, al que llega, pero menos cómodo de lo que debiera, o un abuso algo caprichoso de esas medias voces tan discutidas y que ha hecho tan suyas. No fue así, por ejemplo, al si natural optativo en el “Appele-moi!”, aunque cautivo al respetable con la nitidez de su última escena, en brazos de Charlotte, desgranada con una media voz sutil, perfectamente audible en el enorme espacio del Met. A su Werther le falta un punto de desenvuelta juventud y frescura, no sólo en términos dramáticos, también por cuanto hace a su resolución, más esforzada que lograda, de una página ágil como el “J'aurais sur ma poitrine”. En líneas generales, Kaufmann opta más bien por acentuar la crisis psicológica de un Werther obsesivo, un punto violento, agresivo y esquivo a partes iguales. No hay apenas espacio para un canto contemplativo, por logradas que sean algunas páginas de tono elegíaco como el inicial “O nature”. De algún modo toda la poesía de su Werther está cargada de tragedia. Y eso es un logro en términos dramáticos, qué duda cabe, pero por el camino se deja a veces sin iluminar como debiera algunas páginas donde se requiere más levedad y fragilidad (el primer segmento del “Lorsque l’enfant”, por ejemplo). Más o menos, lo contrario que le sucede al otro gran Werther de nuestros días, Alagna, que arrebata por la poesía de su encarnación, pero que fuerza su instrumento inevitablemente cuando busca un acento más agresivo y desatado. También se echa de menos un timbre menos oscuro, más luminoso y brillante. Sea como fuere, tiene mérito Kaufmann al mantener prácticamente intactas sus facultades para afrontar un repertorio más lírico que el que se dibuja ahora en el horizonte de su agenda, y más aún tras un año tan cargado de compromisos difíciles para él como fue 2013. Aunque sus facultades luzcan más de hecho en otros papeles, Kaufmann pone a sí en entredicho el tan manido aserto según el cual quien mucho abarca, poco aprieta.

   A su lado, nos decepcionó Sophie Koch, a quien ya habíamos escuchado en este rol en el Teatro Real, convenciéndonos mucho más en aquella ocasión. Koch ofreció aquí una Charlotte blanda de acentos, de medios solventes, salvo algún apuro en el agudo, pero dramáticamente inconsistente de principio a fin. Sirva de prueba la frialdad con la que acogimos su gran escena de las cartas. Las comparaciones son odiosas, pero no hay color al lado de la Charlotte que presenta Garanca, la inicialmente prevista para esta producción. Más que solventes Lisette Oropesa como Sophie y David Bizic como Albert, lo mismo que Jonathan Summers como Le Bailli.

   El Met estrenaba una nueva producción a cargo de Richard Eyre, en reemplazo de la ya exhibida allí desde 1971, concebida para Corelli y a cargo de Paul-Emile Deiber, con escena y vestuario de Rudolf Heinrich. Lo cierto es que cabía esperar muchísimo más de una nueva producción de este título y lo que nos encontramos no fue sino una propuesta banal. Un Werther estándar, al uso, sin el más mínimo interés, uno entre tantos otros, con algunos problemas evidentes en la dirección de actores, con una iluminación mejorable y con una solución ridícula para un teatro de las dimensiones del Met, como es la idea de resolver la muerte de Werther en un pequeño cubículo de apenas tres por cinco metros, espacio único al que queda reducida la enorme caja del Lincoln Center. Por otro lado, la producción es de una literalidad fatigante a estas alturas, y abusa de unos vídeos muy poco inspirados (¿por qué recrear un bosque por ordenador en lugar de grabarlo directamente?).

   Alain Altinoglu es un maestro muy solvente y planteó una dirección muy afortunada desde el foso del Met. Transparente, luminosa, brillante y con importantes dosis de poesía y lirismo, aunque algo corta en el plano dramático. La orquesta del Met tiene limitaciones evidentes, como una cuerda que no termina de levantar el vuelo o unos metales tan eficaces como rutinarios. Con esos mimbres, entendemos que Altinoglu logró hacer todo lo que se podía hacer.

Foto: Ken Howard / Metropolitan Opera

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